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	<title>SEMIOSIS &#187; producción de sentido</title>
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	<description>acerca de la producción del sentido</description>
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		<title>MIGRAMOS</title>
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		<pubDate>Sat, 30 Jan 2010 05:20:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Enrique Perez Orozco</dc:creator>
				<category><![CDATA[antropología]]></category>
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		<description><![CDATA[Hola a todos migramos los contenidos  de este blog a: http://semiosiske.wordpress.com/ Espero que desde el enlace de la ICESI pueda mantener el contacto. Carlos E.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hola a todos</p>
<p>migramos los contenidos  de este blog a:</p>
<p><a title="semiosis" href="http://semiosiske.wordpress.com/">http://semiosiske.wordpress.com/</a></p>
<p>Espero que desde el enlace de la ICESI pueda mantener el contacto.</p>
<p>Carlos E.</p>
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		<title>Actos de significación 2</title>
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		<pubDate>Fri, 20 Nov 2009 19:07:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Enrique Perez Orozco</dc:creator>
				<category><![CDATA[filosofia]]></category>
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		<description><![CDATA[§ 1          Cuando se dijo que el sentido en la significación expresa la perspectiva del sujeto, se planteó que la competencia lingüística tiene las estructuras y los procesos para que el sujeto pueda realizar actos de significación, es decir, para que pueda orientarse hacia lo significado garantizando su propia integridad como sujeto en una interacción [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<ul>
<li>§ 1          Cuando se dijo que <em>el sentido</em> en la significación expresa la perspectiva del sujeto, se planteó que la competencia lingüística tiene las estructuras y los procesos para que el sujeto pueda realizar <em>actos de significación</em>, es decir, para que pueda orientarse hacia lo significado garantizando su propia integridad como sujeto en una interacción eficaz con el entorno.  Ahora bien, parte del entorno que es significado está constituido por relaciones sociales; pero en este orden social los sentido que permiten orientarse al sujeto no lo determina sólo él sujeto, sino que se negocian interactivamente entre los participantes de la comunicación.   Así las cosas, los actos de significación que debe generar el lenguaje habrán de considerar relaciones entre interpretantes cuyo sentido dependa del sentido que otros sujetos le dan a esos interpretantes.  En otras  palabras, el sujeto debe poder significar la acción comunicativa de su interlocutor como portadora de un sentido que condiciona el sentido que para él tiene su propia participación en la acción comunicativa.  Debe permitirse la significación interactiva.</li>
<li>§ 2          Ahora bien, no basta significar los actos del interlocutor como actos de significación (reconocer que el otro afirma, pregunta, plantea una hipótesis, etc.), sino que, como algunos actos se realizan con la finalidad de causar interactivamente un sentido convergente entre los interlocutores, algunos actos de significación son necesariamente interactivos.  Pueden reconocerse 4 formas básicas en ellos:  A requiere algo de B, A se compromete con algo para B, A instituye una relación de sentido con B, y A decide realizar algo</li>
<li>§ 3          Requisición, cuando la <em>EI</em> que se significa es una <strong>posibilidad</strong> cuya realización <strong>necesariamente</strong> tiene como <strong>agente causal</strong> al <strong>interlocutor</strong>, quien <strong>necesariamente</strong> ha de significar que en tal <em>EI</em> su participación como <strong>agente causale</strong> no sólo <strong>posible</strong> sino un <strong>deber</strong> o una <strong>obligación</strong>.   Como cuando se significa “alcánzame la sal, por favor”. La forma sintáctica por defecto para expresar este sentido, o la “no marcada”, serían oraciones con verbos en modo imperativo, pero ya se ha dicho que es posible siempre usar formas marcadas para  realizar estos actos de significación y de habla.</li>
<li>§ 4          Compromiso, cuando la <em>EI</em> que se significa es una <strong>posibilidad</strong> cuya realización <strong>necesariamente</strong> tiene como <strong>agente causal</strong> al <strong>enunciador</strong>, y como beneficiario y/o destinatario al interlocutor.  El <strong>enunciador</strong>, además, significa tal <em>EI</em> como un <strong>deber</strong> o una <strong>obligación</strong> para sí, y como algo <strong>deseable</strong> o <strong>preferible</strong> para el <strong>interlocutor</strong>. Como cuando  se significa de modo sincero “<em>mañana  te devuelvo el libro</em>”.</li>
<li>§ 5          Declaración, cuando la <em>EI</em> que se significa es una <strong>posibilidad</strong> cuya realización <strong>necesariamente</strong> tiene como <strong>agente causal</strong> al <strong>enunciador</strong>, y como participantes en la <em>EI</em> a los <strong>interlocutores </strong>en calidad de<strong> agentes</strong>.  Se trata de un acto de institucionalización, como cuando significamos “de ahora en adelante seremos socios”.  Quien  habla instituye, es el causante de una relación social expresada en el interpretante de “ somos socios”,  pero lo instituido requiere de la acción, o la disposición a la acción, de los participantes en la sociedad.</li>
<li>§ 6          <strong>Decisión</strong>, cuando la <em>EI</em> que se significa es una <strong>posibilidad</strong> cuya realización <strong>necesariamente</strong> tiene como <strong>agente causal</strong> al <strong>enunciador</strong> y se significa como una <strong>predicción</strong></li>
<li>§ 7           Ahora bien, aquí se ha presentado la descripción de estos actos desde el sujeto de significación,  pero éste puede significar que su interlocutor realiza actos con el sentido de requerir, comprometerse, instituir y decidir, o que alguien o algo más realiza estos  actos.  En tanto <strong>actos</strong>, lo que requieren es un <strong>agente</strong>, y esta función ideativa puede ser ocupada por cualquier unidad relacional de significación.</li>
</ul>
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		<title>Actos de significación 1</title>
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		<pubDate>Tue, 10 Nov 2009 02:44:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Enrique Perez Orozco</dc:creator>
				<category><![CDATA[filosofia]]></category>
		<category><![CDATA[lingüística]]></category>
		<category><![CDATA[producción de sentido]]></category>
		<category><![CDATA[producciòn social del sentido]]></category>
		<category><![CDATA[semiótica]]></category>

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		<description><![CDATA[Actos de significación y la perspectiva del sujeto Si se entiende así el sentido, generado por y generador del Sistema semiòtico (Ss) y del Sujeto de Significaciòn (SS) que lo posee ¿es posible identificar estructuras elementales del sentido y reglas para su operación, integradas en la facultad del lenguaje? ¿De qué manera permiten recursivamente la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<h2>Actos de significación y la perspectiva del sujeto</h2>
<p>Si se entiende así el sentido, generado por y generador del Sistema semiòtico (Ss) y del Sujeto de Significaciòn (SS) que lo posee ¿es posible identificar estructuras elementales del sentido y reglas para su operación, integradas en la facultad del lenguaje? ¿De qué manera permiten recursivamente la generación de infinitos ‘sentidos’?  Responder a estas preguntas  rebasa el propósito de esta exploración, pero valga referenciar la investigación de Baena y Bustamante en torno a los “actos de significación”, en los que reconocen formas elementales de generación de sentido para las estructuras ideativas.<a href="#_ftn1">[1]</a></p>
<p>Cualquier unidad relacional de significación que se forma en el plano ideativo del proceso del lenguaje hace parte de la <em>red de sentidos</em> del sujeto que le sirve para relacionarse con su entorno.  Ésta red puede ponerla en confrontación con los perceptos de la experiencia empírica en tiempo presente.  En esta confrontación, podrá realizar un <em>acto de significación</em> para el interpretante como aseveración, predicción, hipótesis o pregunta:</p>
<p>En el acto de <strong>aseveración</strong>, el Interpretante tiene un sentido de ‘<strong>real’</strong>.  Cuando los perceptos generados en el sistema semiótico por la práctica empírica del momento presente, son perceptos que podrían significarse eficazmente por el interpretante en cuestión; a estos interpretantes podría dárseles el sentido de reales o verdaderos.  Si ello no es el caso, el sentido de la aseveración será no real, o falsa.  En su procesamiento por el plano de estructuración sintáctica, estos actos de significación podrían expresarse en oraciones declarativas, como en (1)</p>
<p>“Juan pateó la pelota”.</p>
<p>Las oraciones declarativas, el modo indicativo de los verbos, serían las formas “no marcadas” para la expresión de tales sentidos, pero bien podrían tomar otras formas “marcadas”, como en (2)</p>
<p>“¿solamente quedan estos dos vasos?”</p>
<p>Aquí se estaría efectuando una aseveración acerca de un estado de cosas real, y quizás verdadero, por medio de la estructura sintáctica de una pregunta, pero ello no quiere decir que el sujeto dude de que existen dos vasos.  Pero esto ya es meterse en la relación de este plano psicológico o actitudinal con los planos retórico y morfosintáctico del proceso del lenguaje.</p>
<p>En el acto de la <strong>predicción</strong>, el Interpretante tiene el sentido de ‘<strong>predecible’</strong>; esto se da cuando el interpretante, en la red de sentidos, es un efecto posible de otro interpretante del sistema tenido como ‘real’.  A estos interpretantes predictivos podría dárseles el sentido de acertados o desacertados, en términos de si el interpretante predicho llega a ser ‘real’, o no, en un momento posterior.  Teniendo (2) como una aseveración acerca de lo real, y significada como ‘verdadera’, el interpretante que se expresa en (3)</p>
<p>“no tendremos suficientes vasos para la cena de esta noche”</p>
<p>se entenderá como un acto de predicción.  Que falten los vasos es un estado de cosas aún no dado, pero en la <em>anticipación del movimiento</em> que hace el pensamiento, ése estado de cosas es posible como efecto del estado de cosas  real.  Lo significado como real participa en una representación evenimencial de lo predicho como <em>causa</em> (o fuerza causal).  Pero esta ‘conexión’ o ‘relación funcional’ la establece el sujeto de significación, no está dada en los hechos por fuera del lenguaje.  Desde su experiencia personal, usando otra información disponible en su sistema, lo predicho es plausible a partir de lo real.  De allí que su ‘sentido’ expresa la perspectiva del sujeto, pues es un <em>acto</em> que él realiza, no algo que le sucede automáticamente a (1) en su sistema semiótico, ni algo que, en la experiencia empírica, él esté registrando.  En tanto <em>acto</em>, la predicción es configura tanto el sentido como al sujeto, como se ha dicho antes.</p>
<p>En el acto de la <strong>formulación de hipótesis</strong>, el Interpretante adquiere el sentido de <strong>probable</strong> para el sujeto de significación cuando tal interpretante, en su red de sentidos, es un indicio de (o abducido a partir de) otro interpretante considerado.   A estos interpretantes podría dárseles el sentido verosímiles o inverosímiles, en la medida en que las relaciones de inferencia entre ellos sean consistentes con una red de sentidos particular.  Cuando  en (2) se usa el signo “quedan”, se está significando que tal estado de cosas debe ser el resultante de un proceso, es decir, un cambio de estados en el cual lo real y presente ha llegado a ser de tal modo por ser paciente de un evento complejo;  Si hay proceso, se infiere que hubo un estado de cosas inicial en el que se daba la existencia de más de dos vasos, lo cual no es un interpretante significable como real sino como probable.  La relación entre (2) y el interpretante “hubo más vasos y algo produjo su desaparición”, es una relación que establece el sujeto, no está dada espontáneamente, es un <em>acto</em> en el que también expresa su perspectiva, su red de sentidos, su modo particular de darle orden y <em>sentido</em> a la experiencia del mundo.</p>
<p>Ahora bien, hay distintos <em>modelizadores</em> para la relación de probabilidad: <strong><em>de posibilidad, de necesidad, de deseo, de deber, y de obligatoriedad</em></strong>.  La lógica modal ha trabajado mucho acerca de los dos primeros, y no pareciera ser necesario sobreabundar en su sentido.  Acerca de los demás, valga una precisión en este ensayo, pues se trata de modelizadores que obedecen a la integración en el plano ideativo de la perspectiva del sujeto en sus relaciones sociales, su psiquis particular y sus valores estéticos y éticos.</p>
<p>Acerca del <strong>deseo</strong>, se trataría de una relación entre el interpretante marcado con el sentido de <strong>probable</strong> y el sujeto de significación, para quien tal probabilidad daría satisfacción a sus valores estéticos y a las disposiciones parametrizadas que en su personalidad le causan satisfacción.  El deseo bien podría moverlo a actuar en el sentido de causar la realización de tal estado de cosas en el que se sentiría complacido.  Si se significa “quisiera que lloviera”, el estado probable de “llover” causaría en el sujeto algún tipo de complacencia, como sentirse refrescado, ver revivir sus cultivos, etc.;  si se significa “quiero comer algo” con tal interpretante bien podría estarse dando pie a un proceso que desencadene en que el sujeto coma algo.</p>
<p>Acerca del <strong>deber</strong>, se trataría de una relación entre el interpretante marcado con el sentido de <strong>probable</strong> y el sujeto de significación, para quien tal probabilidad daría satisfacción a su <strong>deseo</strong>, pero significa que es <strong>necesario</strong> para su realización su propia participación como <strong>agente causal</strong> de tal estado de cosas.  Si se significa “debo lavar los platos”, la <em>EI</em> de “yo lavo los platos” es un estado de cosas probable y preferible para el sujeto de significación, y que sólo se dará si él decide lavar los platos.  Ahora bien, si la fuerza causal para que se realice aquello significado como “deber” es la voluntad del sujeto, habría que decir que la “motivación” para su participación es interna.</p>
<p>Acerca de la <strong>obligatoriedad</strong>, se trataría de una relación entre el interpretante marcado con el sentido de <strong>probable</strong> y el sujeto de significación, para quien tal probabilidad es un estado de cosas <strong>preferible</strong>, pero la fuerza causal por la cual tal interpretante es <strong>preferible</strong> no es su <strong>deseo</strong>, sino una fuerza causal externa al sujeto, una fuerza coercitiva, que bien puede ser física, ideológica, cultural, moral, etc.  Cuando se significa “tengo que lavar los platos” o “me toca lavar platos”, el evento de lavar los platos por parte del sujeto de significación es <strong>posible</strong>, para su realización es <strong>necesario</strong> que el sujeto sea  su <strong>agente causal</strong>, pero la causa del <strong>deseo</strong> no es otra que preferir evitar el displacer que implicaría resistirse a la fuerza causal que se le impone para moldear su actuación.  No es el mismo acto de significación que alguien se representa que “tiene que pagar los impuestos” a que “debe pagar los impuestos”.  No hay mucho de placer satisfecho en lo primero.  De allí que estos modelizadores considerados expresen y construyan al sujeto que significa, es decir, son del orden del sentido más que del significado.</p>
<hr size="1" /><a href="#_ftnref">[1]</a> Muchas  variables entrarían en este plano psicológico del proceso del lenguaje;  la perspectiva del sujeto de significación, que configura el sentido, habría de integrar una gran cantidad de redes de sentido que Oviedo identifica en “Abra la boca” (2003): sus principios éticos y estéticos, el modo de apropiación de los imaginarios de su cultura y sus modelos ideológicos de la realidad, los patrones de la ‘personalidad’ y los roles sociales que el sujeto desempeña en el momento de la significación, etc. profundizar en el modo en que todas estas variables intervienen en la generación del sentido propiamente dicho es un propósito que no se alcanzaría a cumplir en este ensayo.</p>
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		<title>Acerca del realismo, la intención y la extensión</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Sep 2009 20:32:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Enrique Perez Orozco</dc:creator>
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		<description><![CDATA[La crítica de Putman en pos de un realismo, de una semántica externalista, se acercaría a la perspectiva que aquí se asume si se entiende que, lo fundamental de la hipótesis de la división social del trabajo lingüístico, es la fijación del uso de un signo por funcionalidad pragmática, como fruto de una práctica cultural. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><!--[if gte mso 9]&gt;    &lt;![endif]--><!--[if gte mso 9]&gt;  0 false   18 pt 18 pt 0 0  false false false        &lt;![endif]--><!--[if gte mso 9]&gt;   &lt;![endif]--><br />
<!--StartFragment--></p>
<p class="MsoNormal">La crítica de Putman en pos de un realismo, de una semántica externalista,<span> </span>se acercaría a la perspectiva que aquí se asume si se entiende que, lo fundamental de la hipótesis de la división social del trabajo lingüístico, es la fijación del uso de un signo por funcionalidad pragmática, como fruto de una práctica cultural.<span> </span>En ese sentido, no es necesaria una correspondencia biunívoca entre objeto y representación ideativa, sino que el signo condensaría una experiencia cultural, un sentido.</p>
<p class="MsoNormal">Si hay que entender la referencia como <em>extensión de un predicado</em>, habría que hacerlo en el sentido de que son las posibles experiencias de orientación de sentido que pragmáticamente puedan ser expresadas con él;<span> </span>así, la extensión referencial del signo serían los sentidos que puedan ser condensados en él, no el estado de cosas hacia el cual se orientan los sentidos.<span> </span><em>A priori,</em> no podría describirse extensivamente tal conjunto, ni siquiera <em>post-factum</em>, sino como una función abierta.<span> </span>Así, el sentido de ‘agua’ podría tener dentro de su extensión la experiencia del mar o ser válida para expresar la experiencia que se significa en “<em>se me hizo agua la boca</em>” o en “<em>el elemento agua está asociado a lo femenino</em>” o en la expresión mexicana “!<em>aguas, aguas</em>!”.<span> </span>El “núcleo” de la significación no estaría en un algo fuera del lenguaje, sino en la red de sentidos.</p>
<p class="MsoNormal">¿Cómo aprender, entonces, la extensión de los posibles sentidos que genera un signo en un lenguaje?<span> </span>Podría responderse que “por su uso”, pero en esta respuesta se continuaría ofertando un listado de estados de cosas para la extencionalidad, lo cual sería el error, el malentendido que se quisiera aclarar aquí.</p>
<p class="MsoNormal">En un comercial televisivo de <em>zukaritas</em>, aparece el dibujo de un tigre, humanizado en varios aspectos, que dice: <em>“!saca el tigre que hay en ti!</em>” Aquello que es capaz de significarse en el texto con el signo “<em>tigre</em>” ni es definido por un especialista en zoología, ni por el uso “<em>estereotipado</em>” que tiene la palabra en la comunidad lingüística para nombrar a un animal.<span> </span>La metáfora, la metonimia, o el desplazamiento semántico que hace la figura retórica en el texto, no se da como un uso excepcional del signo, sino por las posibilidades mismas del sistema semiótico.<span> </span>¿Podría decirse que la extensión de “tigre” no incluye a niños que consumen zucaritas y gastan gran cantidad de energía en sus juegos? ¡Puede incluirlos!<span> </span>Los tigres podrían ser los miembros del club de consumidores del producto, los miembros de un equipo deportivo que usa el dibujo de un tigre en su emblema, los seguidores de tal equipo, los interiores de Robbie Williams etc.<span> </span>Una teoría de la significación que no explique estos fenómenos, no está completa, y desde la teoría de la extensión – intensión, y en la identificación de<span> </span>estados de cosas – representaciones ideativas, simplemente no es posible.</p>
<p class="MsoNormal">La comprensión de la referencia, para este autor, no se debate entre realismo y anti-realismo.<span> </span>Que la semiosis sea <em>en</em> el sistema y <em>para</em> la interacción del sujeto con el entorno, implica la existencia de éste.<span> </span>Es más, no puede evaluarse el sentido pragmático de la semiosis que se genera en el sistema sino por su interacción eficaz con el entorno.<span> </span>De lo que se trata es de reconocer que es innecesario pretender una correspondencia ontológica entre objeto, percepto y representación ideativa en el proceso de la semiosis;<span> </span>Así, si una experiencia X pone en entredicho la validez de un signo Y, que se ha usado convencionalmente para relacionarse con experiencias icónicas a X, no se cae en el sin-sentido de X, ni se queda el sujeto con la perplejidad, sino que es capaz de recomponer su modelo del mundo, sus lenguajes, las reglas para darle sentido a la experiencia de X; para ella, finalmente, ha de haber algún sentido que no es el de los expresable por Y, pero para el cual habrá un signo en su lenguaje capaz de expresarla comunicativamente.<span> </span>Esta sería la clarificación del sentido que se quiere comprender mejor en este ensayo.</p>
<p class="MsoNormal">Ni las ciencias se escapan de este esquema que responde a la idea de que el lenguaje es un proceso para convertir la experiencia en sentido y darle sentido a la experiencia.<span> </span>Los sucesivos falseamientos que encontró Popper en las ciencias son ajustes pragmáticos de los modelos de la realidad para darle sentido a la experiencia, por ejemplo, de aquellas nuevas evidencias que son contraejemplo de viejos modelos.<span> </span>Ni la “borradura”, ni la “deconstrucción” posmoderna de los conceptos, nos dejan en el absurdo del sin sentido. Nos presentan la<span> </span>provisionalidad contextual de los sentidos y lo innecesario de la búsqueda de absolutos conceptuales para relacionarse con el entorno. Bastan los pragmáticos.</p>
<p class="MsoNormal">
<p><!--EndFragment--></p>
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		<title>ideas claras y distintas (acerca de la claridad 3)</title>
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		<pubDate>Fri, 26 Jun 2009 02:23:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Enrique Perez Orozco</dc:creator>
				<category><![CDATA[filosofia]]></category>
		<category><![CDATA[General]]></category>
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		<category><![CDATA[semiótica]]></category>
		<category><![CDATA[claridad]]></category>
		<category><![CDATA[Descartes]]></category>

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		<description><![CDATA[1   Nociones claras y distintas § 1.    Desde Descartes, la noción de claridad ha hecho parte de una importante reflexión epistemológica.  El empirismo y el escepticismo han impuesto a las &#8216;nociones&#8217; la condición de ser claras y distintas para ser aceptadas como &#8216;verdaderas&#8217;.  En su primera regla (loi) del método, Descartes exige &#8220;no admitir como [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>1   Nociones claras y distintas</strong><br />
§ 1.    Desde Descartes, la noción de claridad ha hecho parte de una importante reflexión epistemológica.  El empirismo y el escepticismo han impuesto a las &#8216;nociones&#8217; la condición de ser claras y distintas para ser aceptadas como &#8216;verdaderas&#8217;.  En su primera regla (loi) del método, Descartes exige<br />
&#8220;no admitir como verdadera cosa alguna, como no supiese con evidencia que lo es; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios nada más que lo que se presentase tan clara y distintamente a mí espíritu, que no hubiese ninguna ocasión de ponerlo en duda&#8221;.<br />
¿Es la claridad evidente de la razón individual del racionalismo empírico cartesiano semejante a lo que se quiere comprender aquí? ¿Qué tiene la claridad de las nociones en común con la claridad de un signo? ¿Es el mismo proceso semiótico la clarificación de ambos? ¿Qué distinción hay entre estas dos características de las nociones (claridad y distinción) para que una no sea reductible a la otra? ¿Qué significa que deban entenderse ambas como necesarias?<br />
§ 1.1.    En Descartes, lo verdadero debe ser evidente y lo evidente es, a su vez, definido por dos notas esenciales: la claridad y la distinción. Ambas propiedades son necesarias para admitir la evidencia.  Sin embargo, el &#8216;admitir&#8217; aparece como fruto del proceso de la crítica racional, la resolución de la duda sistemática a la que el sujeto pone a consideración lo que se le presenta.  Así, la &#8216;claridad&#8217; cartesiana sería algo que adquiere una noción una vez ha sido sometida a la crítica escéptica.  No se trata de una propiedad aprehendida a simple vista, no es una característica in-mediata de la percepción, como tampoco es una característica inherente a un representamen para el caso de la semiosis de la clarificación de un signo.  Así que, en el método, claridad y distinción son la meta, no el punto de partida.<br />
§ 1.2.    La otra propiedad, la distinción, se explica como aquello que no le permite a una noción ser confundida con otra, es decir, distinguir sería la capacidad de diferenciar una noción de otra, una representación de otra, en un juego de oposiciones.  Por ejemplo, Descartes reconoce la distinción irreductible entre cuerpo y espíritu, por la divisibilidad del primero y la indivisible unidad del segundo, lo cual los hace opuestos y distintos.  Distinguir, entonces, es un ejercicio cognitivo que contrasta entre las notas de identidad de las nociones.<br />
§ 1.3.      Tanto la claridad como la distinción de una noción serían calificativos para aquellas nociones que se han evidenciado, o, veri-ficado.<br />
§ 2.    Descartes dice, en su meditación primera, que &#8220;Todo lo que he admitido hasta el presente como más seguro y verdadero, lo he aprendido de los sentidos o por los sentidos; ahora bien, he experimentado a veces que tales sentidos me engañaban, y es prudente no fiarse nunca por entero de quienes nos han engañado una vez&#8221;.  Una duda fundamental que debe resolver el filósofo, para aceptar una noción, es saber que lo que sabe no es fruto de un engaño, que lo que se le presenta no es un sueño o una apariencia.<br />
§ 2.1.    Descartes explicita aquí que la comprensión del mundo sería permanentemente ocultada no sólo por los límites de los sentidos, sino por la posible voluntad de una especie de &#8216;engañador&#8217;;  la &#8216;simple vista&#8217; es fácilmente engañada por las limitaciones de los sentidos.  Dios mismo, o un &#8216;genio maligno&#8217;, podría engañar con una especie de mundo aparente.  Saber que Dios no nos engaña, saber que lo que se nos presenta no es un sueño, son condiciones para que se acepte lo que se sabe.  Para que un sujeto &#8216;sepa que sabe algo&#8217; debería saber que ese algo no es un engaño, pues no tendría la certeza de que ese algo sea verdadero.  En términos formales: si yo no sé que no existe un engaño, y si sé que, existiendo un engaño no puedo saber que p, entonces, yo no sé que p.  Así, la claridad de primer orden, es decir, saber que p es el caso, no es suficiente para la claridad de segundo orden, es decir, saber que se sabe que p es el caso.  Por clara y distinta que sea una noción del mundo, es decir, aun cuando sea posible hacerse una representación de un estado de cosas referido por el signo (saber que p), siempre cabría la duda acerca de la validez de las condiciones por las cuales se forma tal representación ideativa.<br />
§ 2.2.    ¿Cómo se sabe que &#8216;saber que p&#8217; no es fruto de un engaño? ¿Cómo se sabe que no es fruto de una alucinación o de un &#8216;sueño&#8217; o de una apariencia que presenta un demiurgo?  La claridad estaría supeditada a que sean satisfechos los requerimientos que despejan las duda acerca de la validez de la noción;  no es posible saber que p, es decir, no se puede tener una noción por evidente y verdadera, si hay alguna duda acerca del proceso de su formación (el modo en que se sabe que se sabe que p).  Si ello no ha sido despejado, no se tiene la claridad acerca del significado de p.  La claridad cartesiana sería fruto de la crítica.  Si esto es así, clarificar es hacer que una noción satisfaga unas reglas de validación, lo cual podría ser un modo de aproximarse a la formulación de la hipótesis acerca de la claridad que se ha sostenido en otro momento. esto es: § 1.    En la clarificación del sentido, existe un percepto (ΣP) para el cual  cambia el sentido de no-claro a claro.  Pero si el sentido es una orientación consistente del Sujeto de Significación (SS) en su relación con el entorno, el  llegar a ser claro no es una  transformación que se dé en P (lo referido que está por fuera del lenguaje, o en algún mundo de referencia semántica en el lenguaje mismo) ni aún en su signo-representamen (p), sino que caracteriza la transformación de las relaciones entre su huella psíquica (ΣP) y otras (Σn) que hacen parte del sistema semiótico del sujeto de significación para que tal percepto tenga sentido.<br />
§ 3.    Contrario a lo esperado, en el modo cartesiano de entender la exigencia de claridad, habría más cercanía con una teoría coherentista de la verdad que con una basaba en la correspondencia.</p>
<p><strong>2.    Claridad y oscuridad,  distinción y confusión</strong></p>
<p>§ 1.    La exigencia cartesiana de claridad y distinción, para la admisión de las nociones, es retomada y reinterpretada por Leibniz.  Aquellas dos notas características de lo evidente y verdadero se comprenden mejor cuando el filósofo alemán las opone a sus contrarios, es decir, cuando precisa el par mínimo de oposiciones que permite llamar a algo claro o distinto:  un conocimiento claro se opondría a uno oscuro, y un conocimiento distinto a uno confuso.<br />
§ 1.1.    En sus &#8216;meditaciones sobre el conocimiento, la verdad y las ideas&#8217;, G.W. Leibniz (1982 [1684]) decía que &#8220;una noción es clara cuando estoy en condiciones de reconocer la cosa representada,&#8221; y oscura &#8220;una noción que no basta para reconocer la cosa representada&#8221;.  En esto hay un &#8216;aire de familia&#8217; con las teorías del lenguaje como un código y con la &#8216;teoría pictórica (figurativa) del lenguaje&#8217; de Wittgenstein.  Lo que subyace en la concepción de Leibniz, es la idea del lenguaje como representación del mundo; las nociones serían &#8216;imágenes&#8217; del mundo que se forman en la mente.  Si tales imágenes no se forman, si no se logra, además, la relación del signo con un fundamento en el mundo, entonces, tal signo es oscuro;  si lo logra, es claro.<br />
§ 1.1.1.    Aquí se ha prescindido de la idea cartesiana de la claridad como fruto de un proceso de crítica, de coherencia con un sistema de validación; más bien, la claridad sería dada por la correspondencia.  La claridad, como generación de una noción reconocible por la percepción de una &#8216;cosa&#8217;, corresponde a un modelo de la significación como código.  Sin embargo, a pesar de que esta comprensión de la significación parece tener mucho valor intuitivo, no permite explicar lo que es la generación de significado y sentido, la cual resulta irreductible a relaciones de correspondencia o de segundidad.<br />
§ 1.2.    Para esta investigación, parece más fértil la descripción que hace el filósofo alemán de las formas de ser claro: confuso o distinto, pues, a diferencia de Descartes, la distinción no estaría como una nota característica de las nociones en el mismo plano que la claridad, sino que se trataría de una posible nota de la claridad misma.  Para Leibniz, una noción es confusa cuando<br />
&#8216;no puedo enumerar por separado las notas suficientes para distinguir tal cosa de las demás, aun cuando la cosa en la cuestión posea dichas notas y requisitos (&#8230;) la noción distinta, en cambio, es como la que tienen del oro los analistas de minerales, a saber, mediante notas y pruebas suficientes para distinguir la cosa de todos los demás cuerpos semejantes: tales son las notas que solemos poseer acerca de nociones comunes a varios sentidos, como las de número, magnitud, figura, y también acerca de muchos sentimientos, como la esperanza o el temor; en suma, acerca de todas aquellas cosas de las que tenemos una definición nominal, que no es sino una enumeración de notas suficientes&#8217; (Op. Cit. El Subrayado es mío)<br />
§ 1.2.1.    La claridad de una noción no implica que sea, además, distinta.  Se puede significar al animal que maulla en el tejado como &#8220;un gato pardo&#8221;, aun cuando no se puedan precisar todos los descriptores semánticos que permitan una definición del gato en particular.  Podría significarse claramente algo como miembro de un conjunto, sin que estén dadas las características que lo hacen único, distinto.  La significación extensional sería suficientemente clara por si misma, la significación intencional estaría más cerca de la distinción leibniziana.  Ciertamente, Leibniz tiene la preocupación de encontrar nociones primitivas, irreductibles, cuya naturaleza sea absolutamente distinguible de otras nociones y con ello tener garantías para construir un conocimiento válido.  Su monadología apunta a encontrar esos irreductibles absolutos en el espacio metafísico.  Descartes también encuentra que hay ciencias cuyos objetos son tan complejos (es decir, compuestos de múltiples elementos), que en ellas despejar las dudas es más arduo que en ciencias como la matemática, donde la certeza de nociones simples, irreductibles (por axiomáticas quizás), hacen más evidentes las nociones que derivan de ellas.  De allí que, para ambos,  la clarificación sea un proceso que necesite la distinción para que no haya lugar a la duda en el conocimiento.<br />
§ 1.2.2.    Pareciera no ser casual que el ejemplo de la distinción del oro, por parte de especialistas, sea también el que usa Putnam en su &#8216;The meaning of meaning&#8221; (1974) para abordar el problema del sentido, la referencia y la verdad.  Se trata, evidentemente, de un problema práctico en la generación de sentido que afecta profundamente esferas sociales y económicas para cualquiera, tenga o no la capacidad de esta distinción particular.  El uso de una convención social que se funda en la confianza delegada en peritos especializados, joyeros o minerólogos, se debe a que todos necesitamos contar con tales distinciones, pero, como sólo un saber especializado es capaz de hacerlas, delegamos la responsabilidad de hacer tal calificación. Sin embargo, el caso en que la convención entre significado y significante es fijada por peritos, Putnam la extiende a los procesos de significación en general, como si la asignación del significado convencional de un representamen tuviese siempre el mismo tipo de génesis o fuese, simplemente, un asunto de codificación, de correspondencia entre una entrada X y una salida Y.<br />
§ 1.2.3.    Quizás para efectos jurídicos hacer una &#8216;definición nominal&#8217; (como propone Leibniz) para saber a qué se le puede ser llamar &#8216;homicidio culposo&#8217; sea pertinente, pero este no el modo en que, en el lenguaje ordinario, se negocian sentidos.  En este ámbito se pueden tomar libertades muy amplias para escoger a qué experiencias aludir con el representamen &#8216;homicidio culposo&#8217;; resulta dudoso que los sentidos condensados por la experiencia cultural en signos como este se &#8216;cierren&#8217; de tal manera que no puedan usarse en textos para significar experiencias que no sean las denotadas por los peritos científicos o jurídicos.  Suponga que alguien olvida guardar en el congelador un alimento fácilmente corruptible; a la mañana  siguiente, al verlo en el poyo de la cocina, podría decir &#8220;cometí homicidio culposo&#8221;. No creo que quepa aquí el afan denotativo del lenguaje jurídico.  Es otro mundo semántico de referencia.</p>
<p><strong>REFERENCIAS</strong></p>
<p>DESCARTES, René<br />
2005[1637-1641]    Discurso del método y meditaciones metafísicas; GARCÍA Morente, Manuel (traductor); Tecnos; Madrid<br />
LEIBNIZ, G. W.<br />
1982 [1684]     “Meditaciones sobre el Conocimiento, la Verdad y las Ideas” (Noviembre de 1684),  en: Escritos Filosóficos pp. 271 y ss.; Editorial Charcas; Buenos Aires<br />
PUTNAM, Hilary<br />
1974    ‘The Meaning of meaning’; en: Mind, language and reality. Philosophical papers vol 2. Cambridge University press.</p>
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		<title>Inga &#8211; Español.  La memoria del conflicto interétnico en la transformación de una lengua indígena</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Jun 2009 23:03:10 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Enrique Perez Orozco</dc:creator>
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		<category><![CDATA[argumentación]]></category>
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		<description><![CDATA[El artículo retoma la investigación del autor acerca del bilingüismo del pueblo inga de Yunguillo, Putumayo. Sostiene que, por la competencia bilingüe de los hablantes, en la coexistencia de inga y castellano, se produce el fenómeno de la interpolación, esto es: si formas de la L2 se consideran retóricamente eficaces y diferenciables en la producción [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>El artículo retoma la investigación del autor acerca del bilingüismo del pueblo inga de Yunguillo, Putumayo. Sostiene que, por la competencia bilingüe de los hablantes, en la coexistencia de inga y castellano, se produce el fenómeno de la interpolación, esto es: si formas de la L2 se consideran retóricamente eficaces y diferenciables en la producción de sentido con respecto a las formas ‘equivalentes’ de la L1 en el habla cotidiana de la L1, éstas interpolaciones se introducen en la L1 con nuevas reglas fonomorfosintácticas que dinamizarían su transformación, sin sacrificar con ello que L1 siga siendo la lengua por defecto para la socialización y el marcador fundamental de la identidad étnica.</p>
<p><span style="color: #ff0000">Descargar Archivo: </span><a href="https://dspace.icesi.edu.co/academico/handle/item/2898"></a><a title="inga-span" href="https://dspace.icesi.edu.co/academico/handle/item/2898">inga-espanol-bog-09</a></p>
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		<title>La lucha simbólica en la lengua (presentación para la Cátedra Marta traba de la Universidad Nacional)</title>
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		<pubDate>Sun, 03 May 2009 13:53:44 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Enrique Perez Orozco</dc:creator>
				<category><![CDATA[General]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>La lucha simbólica</strong></p>
<p>Una vieja discusión semiótica nos invita a reflexionar acerca de qué son los signos, qué clases de signos hay.  Dar como respuesta un listado, una serie de categorías de clasificación como iconos, índices, señales, emblemas, símbolos etc., ejemplificándo a cada una, pareciera ser insuficiente para la curiosidad semiótica. Sería mejor explicar de qué tipos de procesos de producción de sentido son mediadores y de qué manera lo hace cada uno. En el caso del símbolo, por ejemplo, no siempre hay un consenso en las respuestas, precisamente porque se trata de una clase de signo que preocupa a muchos y diversos enfoques disciplinares, tanto a la antropología simbólica como al análisis crítico del discurso, a la estética como a los estudios culturales y, por supuesto, a la semiótica.</p>
<p>Según el semiólogo de la cultura I. Lotman (2002), &#8220;el símbolo es texto tanto en su significante como en su significado. (&#8230;) posee un significado homogéneo encerrado en sí mismo y un límite preciso que permite diferenciarlo claramente de su contexto semiótico&#8221;, es decir, se delimita y se hace distinto de los textos en que pueda insertarse, y de los mundos semánticos que puedan construirse con aquellos. Posee una serie de características que lo diferencian de otros signos, por ejemplo, y siguiendo a Lotman, el símbolo es arcaico, es decir, se constituye por una serie de textos enrollados de argumentos que representan programas mnemónicos; el símbolo es memoria, viene del pasado y va al porvenir; el símbolo transporta textos, esquemas de argumentos y otras formas semióticas que van de estrato a estrato, de cultura a cultura a través del tiempo; es mutable e inmutable; en otras palabras, se transforma en los nuevos textos pero comunica su eterno, su información histórica, su información fundacional. Por otra parte, el símbolo puede presentarse en formas elementales, por fuera de textos complejos, como los del arte, por lo que se haría evidente que no deriva de ellos, directamente, su contenido semántico proposicional.  La mayor potencia de estos símbolos elementales (por ejemplo, la paloma de la paz conocida por todos) viene de su densidad, de la capacidad de sincretizar esa memoria arcaica de la cultura, y de su flexibilidad para participar de procesos de comunicación cotidianos, en el lenguaje ordinario.</p>
<p>Con esta noción, descritas sus características, se puede avistar lo que implica una &#8220;lucha simbólica&#8221;. En la interacción cultural se presenta una disputa por el uso de los símbolos, por definir quiénes deben ser los representantes de una comunidad, es decir, qué signos habrían de condensarse como símbolos de la cultura, o cuáles habrían de ser los medios de comunicación para &#8216;decirla&#8217;; a través de qué lenguas, por ejemplo, habría que construir los relatos de la identidad. En el contexto colombiano la situación es fácilmente ejemplificable; basta con observar cuáles son las formas prestigiosas del español que se imponen como regla, no sólo para autorizar un discurso, sino para excluir los textos de quienes, sin usar esas formas canónicas, se atrevan a decir quiénes  somos los colombianos. Por otra parte, reconocidos dirigentes políticos se transan en una lucha por imponer un discurso o por deslegitimar otro o, como es común, por acaparar la mirada de las cámaras de televisión para convertirse en una presencia significativa para la vida del pueblo colombiano, con la pretensión de ser el significante por antonomasia de símbolos arquetípicos como la seguridad, la democracia, la unidad nacional o la colombianidad misma. Estas luchas simbólicas, como vemos, no se dan sólo en el nivel del discurso, sino en el de los símbolos elementales y en el uso mismo del lenguaje cotidiano.</p>
<p>Los ejemplos anteriores son muestras simples cercanas a nuestra cotidianidad que pueden conducir a preguntarnos por ellos mismos: ¿qué símbolos definen nuestra identidad en un contexto dado? ¿Podemos reconocer, en la interacción cultural, aquellos símbolos ajenos a nuestros sistemas simbólicos? ¿Podremos distinguir claramente cuáles símbolos hemos ido integrando a nuestra identidad simbólica?</p>
<p>Las respuestas no se dan acá, más bien, se dejan planteadas las dudas que, de acuerdo a los diálogos y exposiciones de la Cátedra Marta Traba, puedan contribuir a encontrar unas posibles respuestas. Lo que aquí se propone, en cambio, es ofrecer una pequeña muestra de eso que se ha llamado &#8220;Lucha Simbólica&#8221;.</p>
<p>Le corresponde el turno a Carlos Enrique Pérez Orozco presentar su pensamiento en torno a problemáticas latinoamericanas desde el lenguaje.  Él se ha dedicado, en los últimos años, a explorar y comprender las características del bilingüismo inga, en la comunidad del resguardo Yunguillo, población situada en el margen occidental de la cuenca alta del río Caquetá, en el piedemonte amazónico de los Andes del sur de Colombia. Como en el estudio de toda lengua, no sólo se trata de describir el sistema lingüístico en sí, sino las dinámicas sociales y culturales de la comunidad que lo usa. Implica comprender que la lengua no es simplemente un instrumento para comunicarse, sino un sistema dinámico para darle sentido a la experiencia, lo cual lo constituye, además, en un proceso que define la perspectiva misma de los sujetos sociales que lo usan. Se trata, en cierto sentido, de un marcador de identificación y, por tanto, un escenario fundamental en el que se libra esa &#8220;lucha simbólica&#8221; a la que se aludía anteriormente.</p>
<p>Esta lengua (el inga), en relación con el español, sufre la amenaza de un proceso de &#8216;glotofagia&#8217;, en términos de Calvet. En otras palabras, el español, impuesto como la lengua por defecto para la interacción social, podría llevar a la desaparición del inga.  Esta visión &#8216;apocalíptica&#8217; de algunos estudiosos de la situación de las lenguas indígenas en Colombia, contrasta con la que Pérez Orozco describe para el caso del inga. En su libro &#8216;Igamanda parlu: estrategias de resistencia bilingüe&#8217; (2007) revela que, en los usos y transformaciones de la lengua inga, se expresa una resistencia simbólica frente al español como sistema lingüístico hegemónico.  Es cierto que, en la interacción cultural, se verifica la imposición de la lengua de los dominantes, lo cual se ve reflejado en el mayor uso de ella en los discursos públicos y en la educación, por ejemplo.</p>
<p>Sin embargo, según Pérez Orozco, el hecho de que los ingas usen alternadamente tanto su lengua (inga) como el español, expresa una estrategia de resistencia simbólica, no sólo la escogencia pragmática del sistema de comunicación más eficaz para cada contexto particular. En los cabildos y asambleas comunitarias los documentos escritos se realizan en español pero las discusiones orales se llevan a cabo en inga. Aquí parece existir un equilibrio, es decir, no hay un desplazamiento pleno de una lengua por otra; más bien, se aprovecha la capacidad expresiva de cada lengua  y se usan tales recursos en diferentes contextos, no sin dejar claro que la matriz integradora de tal posible alternancia sea la lengua inga. Es cierto que el español ha permeado al inga tanto en su léxico como en su morfosintaxis y fonología, sin embargo, más que un proceso de dominación simbólica de una lengua sobre otra, se presenta una interpolación de sistemas en la cual la matriz ancestral del inga se mantiene y asimila formas y usos del español.</p>
<p>Pérez Orozco, sin embargo, no desestima el peligro de este contacto lingüístico-cultural. La lengua hegemónica podría abrirse nuevos espacios de uso en la comunidad aborigen, y dicha comunidad podría &#8216;devaluar&#8217; su lengua materna, socavando así los marcadores tradicionales de su propia identidad étnica. A pesar de este temor, el autor afirma que el inga, como lengua y como cultura, sigue resistiendo. Entre las evidencias de ello se encuentran casos en los modo en que la morfosintaxis inga, como matriz lingüística adoptante, moldea las formas interpoladas del español; por otra parte, en usos sociolinguísticos específicos de cada lengua, como en las formas bilingües de la toponimia (nombres de lugares) y en usos humorísticos de formas interpoladas del español en el inga. El autor revela un alto grado de conciencia en la comunidad de la importancia de esta resistencia simbólica en el espacio de la lengua cuando usa, con fines humorísticos, parodias de sus propios usos del español, o bien  ridiculizan al &#8216;hombre blanco&#8217;, quien, en su condición de monolingüe, resulta incompetente para usar la lengua aborigen y, por tanto, se significa como de menor poder simbólico que los indígenas bilingües.</p>
<p>La posición del autor es polémica porque como lo declaran otros estudiosos; el inga ha sido permeado por el español a tal punto que se aventura la  hipótesis de un ingañol, en oposición a una lengua inga como tal. Si bien esto es sólo una hipótesis, entra en oposición con el punto de vista de Pérez Orozco quien argumenta a favor no de una glotofagia inminente sino que apuesta por el reconocimiento de una resistencia simbólica que deja sus huellas en las lenguas mismas.  En ésta, el inga, como ser humano, reconoce su propia identidad. Que sea una cosa o que sea la otra es cuestión de seguir investigando, de seguir observando y de mantener un diálogo constante.  El interés que prima en este documento va en dos direcciones: dejar en claro la complejidad que implica la &#8220;Lucha Simbólica&#8221; y sembrar la duda acerca de qué símbolos moldean nuestra identidad como colombianos y como latinoamericanos.</p>
<p>Bibliografía</p>
<p>LOTMAN, I; (2002) &#8216;El símbolo en el sistema de la cultura&#8217;; Trad. Rubén Darío Flórez; en: Revista Forma y función 15 (2002), páginas 89-101; Universidad Nacional; Bogotá</p>
<p>FLÓREZ, Rubén Darío (2008) &#8216;Ingamanda parlu: estrategias de resistencia bilingüe&#8217;; Reseña; en  Revista Forma y Función 21 (2008), páginas 395-405; Universidad Nacional; Bogotá</p>
<p>PÉREZ,  Carlos Enrique (2007), Ingamandaparlu: estrategias de resistencia bilingüe; Colección experiencias No. 3; Universidad Icesi; Cali</p>
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		<title>Acerca del Resumen de un texto 2</title>
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		<pubDate>Tue, 14 Apr 2009 03:07:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Enrique Perez Orozco</dc:creator>
				<category><![CDATA[escritura]]></category>
		<category><![CDATA[filosofia]]></category>
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		<category><![CDATA[retórica]]></category>
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		<description><![CDATA[(La siguiente reflexión ha surgido de las charlas con los colegas del departamento de Español de la Universidad ICESI, con quienes hemos debatido algunos de estos asuntos. Sin embargo, la responsabilidad de lo dicho aquí, es sólo mía.  Carlos E.) ¿Qué significa que un texto sea resumen de otro? Hay una característica que salta a [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right"><em>(La siguiente reflexión ha surgido de las charlas con los colegas del departamento de Español de la Universidad ICESI, con quienes hemos debatido algunos de estos asuntos. Sin embargo, la responsabilidad de lo dicho aquí, es sólo mía.  Carlos E.)</em></p>
<p style="text-align: left">¿Qué significa que un texto sea resumen de otro? Hay una característica que salta a la vista: la cantidad de material significante; la extensión del texto resumen es menor que la del texto resumido. Sin embargo, ello no pareciera ser suficiente para explicar la capacidad que tiene uno para sustituir al otro.  La brevedad del resumen, con respecto al texto que representa, pareciera derivar su sentido de que permite agilizar algún proceso de significación en el que debería estar involucrado el texto original.  Este uso del resumen ayuda a descubrir su carácter.<br />
Suponga que está buscando bibliografía acerca de un tema X; en esa circunstancia, encontrar un título como “La incidencia de X en el deterioro de Y” será orientador, y, sin necesidad de leer el artículo, usted sabrá que se trata de algo que podría servirle; compra el libro, o la revista, y se lo lleva a su lugar de estudio.  Las dos líneas del título lo orientaron acerca del contenido del texto, le han ahorrado tiempo y le sirvieron para tomar una decisión. ¿No es el título una especie de resumen? ¿No debería serlo?  Cumple con la función de presentar un contenido, orientar acerca del tema y la perspectiva desde la cual se aborda en el texto, todo de una manera breve, resumida. Los títulos de el ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha son muy ilustrativos: “<em>CAPÍTULO OCTAVO  Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, etc</em>.”<br />
Ahora bien, suponga que llega a su casa y, después de leer las 30 páginas del artículo, usted descubre que el concepto de X en él no es el mismo acerca del cual usted estaba investigando.  En ese momento usted habría querido haber sabido algo más acerca del artículo, algo que el sólo título no le dio. Usted necesitaba un resumen. Para satisfacer su necesidad ¿Qué debería haber tenido ese resumen que no se lo dio el título?  No le pediría exhaustividad en la argumentación, ni la totalidad del contenido del documento, sino haber leído, en corto tiempo, un texto que le dijese cuáles son los conceptos que se desarrollan en el artículo, cuáles las tesis o proposiciones que presenta o defiende el autor, cómo lo hace, y qué lugar en el estado de la cuestión X podría llegar a ocupar el documento.  En la actualidad, las revistas académicas suelen pedir a los autores, o a quien remite un artículo, escribir un abstract que satisfaga las necesidades que se anotaban arriba; dependiendo de las exigencias del editor, este texto tendría una extensión no mayor a la de 50, 100 o 300 palabras.  Si usted hubiese leído un resumen como ese, hubiese tenido un insumo importante para, mejor informado, tomar la decisión de comprar o leer el artículo o el libro en cuestión.<br />
Suponga ahora que usted hace parte de la junta directiva de una organización, y se encuentran en una reunión en la que se estudiará el balance anual de las actividades de la misma, incluyendo su ejercicio contable; lo más probable es que no lleguen a sus manos copias completas de los libros de contabilidad, ni de las actas de todas y cada una de las decisiones y tareas ejecutadas durante el año, sino una hoja simple con el balance general de ingresos, egresos, activos, pasivos etc. al igual que otro breve documento con un listado de metas alcanzadas, en contraste quizás con las propuestas el año anterior, y una enunciación de las actividades corporativas que resultaron más relevantes en el ciclo pasado. Usted tendrá en sus manos una especie de informe ejecutivo, que le dará la información relevante para tomar las decisiones que orientarán el trabajo de la organización. No sobra resaltar el presupuesto de que se confía en el buen criterio del presidente y el contador para ese trabajo de síntesis  o resumen. Es un acto de fe en que coincidan las verdades derivables del informe, de las que derivarían del examen de toda la documentación del archivo. Usted supone que, con sólo leer estos breves textos, tendrá idea de lo que realmente se ha hecho. Podría confrontarlo con los libros contables, con los de actas, o con los archivos… pero no tiene tiempo para eso ahora, su junta durará, si acaso 3 horas.  Si en el abstract se resaltó su capacidad de permitir reconocer en él las tesis y los actos de significación realizados en el texto resumido, aquí se resalta un criterio que tampoco le sería ajeno al él: la fidelidad del texto resumen al texto resumido. Sin ello, las decisiones que pudiese tomar (comprar la revista o reelegir al presidente de la organización) podrían ser erradas.  ¿Pero, qué quiere decir qué haya esa fidelidad?<br />
Llegados a este punto, se puede atrever una descripción analítica: El resumen es un texto que es signo de otro texto.  Que un texto sea resumen del otro implica, por una parte, que es posible reconocer los significados del texto resumido en el texto-resumen; por otra parte, implica de debe operar de tal modo que produzca en el lector un sentido equivalente al que produciría aquel texto que significa, todo, de un modo más breve que en la posible operación del texto original. Se trata de alguna suerte de identificación o de equivalencia.<br />
¿Cómo opera tal producción de referencialidad y sentido cercana a la identidad? Los conceptos de iconicidad e isotopía parecen pertinentes para explorar el proceso semiótico por el cual un texto-resumen puede identificarse con el texto que resume.</p>
<p><strong>La iconicidad del resumen</strong><br />
La iconicidad es un modo elemental de semiosis en el cual un representamen  toma de su objeto, y transfiere al interpretante, la posibilidad de una determinada forma, que existe tanto en el objeto como en su representamen ;  en virtud de tal semejanza formal, uno puede estar en lugar del otro.  Los diagramas, las representaciones pictóricas, las metáforas, todos ellos son signos icónicos en distintos modos, pero operan bajo el mismo principio semiótico.  La hipótesis es que los “resúmenes” son icónicos, y de que lo sean depende su eficacia semiótica. El objeto sería el texto original, su representamen icónico, el resumen mismo.<br />
La iconicidad se funda en que algunas condiciones formales de la percepción de un objeto sean compartidas con las de su representamen, lo cual quiere decir que es realmente para el sujeto de significación para quien debe existir la posible analogía entre los dos, no porque las semejanzas se den entre objeto y representamen.  ¿Qué es lo que un texto resumen debe tomar de la percepción del texto resumido, y transmitir al interpretante, para que lo sustituya en su producción de sentido? El resumen, en tanto icónico, tomaría del texto referido sólo algunas de sus cualidades y relaciones constitutivas; pueden ser internas, propias de su material significante, o de su significado; podrían ser externas, de las que establece con su entorno (igualmente en la doble posibilidad de retomar lo propio del significante y del significado). Si las tomara todas, se trataría de una copia icónica. Al tomar sólo algunas, se desechan las que se consideran, por algún tipo de convención, innecesarias para reconocer las características particulares de la forma del texto-objeto que resultan significantes. En cambio, se conservarán aquellas que se consideran necesarias. Pero ¿con qué criterio se hace esta selección? La idea de “lo que se considera necesario” merece ser aclarada.<br />
Las necesidades de la forma icónica del resumen, son impuestas para cada caso particular, según los usos que se le de al resumen o los que se le daría a su texto objeto.  Puede exigírsele que comparta con él:<br />
a)    sólo la mención del tema general, la macroestructura tópica, en términos de Van Dijk<br />
b)    los campos semánticos a los que hace referencia, como cuando de un texto se piden las palabras descriptoras o tags de modo que se tenga una idea de los temas que se abordan, las disciplinas desde que se lo hace etc.<br />
c)    las proposiciones nucleares que se desarrollan en el texto y su jerarquía, como cuando se da cuenta del orden de temas y subtemas, la secuencia de una argumentación o la jerarquía de los títulos de la obra. En el caso de un texto narrativo, se podría exigir la presentación de los eventos o de la transformación de las relaciones entre los personajes y de los entornos que resulten más relevantes para el desarrollo de la historia.<br />
d)    la identificación de los actos de texturización, de significación o de habla, más relevantes que realiza el autor en el texto. No se quiere decir con esto que el resumen, necesariamente, realice los mismos actos de su texto objeto; bien podría, simplemente, enunciar los que se realizan en él, como cuando se dice que “el autor compara A con B”, o “fulano se distancia de la postura de sutano y de sus escritos anteriores” o “el autor emplea el método Y para hacer su investigación” etc.</p>
<p><strong>La isotopía del resumen</strong><br />
Cuando en física se habla de un isótopo, (de las voces griegas ἰσο, &#8220;igual&#8221; y τόπος, &#8220;lugar&#8221;) se refiere el átomo de un elemento particular cuyo peso atómico es diferente al estándar. A pesar de ello, el isótopo es capaz de interactuar con otros átomos de la misma manera que el átomo de peso atómico estándar. Le debemos al semiólogo lituano Algirdas J. Greimas el haber hecho una transposición del concepto al campo de la semántica del texto.  Su hipótesis es que la cohesión de un texto se garantiza cuando, en la secuencia de oraciones que conforman un texto, se encuentran repetidos algunos componentes sémicos en distintas cadenas sintácticas. La unidad de sentido estaría garantizada por la presencia de esos elementos sémicos cohesionadores, lo cual constituye la isotopía de un texto.  Un resumen sería isotópico con respecto a su texto objeto en la medida en que sus unidades sémicas cohesionadoras sean las mismas en ambos textos.  De ese modo, ambos operarían en el ámbito de la interpretación global del texto, de una manera semejante y podría sustituir uno al otro.</p>
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		<title>El problema semántico de la identi-fica-ción</title>
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		<pubDate>Mon, 09 Mar 2009 17:18:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Enrique Perez Orozco</dc:creator>
				<category><![CDATA[ciencias cognitivas]]></category>
		<category><![CDATA[filosofia]]></category>
		<category><![CDATA[General]]></category>
		<category><![CDATA[producción de sentido]]></category>
		<category><![CDATA[semiótica]]></category>
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		<category><![CDATA[identidad]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p>En la tradición de la semántica  formal de Frege-Russell, dos signos son idénticos si, y solo si, son signos del mismo referente. Para Kripke, con esta explicación, no se satisface la pregunta de qué es lo que hace a un signo identificable de modo tautológico con un referente, sino que se confunde la sinonimia con la identidad. La identidad, en sentido estricto, sólo podría ser la relación de un ente consigno mismo, esto es, sólo P puede ser idéntico a P; sólo de la proposición (P = P) se puede decir que es siempre verdadera; de las demás proposiciones que presentan una equivalencia, la verdad de la identidad sería contingente, no necesaria. ¿Qué hace, entonces, que una proposición de identidad sea verdadera? Los nombres que damos a los objetos, o a los eventos, corresponderían a descripciones sintéticas de las “propiedades esenciales” (o “estructuras ocultas”, en términos de Putnam) de tal objeto y sin las cuales éste no podría existir como tal. Estas propiedades habrían sido descritas y fijadas con “designadores rígidos” por especialistas en el grupo social (científicos, por ejemplo) y guardadas en la tradición lingüística y cultural; éstos designadores serían los enunciados necesarios para la descripción de lo “esencial” del objeto. Si tales descripciones se sincretizan en el nombre, sería por este mecanismo semántico y social que, cuando decimos “mesa”, las propiedades esenciales  del objeto referenciado |mesa| estarían implicadas  en el signo, y así cabría que, al tomar una mesa y decir “esto es una mesa”, la oración podría operar una suerte de proceso de identificación que sería tautológico.   En este texto se retoma algo de esta postura, con un cierto matiz:  en tanto el lenguaje natural es un complejo proceso bio-psico-social de producción de sentido, pensar que la semiosis de la identidad se explica como un código de equivalencias, de asignación de referentes para los signos, es una simplificación empobrecedora. O la semiosis es siempre susceptible de ser ilimitada (Peirce) o ella no es verdadera semiosis; (quizás, sólo una simple transmisión no negociable de información). Por otra parte, el análisis de la identi-fica-ción, como la definición del referente de un signo, pasa por alto que, además de significado, la semiosis del lenguaje natural produce sentido (1) Si hay que decir que el sentido es un algo, sería el modo subjetivo en que se orienta un sujeto frente a un mundo semántico de referencia.  De este modo, la significación de un signo, incluso la del juicio de verdad de una proposición simple, no es sólo su relación convencional con el referente, sino el modo en que se vincula ese signo con el modelo de la realidad del sujeto de significación, con su modo de interactuar con su realidad (2). En este sentido, la significación no puede ser nunca un proceso sellable y la identidad de un signo y un referente siempre deviene en tanto es el sentido lo que le da completitud al proceso. Absolutizar el criterio de los algoritmos de verificación de las proposiciones para pensar que sólo así ellas producen un significado consistente, dejaría en el campo de lo absurdo a todos los signos que no se presentan a la mente para ser tenidos por verdaderos o falsos pero que son constitutivos del sentido del discurso.<br />
Simplificando lo que se entiende aquí por identi-fica-ción: si se tiene un objeto-evento, una materialidad experienciable a la que llamaremos P y, además, un signo convencional, por ejemplo una palabra audible, al que llamaremos p, puede identificarse p con P si, y solo si, en quien percibe ambos entes (objeto-evento y signo), uno puede remitir al otro y cualquiera de los dos puede desencadenar en el interpretante una red de sentidos interpretantes equivalente a la que el otro desencadenaría, esto es, un mismo estado de disposiciones en el sujeto de significación hacia el objeto-evento y/o su signo. Con ello, para que haya identidad entre el signo (p) y un objeto-evento referente (P), no son necesarias ninguna clase de condiciones en el material significante en ninguno de los dos (3) , y la garantía de la tautología de (P = p) estaría dada por la memoria sincrética de los sentidos que se han producido históricamente en una comunidad dada, fruto de sus prácticas empíricas, teóricas y cultural-comunicativas (Oviedo, 2003) . La garantía de la identidad estaría, principalmente, en los procesos de producción de sentidos, no tanto en la naturaleza de los objeto-eventos y los signos. Si esta memoria sincretizada en el signo es dinámica, histórica, contingente, tambiénlo es cualquier proceso de identi-fica-ción.</p>
<p><strong>NOTAS: </strong></p>
<p>(1) Al decir del Baena: “<em>la función esencial del lenguaje es la de la significación, tomando este último término en el doble sentido de proceso de transformación de la experiencia humana de R(realidad) en sentido por la intervención del lenguaje, y de producción de sentido en el discurso</em>” (1992:8).  En el mismo sentido Oviedo (1997,2003)</p>
<p>(2) La idea de discurso (D) en John A. Riley (2006) parece aproximarse mucho a la que se defiende aquí como red de sentidos interpretantes. Para Riley, “<em>A fundamental ingredient in the model of communication I have adopted is the ‘action’, D( p), of a discourse, D, on a nominal, p. Let D denote a coherent discourse. Suppose that the speaker cognizes the mental representation, m. The speaker selects the expression p, so that it evokes m. He then conveys the expression p to the hearer in an utterance, u. The hearer, in his turn, receives u, and p, and cognizes the action, D( p), of D on p. He recognizes the mr’s in D( p) as being shared with the speaker. He then decodes p to D( p)</em>.”</p>
<p>(3) de allí que la argumentación del externalismo semántico de Putnam (1973,1974) resulte innecesaria.</p>
<p><strong>Bibliografía </strong></p>
<p>BAENA Z., Luis Ángel<br />
(1992)    Actos de Significación. En: Revista Lenguaje No. 19-20, 7-25; Universidad del Valle; Cali.<br />
OVIEDO, Tito Nelson<br />
(2003)    Abra la boca… significación comunicación. En Revista Lenguaje No. 31. Universidad del Valle. Cali<br />
PUTNAM, Hilary</p>
<p>(1974)    the Meaning of meaning; en: mind, language and reality. Philosophical papers vol 2. Cambridge university press.</p>
<p>RILEY, John A.<br />
(2007)    Mental representations: Reference and definiteness; Journal of Pragmatics 39 (2007) 831–871;</p>
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		<title>La evolución de la facultad del lenguaje, entre ontogénesis, filofénesis y epigénes</title>
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		<pubDate>Fri, 06 Mar 2009 12:02:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Carlos Enrique Perez Orozco</dc:creator>
				<category><![CDATA[ciencias cognitivas]]></category>
		<category><![CDATA[producción de sentido]]></category>

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		<description><![CDATA[Sin mucho rodeo, le damos la palabra al psicólogo Steven Pinker, del MIT y Harvard, quien en su libro &#8220;la tabla rasa&#8221; nuevamente argumenta,  en el marco de la discusión entre innatismo y contextualismo, la necesaria íntima relación entre ontogénesis del lenguaje, filofénesis y epigénesis.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Sin mucho rodeo, le damos la palabra al psicólogo Steven Pinker, del MIT y Harvard, quien en su libro &#8220;la tabla rasa&#8221; nuevamente argumenta,  en el marco de la discusión entre innatismo y contextualismo, la necesaria íntima relación entre ontogénesis del lenguaje, filofénesis y epigénesis.<br />
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