Opinión

La administración de justicia colombiana no se ha caracterizado por ser “ejemplificante”. Por el contrario, los actores del campo jurídico nacional aprendemos a verla con desconfianza. Hablaremos en esta ocasión de tres debates recientes sobre la judicatura: (1) la congestión como problema para el desarrollo económico el país; (2) el activismo judicial como debate político; y (3) los recientes casos de corrupción judicial como muestras de lo que no es menos que una profunda crisis institucional. En este sentido, el más reciente escándalo de corrupción en la Corte Suprema de Colombia se inscribe en una crisis de la judicatura más amplia. La idea es presentar un panorama de los debates actuales y conectarlos con la preocupación con la construcción de paz. 

Para el autor de esta columna, quien creció y vivió en la Unión Soviética, el centenario de la Revolución de octubre de 1917 sirve no solo como una oportunidad para  recordar la participación obligatoria en las manifestaciones en la plaza central de su ciudad natal cada 7 de noviembre, a veces bajo las condiciones extremas del duro invierno siberiano, sino, también, para reflexionar acerca de qué legado dejó  la Revolución para mis contemporáneos en Rusia y en el exterior. Y mientras leo los numerosos artículos, columnas de opinión, informes acerca del centenario, y cada  nueva publicación conmemorativa se hace más claro para mí que hay un tema que  brilla por su ausencia en estos escritos: ¿qué pasó con el intento de los bolcheviques y, luego, del Estado soviético de formar un nuevo tipo de hombre, distinto a todos los hombres de las épocas anteriores? 

Martin Shkreli debe ser una de las personas más odiadas de los últimos tiempos. El New York Times lo llama “el niño malo de la industria farmacéutica”. En un artículo publicado en The Atlantic el pasado diciembre, Shkreli es retratado como “la perfecta y odiosa combinación de arrogancia, juventud y avaricia”. Hillary Clinton, en medio del fragor de su campaña, lo comparó con “la peor cita que pueda uno imaginarse”. ¿A qué se debe tanta animadversión en contra de Shkreli y su compañía, Turing Pharmaceuticals?