Lucho se mueve al centro
“La pela nos la tenemos que dar en el 2008. Hay que decidir si podemos o, definitivamente, no podemos convivir y hacemos lo de España: hay una Izquierda Unida y un Partido Socialista Obrero Español” (entrevista El Tiempo, 9 de Diciembre de 2007).
Varias polémicas despertó la entrevista que El Tiempo le realizó a Garzón el domingo pasado. Son muchos los temas que se pueden discutir partiendo de ella, pero a mí me ha despertado particular interés uno: el viraje hacia el centro. Esta inclinación no es nueva en el discurso del alcalde saliente de Bogotá, que de hecho se manifestó en esa dirección en más de una oportunidad, y mucho menos lo es en la actividad política a nivel internacional.
Desde hace décadas, la tendencia centrípeta se ha vuelto una constante para el grueso de los partidos “de no centro” en la mayor parte de las democracias del mundo. Ejemplos desde las izquierdas son: todos los partidos socialistas europeos; en América Latina: Lula, Tabaré Vázquez, el Partido Socialista dentro de la Concertación en Chile o el PRD en México (para la próxima discutimos casos sui generis –si efectivamente son de izquierda- como Chávez, Correa o Morales). Un efecto similar se puede observar en muchas de la fuerzas de derechas. Pero, ¿por qué ocurre esto?
Normalmente, el objetivo básico de cualquier partido (hablamos de partidos competitivos y no antisistema) es maximizar su caudal electoral para ocupar espacios desde donde ejercer el poder y así materializar sus preferencias en políticas públicas (vale la pena aclarar que esta maximización no necesariamente significa la pretensión de ganar una elección). En la mayor parte de los sistemas políticos los votantes tienden a concentrarse en las posiciones centrales, incluyendo a la centroizquierda y la centroderecha (de hecho cuando esto no ocurre así hacemos referencia a sistemas inestables y conflictivos, históricamente el caso paradigmático es la República de Weimar), por lo que todos aquellos partidos que tengan pretensiones de gobernar deben generar una oferta electoral razonablemente consecuente con las preferencias de los electores.
En este contexto nacieron, en los años cincuenta, los partidos atrapa todo o catch-all party (Kirchheimer, 1966), que cuentan con una lógica interclasista y buscan ampliar al máximo su base social ensanchándose hacia ambos lados del centro y alejándose de los extremos. Su estrategia es la de “barrer” al electorado y para lograrlo es razonable que se muevan en la dirección donde este se concentra. Esta lógica disuelve, considerablemente, la intensidad ideológica aunque no la hace desaparecer por completo conservándose importantes matices que diferencian a las fuerzas políticas.
Por el contrario, la estrategia de crecer hacia los extremos es de partidos minoritarios. A ella apelan las fuerzas políticas marginales que tienen como objetivo “pescar” los restos de las tendencias centrípetas. Esto no significa que, esporádicamente, frente a la crisis de los partidos significativos, puedan realizar buenas elecciones, basadas más en la posibilidad del ejercicio de un voto de protesta que en coincidencias ideológicas de los votantes con el partido (haciendo la siempre válida analogía futbolera “es posible que La Equidad llegue a la final cuando los grandes están en crisis, pero también es muy probable que en el campeonato siguiente vuelva a la B”).
Independientemente de tener, o no, preferencias por Garzón, su jugada política parecería razonable (aunque es muy incierto que sea segura), sobre todo si efectivamente tiene vocación de poder y pretende que el Polo deje de ser una oposición, fundamentalmente, testimonial. Para terminar, este cambio no debe ser visto como una perversión, sino como una estrategia natural de los partidos cuyos fines, como los de cualquier organización son cambiantes. Esta modificación de sus fines tiene que ver con una interacción cada vez más estrecha del partido con la sociedad y el reconocimiento de una limitada capacidad de moldearla a su gusto.