Vol. 14


    Sobre papel

     El género, sin ideologías

    Llevamos un poco más de dos años editando este volumen de PDC. Digo llevamos porque el trabajo ha sido largo y compartido. Todo el seminario de género, compuesto por un filósofo, historiadoras, sociólogas, politólogas y abogadas, se unió a la invitación –generosa y cálida– de una literata aliada e inquieta. Quiero referirme en este editorial a dos cosas. Primero, a lo que la demora y “desorden” disciplinar implican para nosotras y lo que dicen y callan estas dos circunstancias sobre lo que hacemos. Segundo, quiero abordar temas menos plácidos. No escribo este editorial en un momento cualquiera, para los estudios de género y para el feminismo. Lo escribo después de semanas largas en las que el “costo social” de ser feministas se ha hecho evidente y entonces, escribo, no desde la defensa, sino desde la necesidad. Ya habíamos hablado entre nosotras de referirnos a conceptos básicos sobre el género, su estudio y el feminismo en esta editorial, pero escribirlo hoy resulta aun más provocador de lo que lo es siempre.

    Empezaré entonces por la demora y el desorden. Empezaré por nosotras. Hace casi un mes ya que nos reunimos todas a hablar sobre lo que éramos como feministas en el lugar en el que trabajamos, a recordar lo que hemos hecho, el trabajo que hemos desarrollado. El seminario de género de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Icesi tiene una característica ya común para los grupos que empiezan a asumir esa tarea en las universidades privadas colombianas1:

    (1) No tienen presupuesto.
    (2) No son unidades académicas independientes.
    (3) Tienen apoyos institucionales precarios.

    Este seminario funciona con los tiempos “extras” de todas las profesoras que lo integramos, con la voluntad política de aquellos que lo apoyan y con el reconocimiento exiguo de profesoras y profesores que por compromiso, asisten a reuniones y se cargan tareas mal pagas. Es una militancia. Un compromiso íntimo. Trata, en lo que puede, de pelear con jerarquías odiosas, con competencias rapaces, con presiones extractivas que muestran y producen como último objetivo. No cuenta en ningún indicador ni es funcional a ningún ranking. Es un grupo de gente unida por compromisos políticos. Por causas poderosas.

    Los dos años que nos hemos demorado en editar este volumen hablan entonces de la marginalidad –paradójica– de los estudios de género y el feminismo en las universidades privadas colombianas. Pero su “desorden” disciplinar, metodológico, habla de su potencia. Ninguna categoría (y seré totalizante con el ánimo de ser cínica) en las ciencias sociales contemporáneas ha sido tan hábil para atravesar fronteras y tramitar apuestas teóricas como el género. La categoría atraviesa disciplinas, desestabiliza metodologías, le habla a ciencias duras y blandas y materializa la apuesta posmoderna por lo transdisciplinar, lo deconstruido, lo relativo. Es capaz de dar cuenta de complejidades, de compromisos políticos, de activismos, de victorias y de eternas derrotas, en toda la densidad de sus mezclas. El género es –y Joan Wallach Scott nos apoya en esto– la categoría más prometedora de las ciencias sociales contemporáneas.

    El género es, también y por qué no, ideología. Creo que tenemos el compromiso ético de distanciarnos de algunos usuales oponentes al reconocer que, como todo, mucho de lo que hacemos y decimos es ideología. No diremos como el neoliberalismo que lo nuestro es una “técnica”. Tampoco diremos que el enfoque de género es objetivo y apolítico. No diremos tampoco que lo que defendemos es natural y, por ello, verdadero, moral y justo2. Y ya va siendo hora de que dejemos de mentar la ideología como una ofensa, nosotros, estudiosos de la ideología mejor montada del último siglo (si es que alguien va a defender que las ciencias sociales son una “ciencia”).

    El feminismo es una postura ética y política, que ha denunciado a lo largo de siglos asimetrías legitimadas en un supuesto orden “natural” (biológico o divino)3. Se preocupa por la manera en la que distribuimos los recursos socialmente y critica las formas en las que justificamos que esa distribución persista con perdedoras frecuentes. Por ello gestó, en el interior de su lucha política, el marco teórico del género, conocido como enfoque o perspectiva de género, en el cual mujeres y hombres dentro y fuera de la academia han aportado elementos y herramientas para el análisis de esos temas inviabilizados por la supuesta “neutralidad” de marcos teóricos y metodológicos que terminan legitimando esos órdenes “naturales”.

    Ahora bien, el género no es una ideología si lo que se entiende por ella es una caricatura dogmática, un evangelio, una apuesta unívoca por encontrar verdades. Acusar de eso a los estudios de género es trivializar los esfuerzos de la apuesta de conocimiento más prolífica del siglo XX, de la movilización social más efectiva de los últimos años, de la revolución cotidiana más visible entre nuestros haberes. La expresión ideología de género viene- según lo rastrea Julieta Lemaitre en una columna de la Silla Vacía reciente- de los discursos de Juan Pablo II y Benedicto XVI, aun no purgados en las manifestaciones del papa Francisco. Con esa expresión, el Vaticano quiere denunciar un cuerpo de teoría que supone que nuestras identidades son construidas socialmente y no producto de la asignación divina. Y es paradójico que, una movilización que intenta denunciar la artificialidad de lo que se muestra natural frente a nuestros ojos, termine acusada de dogmática e ideológica.

    Lo que sí trata de hacer el género es entender. Entiende y documenta las causas de la desigualdad, denuncia y devela la normalización de su persistencia, milita y exige su alteración. Pero ese impulso, es diverso, vibrante, heterogéneo. Los feminismos y las feministas no cabemos en una sola caja y hemos sumado las voces por estrategia política, pero restado las convergencias en las discusiones sobre la complejidad teórica de los fenómenos que denunciamos4. El genero sí, se ha popularizado como un marco de análisis que explica la interacción y la diferencia entre el sexo biológico, el género socialmente construido, la orientación sexual y el deseo. Pero aun en ese impulso convive con la disidencia. Para algunas de nosotras, el sexo antecede a género y es un “dato biológico”. Para otras, sexo y género interactúan y el dato duro deviene de comportamientos sociales: mujeres “masculinas” u hombres “amanerados” darán cuenta de cómo aun el discurso del dato biológico está mediado por producciones sociales, o cómo el género produce también al sexo5.

    Existen feminismos liberales, socialistas, radicales, culturales, posmodernos, decoloniales. Existen feminismos negros. Existen feminismos blancos heterosexuales. Existen los estudios queer. Existen feminismos europeos. La interseccionalidad ha mostrado cómo los feminismos se han obsesionado con las causas y expresiones de las asimetrías, se han dedicado rigurosamente al estudio de sus expresiones, de sus composiciones, de sus repertorios emocionales, de sus existencias. Si algo puede endilgarse al feminismo es su diversidad, no la ramplona homogeneidad de la que se lo acusa cuando se le convierte en ciega ideología.

    Ahora bien. La virulencia de los ataques de las últimas semanas –que no son más que la expresión un poco más abierta de la “calma chicha” en la que vivimos las feministas en nuestras vidas– hace importante regresar sobre estos puntos y, por qué no, reconocer que nos hemos equivocado. Para resumir algunos de los ataques, se ha dicho que la “ideología de género” no debe estar en los colegios como parte de la educación sexual de los niños y las niñas y que su expresión o circulación en el escenario democrático no tiene valor alguno. No tiene valor porque (y aquí la tautología es expresa) es ideología y busca incentivar o reproducir conductas expresamente homosexuales (en estos argumentos considerados como “subhumanos”). Otros argumentos en contra de la “ideología de género” denuncian su talante mamerto y confuso, señalando a expresiones como la “matriz heteronormativa” de ser ininteligibles y, por ello, empobrecer, en lugar de enriquecer, el debate en lo público.

    Tengo varias reacciones frente a esto. La primera es un impulso liberal (aquel que cree que la educación nos hará mejor a todos) y se ubica justamente en el escenario pedagógico de donde estas ideas quieren purgarse. Yo me pregunto cuál será el mundo que pueda construirse en torno a vetos y censuras, en lugar de reflexiones y discusiones duras, que por supuesto nuestros niños y niñas estarán dispuestos a dar (y solo quiero recordar aquí que la niñez como la conocemos es un invento de la modernidad tardía y que, además, la infantilización es una burda estrategia de dominación de la que varias mujeres podemos hablar). La segunda es más compleja de plantear y, por ello, pensando en cómo responderla, reconoceré que quizá nos habremos equivocado.

    No ha sido una equivocación sencilla. Empezaba este texto haciendo referencia al costo social –silencioso, y por ello no menos tremendo– que pagamos las feministas6 por salir del closet. Ser feminista no es fácil. Las mujeres pagamos caro cualquier subversión: tener el pelo corto o las caderas y la panza muy grandes, sacrificar lo doméstico por lo público, la familia por el trabajo, el pudor por el deseo. Por eso, pese a la diversidad de disciplinas y existencias, ser feministas es compartir, de una u otra forma, el exilio social de ser putas, brujas, histéricas: malas mujeres. Mujeres desobedientes. Mujeres insumisas. Mujeres asalariadas. Mujeres proveedoras. Mujeres que han alzado su voz. Pero haber pagado el costo no excusa la equivocación.

    Fue más o menos a principios de siglo XX cuando feminismo y legalidad se encontraron, y el movimiento feminista - si es que puede hablarse de tal unidad- no sin poca polémica, decidió perseguir el cambio legal como un fetiche (el sufragio, los derechos de propiedad y administración de bienes, los derechos sexuales y reproductivos). Ahora tenemos las leyes. Años de activismo nos han dejado nueces, varias, grandes. Tenemos la CEDAW, el estatuto de Roma, la Constitución de 1991. Pero debates como los recientes ponen de presente que quizá nos equivocamos de estrategia. Que no eran leyes sino debate lo que necesitábamos. Que eran discusiones, análisis, batallas de calle, de cama y de escuela. Que eran más cruzadas en lo cotidiano lo que nos haría más fuertes. Que es más pop y menos teoría lo que nos falta.

    Este es un esfuerzo por abrir ese otro camino. Desde el inicio, pensamos este ejercicio de publicación para hablarle al otro(a), en toda su complejidad. Los temas y las secciones que se recogen en este volumen pueden ser vistos como una lista exhaustiva de los temas de los estudios de género hace 10 años (violencia sexual, trabajo doméstico, cuerpo y diversidad) o como metáforas de esos mismos temas en espacios femeninos (de la calle para adentro, de la calle para afuera, el hogar, lo público y lo privado). Son, en su conjunto, un recorrido por excusas que nos obligaron a juntarnos, a leernos, a conocernos. Son una apuesta por la “otra vía”, por ese activismo blando que olvidamos cuando nos dedicamos a perseguir la ley.

    Espero que lo disfruten tanto como nosotras y Julián disfrutamos construyéndolo. Y menciono a Julián con su nombre, para no ser colonial con nuestros compañeros. Lo nombro, porque me recuerda a Andrés Castelar al hacerlo. Muchas de las profesoras que estamos ahora en este seminario lo conocimos (algunas mejor que otras), pero tras el asombro de su partida y la fascinación por sus presencias, queremos hacerle un homenaje con esto. Nunca será el último, por supuesto. Así que, a la memoria de Andrés Castelar está dedicado este trabajo y el esfuerzo tremendo que hemos hecho por lograr imaginar qué pensaría él de esta “ideología de género”.

    Lina Buchely Ibarra

     

    1. Los tres principales Centros de Estudio de Género en Colombia son de universidades públicas: la Universidad del Valle, la Universidad de Antioquia y la Universidad Nacional.

    2. Al menos que estemos dispuestos a discutir que es igualmente justo y moral que hagamos algo semejante a la viuda negra (latrodectus mactans) después del coito, cuando se engulle a su amante...solo por ridiculizar la falacia naturalista.

    3. Desde el creacionismo o el evolucionismo se han asumido posturas teóricas que naturalizan un orden desigual en nombre de la “naturaleza” sea divina o biológica.

    4. Por ejemplo, algo singular de la movilización en nuestro contexto son las continuas alianzas entre feministas, organizaciones de mujeres y la comunidad LBGTI. Pese a que estas movilizaciones comparten las mimas premisas, o lo que la ideología de género reconoce como la artificialidad de las formas en las que socialmente nos organizamos entre géneros y distribuimos poder y recursos en razón de dicha organización, los intereses son frecuentemente opuestos. El aborto, por ejemplo, es solo una muestra de cómo feministas y gays podemos tener intereses encontrados, pese a que nos cobije la misma bandera de los derechos reproductivos.

    5. La última parte del párrafo anterior menciona al feminismo. La “ideología del género” ha aplanado la diferencia entre los estudios de género y feminismo (que aquí aparecen intercalados). Usaré una distinción básica (que seguro sobre simplifica nuestros propios debates) para efectos explicativos: los estudios de género se encargan de entender, analizar, desmontar, desestabilizar las asimetrías de poder entre géneros usualmente identificados, pero no exhaustivamente correspondientes a lo masculino y lo femenino). El feminismo es la militancia que parte de la que desventaja de lo femenino es constante y lucha por su subversión.

    6. Seamos mujeristas, queer, trabajemos desde las organizaciones base, en la academia, hagamos parte de partidos políticos (tradicionales o contemporáneos), seamos anarquistas, del movimiento amplio de mujeres, o en intersección con movimientos étnicoraciales pensando en las estrategias de movilización. O nos ubiquemos en los feminismos de la igualdad, de la diferencia, feminismo liberal, socialista o radical, en el «feminismo negro» o black feminism, el eco-feminismo, los feminismos lésbicos o con el transfeminismo, en el feminismo cultural o de-colonial.

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