DOCUMENTOS

DOI: 10.18046/recs.i12.1683

 

INTERROGANDO EL RACISMO. HACIA UNA ANTROPOLOGÍA ANTIRRACISTA*

 

INTERROGATING RACISM. TOWARD AN ANTIRACIST ANTHROPOLOGY

 

INQUIRINDO AO RACISMO: EM DIREÇÃO A UMA ANTROPOLOGIA ANTI–RACISTA

 

 

LEITH MULLINGS 1

1 City University of New York, New York, Estados Unidos. lmullings@gc.cuny.edu

 


RESUMEN

En las últimas décadas, las manifestaciones globales del racismo han estado sujetas a transformaciones significativas. Las luchas anticoloniales, el movimiento de los derechos civiles y la ofensiva anti–apartheid han retado los regímenes raciales establecidos. No obstante, la consolidación del capitalismo global ha creado nuevas formas de racialización. Una variedad de estrategias e intervenciones antirracistas han surgido para confrontar estos nuevos racismos. Los análisis sobre el racismo han buscado interrogar su historia y sus manifestaciones contemporáneas, cómo se ha mantenido, cómo se ha reproducido, al tiempo que han intentado predecir su futuro. En este contexto, el reto para antropólogos y otros científicos sociales yace en avanzar nuestra comprensión de las nuevas manifestaciones de la raza y el racismo.

Palabras clave: Raza, movimientos sociales, daltonismo racial, globalización, antirracismo.


ABSTRACT

Over the past several decades, global manifestations of racism have undergone significant transformations. The anticolonial struggle, the civil rights movement, and the antiapartheid offensive have challenged the former established racial regimes. But the consolidation of global capitalism has also created new forms of racialization. A variety of antiracist strategies and interventions have emerged to confront new racisms. Analyses of racism have sought to interrogate its history and contemporary manifestations, how it is maintained and reproduced, and to predict its future. Anthropologists and other social scientists are challenged to develop theoretical perspectives and methodological approaches to advance our understanding of these new manifestations of race and racism.

Key words: Race, social movements, color blindness, globalization, antiracism.


RESUMO

Nas últimas décadas as manifestações globais do racismo têm sido sujeitas a mudanças significativas. As lutas anticoloniais, o movimento dos direitos civis, e a ofensiva antiapartheid, converteram–se num autêntico desafio para os regimes raciais estabelecidos. No entanto, a consolidação do capitalismo global tem instituído novas formas de segregação, ainda que novas estratégias anti–racistas e intervenções tenham surgido para enfrentar estes novos racismos. As análises referentes ao racismo procuraram aprofundar na sua história e manifestações contemporâneas, no que diz respeito ao jeito como este fenômeno se preservou e reproduziu; arriscaram–se também a prognosticar o futuro deste facto. Neste contexto, o desafio para os antropólogos e outros cientistas sociais, é prosseguir na busca de uma apropriada compreensão das novas manifestações de raça e racismo.

Palavras–chave: Raça, movimentos sociais, compreensão do racial, globalização, anti–racismo


 

 

Introducción

Hace seis décadas, Gunnar Myrdal describió el racismo como un dilema americano originado en la contradicción entre la ideología de equidad de los Estados Unidos y sus prácticas de segregación racial y discriminación. Siglo y medio después, el mismo dilema tuvo un profundo eco en la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y otras Formas de Intolerancia realizada en Durban, Sudáfrica, en Agosto de 2001. En ésta, los representantes del Sur Global racializado buscaron renegociar sus relaciones desiguales con los estados Europeos y de las Américas. La conferencia y las reuniones complementarias de organizaciones no–gubernamentales contaron con la asistencia de más de 8000 representantes y delegados de cerca de 160 países. Los asistentes no fueron solamente Afrodescendientes e Indígenas de todo el globo: también asistieron Dalits provenientes del subcontinente Indio, Burakumin de Japón, Rom de Europa y Palestinos de Medio Oriente.

El 'Racismo' es un concepto ampliamente usado por académicos y público en general. Éste, sin embargo, es un término relativamente reciente, que empezó a usarse durante la Segunda Guerra Mundial (ver Fredrickson, 2002). La literatura histórica americana ha conocido dos perspectivas sobre las fuentes del racismo. Se tiene, por un lado, la tesis del 'racismo natural' (ver Allen, 2002), que generalmente conceptualiza el racismo como un conjunto de orientaciones psicológicas, prejuicios y creencias vinculadas a fenómenos que se dan al interior o fuera de los grupos, y cuya fuente es la naturaleza humana, que se considera innata, natural o primordial.1 Está, por otro lado, una perspectiva más persuasiva que vincula el racismo a estructuras de poder que emergen de procesos de acumulación y desposesión en contextos locales y trasnacionales. Tal es el enfoque que aparece en las producciones de teóricos sociales como Eric Williams (1944), W. E. B. Du Bois (1946), Oliver Cox (1948), St. Clait Drake (1987), Walter Rodney (1972) y sus descendientes intelectuales. En esta perspectiva se desarrollan las investigaciones antropológicas, sociológicas e históricas sobre racismo, y este artículo privilegia el trabajo de dicha tradición.

Existen, sin embargo, conceptualizaciones sobre el racismo que contienden entre este corpus masivo de investigación (Taguieff, 2001; Winant, 2000; Wodak y Reisigl, 1999). Algunos estudiosos consideran que el término 'racismo' es un concepto de valor analítico limitado (por ejemplo, Mason, 1994; Wacquant, 1997). Otros creen que el concepto debería estar esencialmente limitado a una experiencia subjetiva y/o ideológica (por ejemplo, Bonilla– Silva, 1996). Otros más, aunque están de acuerdo con el argumento de que las fuerzas ideológicas y estructurales le dan forma mutuamente al racismo, insisten en que el marco estructural es la fuerza preponderante (por ejemplo, Stavenhagen, 1999; Wade, 1997). Hay también muchas preguntas sin responder, así como grandes áreas de controversia y debate teórico. Por ejemplo, ¿cuándo, cómo y por qué surge históricamente el racismo? ¿Cuáles son las variedades, direcciones y manifestaciones del racismo en el mundo contemporáneo? ¿Qué sabemos sobre cómo el racismo es mantenido y reproducido? ¿Cómo el racismo se cruza con otras formas de desigualdad como la clase y género? ¿Cuáles son las estrategias y tendencias contra el racismo?

En comparación con sus disciplinas hermanas, la sociología y la historia, la antropología ha hecho una contribución muy modesta al estudio del racismo. Al mismo tiempo, conceptos antropológicos claves como el de raza y cultura han resultado centrales para la racionalización de la desigualdad. El artículo de 1995 de Harrison otorgó una revisión comprensiva de la historia del concepto de raza y antropología, así como también lo hizo la literatura sobre raza y racismo hasta ese momento. Siguiendo la observación de Stavenhagen de que 'raza no engendra el racismo pero que el racismo sí genera razas' (1999: 8), mi interés en este artículo no es debatir la construcción social de la raza sino considerar cómo los científicos sociales han intentado lidiar con el racismo. Aunque la raza puede ser socialmente construida, el racismo tiene una realidad social que ha afectado negativamente las vidas de millones de personas. Un artículo de una extensión tan limitada como este obviamente no le puede hacer justicia a este importante tema. Por lo tanto, subrayo las contribuciones antropológicas para el estudio del racismo, en la medida de lo posible, pero me apoyo fuertemente en trabajos relacionados de la historia, la sociología y otras disciplinas. Esta revisión se enfoca principalmente en trabajos publicados en inglés, con algún énfasis en la investigación de estudiosos de los Estados Unidos. Otros capítulos en esta edición de la revista2 especifican aspectos de la raza y el racismo en relación con la arqueología, la teoría crítica de la raza, las políticas indígenas y de los movimientos, Latinoamérica, el lenguaje, la migración y la inmigración, enfermedades y salud pública. Mi tratamiento de estas áreas, no obstante, es limitado. Por tal razón, sólo desarrollaré una breve discusión sobre antropología y antirracismo, revisando un cuerpo seleccionado de investigaciones y abordando las preguntas anteriormente expuestas.

Una historia muy breve de la antropología, el racismo y el antirracismo

Aunque los antropólogos han escrito ampliamente acerca de la raza, las contribuciones antropológicas al estudio del racismo han sido increíblemente modestas. Probablemente esto se debe, en parte, a la contradictoria herencia de la antropología. Por un lado, se trata de la disciplina que en un momento promovió el racismo científico y la visión racial del mundo que proporcionaron la racionalidad para la esclavitud, el colonialismo, el segregacionismo y la eugenesia (Baker, 1998; Blakey, 1994; Mukhopadhyay y Moses, 1997; Smedley, 1993). Por otro lado, se trata de un campo que tiene una tradición antirracista significativa, más notablemente durante y en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, cuando las consecuencias genocidas del racismo comenzaron a hacerse evidentes.

Durante las décadas de 1940 y 1950, el trabajo teórico de antropólogos como Franz Boas, Gene Weltfish, Ruth Benedict, Ashley Montague, Robert Redfield y otros fue fundamental para retar la justificación científica para la segregación racial en el servicio militar y para consolidar una iniciativa alterna a la ampliamente refutada 'Declaración Educativa, Científica, y de Organización Cultural Contra el Racismo' de las Naciones Unidas.3 En el decenio de 1960, la producción intelectual de Ashley Montague, Frank Livingstone, y Sherwood Washburn puso en cuestión el concepto de raza, al tiempo que supuso un importante aporte a la disminución de la influencia del determinismo racial (Baker, 1998; Harrison, 1995; Lieberman, 1997).

Una corriente menos conocida del trabajo antropológico se enfocó de manera más explícita en la estructura del racismo. En esta tradición antropológica fueron claves autores Afroamericanos como St. Clair Drake (1962) y Allison Davis (1941), cuyo trabajo en los años 30 y 40 indagó sobre las estructuras de la desigualdad racial en el norte y sur de los Estados Unidos. El análisis del racismo en las comunidades del sur realizado por Hortense Powdermaker (1939), así como el estudio de Eleanor Leacock sobre el racismo en la educación estratificada (1969), fortalecieron este campo de investigación. Sin embargo, a pesar de esta impresionante tradición antirracista y de la significativa movilización en torno a la crítica de 'cultura de la pobreza', el análisis antropológico del racismo falló en convertirse en una perspectiva significativa en la disciplina.

Existen varias cuestiones asociadas con este problema. Primero, los antropólogos no están de acuerdo en los roles jugados por la raza y el racismo en la disciplina o en la sociedad en su conjunto. Aunque la mayoría de los antropólogos rechazan la concepción biológica de la raza y el racismo (Lieberman, 2001), y a pesar de que otros han explorado caminos más significativos para estudiar la variación humana (por ejemplo Goodman, 2001 y Gould, 1996), una extensa minoría de antropólogos físicos (40%) hace uso del concepto de raza para a la hora de recoelctar información (Cartmill, 1999), y algunos continúan defendiendo el valor del concepto biológico de raza como un mecanismo importante para entender la variación humana (por ejemplo Shipman, 1994). Muchos antropólogos culturales, dado su distanciamiento de las consecuencias realmente bárbaras del racismo biológico, se ha convertido en ''evitadores' de la raza' (Brodkin, 1999: 68), considerándola como una construcción social pero ignorando, en el proceso, el racismo. Como argumenta Shanklin, 'la antropología americana ganó la batalla y perdió la guerra' (1998: 670). Además, mientras los antropólogos se enfocaron en la etnicidad, en lugar de analizar cómo emergen y persisten las categorías de raza, el racismo continuó siendo sub–teorizado en la disciplina.

Varios antropólogos (Baker, 1998; Brodkin, 2001; di Leonardo, 1998; Visweswaran, 1998; Wills 1972) han señalado que las debilidades teóricas inherentes al liberalismo Boasiano hicieron imposible sostener un enfoque en el racismo. Boas y algunos (no todos) de sus estudiantes interpretaron el racismo, en gran parte, como una cuestión de ignorancia en lugar que como un elemento fundamental de la estructura social. Esto, en consecuencia, tendió a que las iniciativas antirracistas fuesen dirigidas, en buena medida, hacia la educación de los blancos, en lugar de orientarse hacia un enfrentamiento de aquellas fuerzas históricas y sociales subyacentes que habían creado y sostenido el racismo. Más allá de ésto, el trabajo antirracista en la disciplina fue desproporcionadamente liderado por las mujeres (Lieberman, 1997), quienes fueron en ocasiones marginalizadas por la disciplina, y por la gente de color,4 frecuentemente marginal o excluida de la academia. Finalmente, es esencial subrayar el aporte institucional y financiero masivo destinado a aquellos estudios académicos que reforzaban el determinismo biológico (Baker, 1998; Blakey, 1994; Tucker, 2002).

La publicación en 1994 de Race, editado por Gregory & Sanjek, representó un hito para renovar la atención de los antropólogos en torno al estudio del racismo. A pesar de su historia llena de vicisitudes y de su entrada tardía en el campo, la antropología tiene el potencial de hacer una contribución central al estudio crítico del racismo.

 

Historizando los racismos

A pesar de la aguda crítica de Stoler acerca de cómo 'las historias del racismo frecuentemente aparecen como narrativas de redención' (1997: 185), existe un cuerpo significativo de investigación reciente que aborda la historia del racismo y que es útil para los antropólogos en su labor de encontrarle sentido al racismo contemporáneo.

Existe un mínimo acuerdo general de que el racismo está asociado con la modernidad, así como que está vinculado con la expansión europea, la consiguiente esclavización de africanos, el colonialismo y el imperialismo. La mayoría de historiadores está de acuerdo en que el racismo a) está atado de manera inextricable a la emergencia histórica de los Estados–Nación; b) frecuentemente se construye sobre la base de conflictos anteriores y que, además, c) emerge en medio de la resistencia. Sin embargo, pero no sorprendentemente, existe alguna diferencia de opinión sobre las fechas precisas, la centralidad del racismo para la modernidad, y los roles y direcciones de causalidad de aspectos particulares de la modernidad.

Las inconsistencias sobre las fechas pueden atribuirse en parte a las diferentes conceptualizaciones del racismo y a cómo éste es distinguido de otras formas de discriminación –xenofobia, prejuicio cultural, étnico y de clase–. Éstas también pueden deberse a la definición del racismo como una ideología completamente desarrollada y un sistema de dominación, o como una manifestación moderna de antiguos fenómenos de tribalismo e identidades grupales. Por ejemplo, Snowden (1995), Fredrickson (2002) y Winant (2001) argumentan que no existe una equivalencia al constructo 'raza' en el mundo Greco–Romano o entre los primeros cristianos. En contraste, Isaac (2004), en The invention of racism in Classsical Antiquity –La invención del racismo en la antigüedad clásica–, plantea que en la literatura Romana y Griega sí pueden encontrarse ejemplos significativos de 'proto–racismo', si bien señala el hecho de que el racismo no existió en la forma moderna de determinismo biológico o en la persecución sistemática de un grupo étnico por el otro. La relación entre 'proto–racismo' y racismo moderno está, pues, en discusión. Los tratamientos más panorámicos del racismo encuentran útil el formular una distinción cualitativa entre 'formas prototipo' (Fredrickson, 2002: 7)5 o 'ensayos significativos' (Winant, 2001: 38) y aquella clasificación racial sistemática desarrollada durante los dos siglos pasados (por ejemplo Fredrickson, 2002; Goldberg, 1993; Holt, 2002; Smedley, 1993; Solomos y Back, 1996; Winant, 2001) –una visión mundial que habla a una noción de vínculos primordial pero que es completamente una invención moderna.6

Los investigadores, sin embargo, pueden atribuir diferentes grados de significación a los roles precisos de estas características, tales como la preocupación por el orden y las clasificaciones (Goldberg, 1993); la meditación ideológica de la contradicción entre el universalismo cristiano y las nociones ilustradas de derechos igualitarios y libertad, por un lado, y la exclusión y la desigualdad, por el otro (Fredrickson, 2002); así como la esclavitud y la abolición (Holt, 2002).

En oposición a las tesis de que la raza y el racismo son un sub–producto de la modernidad, o algo contradictorio a ella, los trabajos recientes han subrayado la centralidad de la mano de obra esclavizada africana para el desarrollo de la economía mundial moderna capitalista (Brodkun, 200; Holt, 2002; Rigby, 1996; Winant, 2001). Winant (2001: 30), por ejemplo, afirma que 'la modernidad en si misma fue [...] un proyecto racial mundial, un proceso evolutivo y flexible de formación racial [...]'. Holt, por su parte, describe las formas en que la trata esclavista trasatlántica 'redefinió las condiciones para la producción y el consumo, las formas de movilización del trabajo, las formas de la revolución y la reacción, así como también de identidad personal y política (Holt, 2002: 31). Así como el trabajo africano y Afroamericano se convirtió en la base para el desarrollo de gran parte del hemisferio occidental, y en un motor para la expansión del capitalismo en Europa, la acumulación auxiliar creó las condiciones para el aumento del moderno sistema mundo. La mano de obra racializada fue hecha posible por otros rasgos del modernismo, y las razas y el racismo fueron construidos, transformados y reconstruidos a través tanto de la esclavitud como de la resistencia en su contra (Brodkin, 2000; Holt, 2002; Winnat, 2001).

Hay un consenso acerca de que el racismo moderno emergió en el contacto de la expansión europea. De hecho, Wade (1997) sugiere que las diferencias físicas que hacen las veces de 'pistas' para las distinciones raciales contemporáneas pudieron haber sido vistas como construcciones sociales fundamentadas en variaciones fenotípicas, las cuales se corresponden con 'encuentros geográficos de los europeos en sus historias coloniales' (15). Un tema interesante aquí es la mutabilidad y la contingencia histórica del significado de estas percepciones y distinciones, y cómo éstas están organizadas. Viajeros ingleses, franceses y holandeses describieron a los isleños del Pacífico de maneras diferentes en distintos momentos históricos, dependiendo de las agendas globales y regionales. Gailey (1996) indica que su tendencia a reducir sus juicios al color de piel estuvo asociada al crecimiento de la esclavitud capitalista en África Occidental, al igual que al establecimiento de la colonización en otras partes del mundo. De esta manera, el color de la piel de los isleños del Pacífico se fue presentando de manera marcadamente más oscura a lo largo de 35 años, a medida que el colonialismo se fue desarrollando (Gailey, 1996). De manera similar, Daniel (1996) describe un proceso gradual de 'arianización' de la gente Sinhala durante los siglos XVIII y XIX, a medida que ellos se fueron apropiando de las categorías raciales occidentales en el contexto de colonialismo y de la expansión del racismo científico. En las masacres recientes en Sri Lanka, los conflictos fueron, en algunos momentos, enmarcados en los discursos de raza.

Junto con la esclavitud, la conquista y el colonialismo, el racismo moderno está frecuentemente entrelazado con etapas tempranas y avanzadas de la construcción de la nación, así como con la búsqueda por la consolidación de la misma. Aunque las variedades del racismo desarrolladas en occidente tuvieron gran impacto en el resto del mundo, los sistemas raciales son, al mismo tiempo, proyectos nacionales e internacionales. Los proyectos raciales son construidos, en parte, a partir de herramientas y símbolos ya existentes en los repositorios culturales locales, así como también sobre la base de nuevos encuentros y conflictos. A medida que los estados construyen la raza, lo hacen a partir de creencias, símbolos, prácticas y conflictos trasmitidos desde el pasado aunque interpretados de nuevas maneras.

Sin embargo, el racismo científico desarrollado en occidente proporcionó, en buena medida, la estructura predominante para los conflictos internos y los proyectos imperiales en otras partes del mundo. En China y Japón, los discursos indígenas de la diferencia, reconfigurados en un contexto de nacionalismo creciente, convergieron con el racismo científico y se inspiraron en este, lo cual suministró un marco para categorizar, jerarquizar y, en algunos casos, subordinar poblaciones internas y externas (Dikötter, 1997; Weiner, 1997). Como lo señala Fredrickson, 'la historia del racismo en el siglo XX es una historia con varios argumentos secundarios, en lugar que una mera colección de cuentos que comparten un tema común' (2002: 104).

En el contexto de la construcción de la nación moderna, el racismo facilitó la construcción social de la homogeneidad a través de la exclusión. Este también serviría para la consolidación de las élites a través de la neutralización de la clase y la legitimación de la desigualdad. Ofreciendo un ejemplo más reciente de consolidación nacional, Sagás (2000) argumenta que el racismo, inevitablemente, fundamenta la organización nacional como un movimiento político. En la República Dominicana, a medida que las élites confrontaron el reto de la exitosa revolución haitiana que derrocó la esclavitud, se incorporaron constructos raciales para promover un credo nacional de 'anti–haitianismo'. Tal discurso hizo una fácil transición de lo cultural a los tropos raciales para terminar fusionando raza, cultura y nación. Este, igualmente, fue útil en períodos ulteriores para frustrar retos a la hegemonía de las élites. La clase dominante describió a los dominicanos (a través de tarjetas de identidad, así como de construcciones culturales) como descendientes de indígenas (aunque éstos ya habían sido exterminados hace varios siglos) y españoles, eliminando cualquier reconocimiento a los vínculos con la herencia africana. De manera similar, enfatizando el rol del racismo en la consolidación del estado, Marx (1998) compara la construcción de la raza en los Estados Unidos, Suráfrica y Brasil, y argumenta que en los Estados Unidos y en Suráfrica las élites étnicas, otrora enfrentadas (la inglesa y la boer en Suráfrica, y las élites del sur y del norte de los Estados Unidos), acordaron desplegar la autoridad del Estado para unificar a los blancos a través de la exclusión de los negros. En Brasil, por el contrario, las élites blancas no estuvieron en guerra, por lo que no se desarrolló una línea rígida de color.

Algunos de los enfoques más interesantes han contribuido enormemente a la comprensión de estos asuntos al historizar la noción de 'blanquitud'.7 Los autores incluidos en esta línea han demostrado que la 'blanquitud' no fue necesariamente una identidad conciente en comparación con la de identidad nacional y la de filiación religiosa (Fredrickson, 2002), pero sí una categoría que ha sido inventada y reinventada. En los Estados Unidos, a medida que los grupos racializados contemporáneos se fueron incorporando por conquista y/o por explotación de su trabajo, el Estado creó y mantuvo las jerarquías raciales y la ciudadanía racializada (ver Merry, 2001) a través de procesos frecuentemente contradictorios e inconsistentes. El acceso a la 'blanquitud' podía estar condicionado por la clase. En el contexto de creación de alianzas entre las élites anglosajonas y mexicanas, por ejemplo, los mexicanos de algunas áreas eran definidos como blancos, aunque, comúnmente, sólo las élites podían aprovechar esa privilegiada distinción racial (Haney López, 1996). Para la mayoría de los mexicanos, un discurso racializado equivalía a un uso 'desordenado' de la lengua española, lo cual establecía un patrón para las percepciones sobre los latinos caribeños, como en el caso de los puertorriqueños (Urciuoli, 1996). Sin embargo, los nativos americanos, quienes reclamaron el estatus de soberanía como naciones autónomas, sólo recibieron la ciudadanía en 1924 (Biolsi, 2001; Deloria y Wilkins, 1999; Marable, 2002).

El profundo estudio histórico y etnográfico de Pem Bucks (2001) sobre dos condados de Kentucky da cuenta sobre cómo se desarrollaron las ideas de raza durante 300 años. Los blancos pobres, observa Bucks, fueron persuadidos para aceptar el sistema racial dual a través de medidas sociales, económicas y legales concretas: restringiendo el acceso al voto, forzando el matrimonio endogámico, incentivando la creación de sectores segregados, prohibiendo el acceso a la educación a la población esclavizada, desterrado a los nativos americanos, distribuyendo la tierra entre unos pocos blancos, y acudiendo al recurso de la fuerza.

Estos ejemplos demuestran cómo la construcción de la raza y las manifestaciones del racismo son históricamente contingentes y se estructuran en función de distintos procesos interrelacionados, entre ellos la conquista y la construcción del Estado. Citando a Hannah Arendt, Harvey (2003) sugiere que el racismo va a la vanguardia del pensamiento político en pro de reconciliar proyectos imperialistas y nacionales, suspendiendo la lucha de clases mediante la construcción de aparentes alianzas entre el capital y las otras clases. El racismo es el pegante que sostiene este andamiaje unificado, permitiendo que el capital proceda con su 'acumulación por desposesión' (45).8 El género y la clase también están implicados en estos procesos, y producen formas de opresión que se entrelazan (Davis, 1981).

Impugnando la racialización

La emergencia del racismo nunca ha dejado de ser cuestionada. Antes bien, ha sido rechazada de manera continua, y reformada por su desafío y oposición (ver Hanchard, 1994; Winant, 2001). En Japón el darwinismo social, adoptado por los intelectuales, no avanzó sin oposición (Weiner, 1995). El estado racial en los Estados Unidos fue constantemente impugnado por los nativos americanos, los mexicanos, los Afroamericanos y los asiáticos a través de guerras, revueltas, sabotajes diarios, protestas y demandas judiciales. Todas estas acciones contribuyeron a la reconstrucción de las reglas bajo las que operaban tanto el racismo como la raza. De hecho, tanto Buck (2001) como Allen (2002) ubican el punto de quiebre en la construcción de la 'blanquitud' de las élites estadounidenses en la supresión de la rebelión de Bacon en 1676, cuando sirvientes africanos y europeos, junto con libres pobres, iniciaron una frustrada revuelta contra las autoridades coloniales de Virginia. Además, tal como lo argumenta Aptheker (1993) y Solomos y Back (1996), las ideas anticoloniales y antirracistas, así como los movimientos sociales, han sido más significativos e influyentes entre los blancos (siendo el abolicionismo, probablemente, el primer movimiento social transnacional moderno) que lo que la mayoría de las historias reconoce.

Existe, actualmente, un amplio acuerdo en torno a que las expresiones globales del racismo fueron objeto de una reconstrucción substancial posterior a la Segunda Guerra Mundial. Luchas alrededor del mundo, al igual que alteraciones significativas en el orden social mundial han generado transformaciones en la visión mundial de la raza. El realineamiento global emergido del colapso de los imperios coloniales europeos dejó de ser compatible con aquellas formas de racismo más antiguas y crueles. Simultáneamente, los Estados Unidos se embarcaron en proyectarse a sí mismos como líderes internacionales en la promoción de los derechos individuales y la libertad, y buscaron integrar antiguas colonias al sistema capitalista (Harvey, 2003; Winant, 2001). Sorprendentemente silenciado en algunos análisis se encuentra el rol crucial del movimiento social anticolonial, del movimiento de liberación negra y del antiapartheid social en la transformación de la esfera racial global. No obstante, autores como Holt (2002) y Winant (2001) han atribuido a los retos propuestos por estos movimientos un rol significativo en el cambio global o en el break en el sistema racial mundial.

A pesar de las diferencias presentes en estas narraciones históricas, es posible encontrar en ellas un tema común: la fluidez, la mutabilidad y las contingencias históricas del racismo –sus diferencias, transformaciones e impugnaciones. En el abordaje de este tema han surgido nuevos conceptos que permiten expresar la simultánea naturaleza dinámica y estructural del racismo. Se trata de nociones como 'formación racial', alusivo a 'los procesos socio–históricos a través de los cuales las categorías raciales son creadas, habitadas, transformadas y destruidas'; 'proyecto racial', concebido simultáneamente como 'una interpretación, una representación o una explicación de las dinámicas raciales y un esfuerzo por reorganizar y redistribuir los recursos de acuerdo con líneas raciales' (Omi y Winant, 2002: 124); ' racialización', visto como aquel proceso social, económico y político en que las poblaciones se transforman en razas y se crean significados raciales (Barot y Bird, 2001; Miles, 1993; Omi y Winant, 2002); al lado de expresiones tales como 'hacer la raza'. Todas estas categorías hablan de la naturaleza intencional, funcional, mutable y de transformación constante de la raza y el racismo.

 

Racismos contemporáneos

Condiciones globales

Hemos visto que los racismos son tanto globales como locales. Aunque el racismo moderno es un sistema global significativamente influenciado por la conquista occidental y el trabajo racializado, los racismos toman formas locales. Así mismo, aunque los racismos presentan características permanentes e inalterables, se encuentran en un estado de constante transformación en relación con nuevas formas de acumulación y desposesión, así como con las lucha contra estos. Mientras los Estados Unidos y Suráfrica aparentan avanzar hacia un modelo de sociedad caracterizada por racismos no marcados, similares a los de latinoamérica, muchos países Latinoamericanos, típicamente caracterizados por su 'racismo sin raza', están experimentando la emergencia y el crecimiento de movimientos indígenas que hacen demandas al estado. Adicionalmente, los recientes procesos migratorios han producido nuevas manifestaciones del racismo en varias áreas del mundo, y nuevos sitios de racialización están siendo creados por la expansión del complejo industrial de prisiones.

En las últimas cinco décadas, dos desarrollos significativos han interactuado para generar transformaciones reveladoras a propósito del racismo y de la estructuración de la diferencia. Primero, como se discutió anteriormente, están las luchas de liberación nacional en el tercer mundo, el movimiento de liberación negra en los Estados Unidos, y la ofensiva antiapartheid en Suráfrica. Todos estos movimientos retaron con efectividad la supremacía blanca, derrocando órdenes raciales antiguos y generando poderosos cambios en cómo la raza es vivida.

Sin embargo, está también la reciente consolidación del capitalismo global, cuyas –nuevas– consecuencias en términos de racialización resultan impresionantes. Ésta fase más reciente de la globalización, motivada por el despliegue del capital para la producción alrededor del mundo, ha sido acompañada por continuas crisis en los países industrializados. En el traslado de la producción industrial hacia países no occidentales se evidencia un desempleo creciente, así como un declive en la redistribución de funciones del Estado, un decrecimiento de los servicios sociales y una creciente privatización de instituciones anteriormente financiadas con recursos del Estado. Estos procesos tienen su contraparte en muchos países poscoloniales sujetos a los legados del colonialismo, a la deuda internacional y a las políticas de ajuste estructural. Adicionalmente, las tecnologías de comunicación global contemporánea han creado nuevas formas de desposesión, al mismo tiempo que han enriquecido el potencial para la organización transfronteriza basada en intereses comunes. Ambos desarrollos –los de resistencia contra el racismo y los del capitalismo globalizado– interactúan para crear nuevas formas de raza, convirtiéndola en un orden fluido inestable, caracterizado por nuevas y antiguas formas de desposesión, acumulación y resistencia.

Aún persisten las formas tradicionales de desposesión por acumulación – de la tierra, del trabajo, de los recursos y de los derechos. Paralelo a los discursos de multiculturalismo e inclusión, existen feroces luchas racializadas por la tierra y por los recursos, frecuentemente vinculadas a prácticas genocidas (Hinton, 2002b). Las luchas por los derechos de la tierra son características particularmente notables en poblaciones Afrodescendientes e indígenas de América Latina. Es el caso, por ejemplo, de los Afrocolombianos, quienes históricamente han ocupado tierras ricas en madera, oro, potencial para la agricultura y biodiversidad en la costa del Pacífico, y que están siendo desplazados por intereses nacionales e internacionales (Escobar, 2003). El desplazamiento de los indígenas aún continua, y en algunos lugares se ha intensificado (Maybury–Lewis, 2002). Klare (2001) predice que en el África Subsahariana, con sus vastas reservas de aguas, madera, aceite, minerales y gemas, los conflictos étnicos y las guerras internas estarán vinculadas de manera creciente a guerras internacionales por recursos. De manera análoga, la 'gentrificación' –proceso a través del cual barrios y comunidades son apropiados por vía de mecanismos legales– entre minorías raciales establecidas en las metrópolis puede ser entendida como un proceso paralelo de desposesión y acumulación (Harvey, 2003; Mullings, 2003; Williams, 1996). Todo esto está ligado a procesos mundiales de privatización y de 'encerramientos' de porciones de tierra, de espacio público y de servicios públicos, inherentes a las agendas del neoliberalismo y del reajuste estructural.

Las fuerzas laborales constituidas alrededor de la raza y del género siguen siendo centrales para las formas de acumulación tanto antiguas como nuevas. En un contexto en que la mayoría de la población del mundo se convierte en una reserva de mano de obra, el 'racismo transmigratorio' ha sido objeto de una muy buena documentación en Europa Occidental, donde inmigrantes de Oriente Medio, Asia, África y el Caribe enfrentan varias formas de discriminación, así como el crecimiento de las alas derechas de distintos movimientos anti–inmigración. Este fenómeno, sin embargo, no está limitado a Europa. Investigaciones recientes han documentado nuevas formas de racismo directamente conectadas al movimiento del trabajo en otras regiones. En Japón, por ejemplo, la reciente afluencia de trabajadores asiáticos es ampliamente percibida como un problema racial (Weiner, 1997). En Hong Kong, un discurso racial que vincula trabajadores inmigrantes al crimen y a los problemas económicos es dirigido contra personas de la India y las Filipinas, al igual que contra los chinos de la mainland (Lilley, 2001). Bolivianos, chilenos, peruanos y paraguayos que migran a Argentina enfrentan campañas xenofóbicas en medio de un contexto de recesión y altos niveles de desempleo (Grimson, 2001). En estas condiciones, se presentan constantes tensiones entre trabajadores migrantes y nativos.9

Las mujeres trabajadoras constituyen una proporción significativa de los migrantes (véase, por ejemplo, Perreñas, 2001). Dado el declive de la fertilidad entre los europeos, las articulaciones de racismo, clase, nacionalidad y género pueden estar ligadas a ansiedades demográficas racializadas. Krause (2001) nota que en Italia los discursos públicos de los demógrafos, que informan a los medios de comunicación y a las élites políticas y académicas financiadas por el Estado, despliegan lenguajes y metáforas alarmistas en lugar de análisis neutrales y científicos. Los medios de comunicación recalcan los bajos índices de partos de las mujeres italianas, junto con la afluencia de inmigrantes en declive de la civilización, vinculando ideologías de género, clase, raza y nacionalidad, y permitiendo así la emergencia proyectos racistas.

Algo análogo ha sucedido en los Estados Unidos, donde las posibilidades de reproducción de las mujeres negras han constituido un foco de preocupación desde las esclavitud hasta el período contemporáneo (Mullings, 1997). Más allá de esto, los contextos de patrullaje de las fronteras del género y del cuerpo de la nación han dado lugar a algunas de las más extremas formas de racismo, desde el linchamiento de hombres negros en el sur de los Estados Unidos, hasta las violaciones de mujeres negras en Ruanda o Bosnia.

Un tema intrigante en esta literatura indaga por los dominios en los cuales el racismo es iniciado y perpetuado. Aunque el racismo es frecuentemente asociado con poblaciones de clases trabajadoras, el trabajo etnográfico de Cole (1997) sobre las actitudes raciales hacia los inmigrantes de África a Asia entre las diferentes clases en Sicilia descubre una flexibilidad y una ambivalencia entre los trabajadores. Algunos rechazan a los nuevos migrantes, mientras otros simpatizan con ellos. Al respecto, Cole sugiere que aunque la burguesía tiende a adherirse a ideologías universalistas, son ellos los grandes beneficiarios de la segmentación de raza, clase y género. Wodak, van Dijik y sus colegas emplean el análisis del discurso para examinar la producción del racismo por parte de élites simbólicas en las arenas políticas, corporativas, académicas, educativas y de medios de comunicación en Europa. Estos autores, en conjunto, concluyen que el racismo de la élite permite la reproducción del racismo a través de la sociedad mediante la producción de resentimiento popular (Wodak y van Dijik, 2000).

En países industrializados, las minorías históricas tienden a padecen la continuidad y, en algunos momentos, la intensificación de las desigualdades raciales, al igual que las nuevas formas de racialización. En los Estados Unidos, por ejemplo, antiguos trabajadores industriales como los Afroamericanos y los puertorriqueños han experimentado una exclusión masiva de la economía formal. A esto han sumado nuevas configuraciones en el mundo del trabajo: las mujeres son forzadas a nuevas formas de trabajos semigratuitos creados por la reforma de la asistencia social (Davis, 2004; Davis et. al., 2003; Morgen y Maskovsky, 2003); hombres de bajos ingresos son almacenados en prisiones (Marable, 2002). En condiciones de oportunidades limitadas, el servicio militar se convierte en una opción viable de empleo para hombres y mujeres racializados.

La encarcelación se ha incrementado dramáticamente en muchas naciones del Norte global (Sudbary, 2004), de la mano con la desaparición de los trabajos y parcelas de tierra en el tercer mundo. En Italia, donde la gran mayoría de víctimas de la violencia policial es inmigrante y Rom, 'los discursos sobre el crimen y quien los comete están saturados del lenguaje de la ciudadanía nacional, la clase social, el género y la raza' (Angel–Ajani, 2002: 38). Como resultado de los recortes, los cruces ilegales de fronteras, la explotación en las industrias del sexo y las drogas, y las condiciones generales de la vida en aquellos países que fueron antiguas colonias, el número de mujeres encarceladas, en general por crímenes no violentos relacionados con la supervivencia, ha aumentado precipitadamente (Sudbary, 2004). Además, varios observadores sugieren que, en el contexto de tráfico mundial de sustancias ilegales (por ejemplo, Tobotham, 2003) y de la globalización de la trata de armamentos, la campaña liderada por los Estados Unidos para la 'guerra contra las drogas' está siendo principalmente librada –transnacionalmente– contra la gente de color (Harrisson, 2001).

Las formas contemporáneas de comunicación global y las tecnologías de la información tienen implicaciones tremendamente fluidas, complejas y, en ocasiones, contradictorias para el racismo y la resistencia al mismo. Las tecnologías de los medios de comunicación contemporáneos, por ejemplo, fomentan la proliferación global de los significados de la raza en los Estados Unidos –donde la exportación de los medios de comunicación popular es sólo secundaria a la de sus productos aeroespaciales (McLean, 1995)–, e introducen nuevas formas de propiedad para la acumulación por desposesión. La transmisión del imaginario racial a través de los medios de comunicación, que ayuda a promover la convergencia de los racismos nacionales (Bowser, 1995b), se hace más sutil mediante imágenes llamativas del 'estar a la moda', 'ser cool', así como por medio de representaciones de superestrellas enfrentadas a peligrosos criminales del ghetto provenientes de una transnacionalidad que va de Hong Kong (Lilley, 2001) a Sicilia (Cole, 1997). Aunque para Solomos y Back (1996) esto pone de manifiesto una 'oscilación entre la adulación racial y el racismo', Baker (1998) insiste en que la bifurcación de los imaginarios a través de la clase permite la elusión de alegatos de discriminación, promoviendo visiones de una 'sociedad daltónica'. La apropiación, la vulgarización y el mercadeo de las formas culturales, los estilos e, incluso, las identidades de las poblaciones racializadas se ha convertido en un negocio rentable, promocionando lo que podría denominarse como 'multiculturalismo corporativo' (Marable, 1995). En el caso de los estilos y productos culturales Afroamericanos, el uso de imágenes de la cultura urbana negra para atraer a un mercado global de jóvenes (Solomos y Back, 1996) no sólo es rentable en sí mismo, sino también facilita la acumulación a través de la promoción de la emulación del consumismo norteamericano. Pero la expropiación no es sólo un mero problema de mercados: la apropiación de las cocinas, de las formas musicales, de la religión, de la cultura material y de la sexualidad es clave para la reconstrucción de la raza y la nación en Latinoamérica (Wade, 2003) y en los Estados Unidos. Al contrario, como se discute abajo, estas nuevas tecnologías tienen un tremendo potencial para unir personas con intereses comunes y establecer comunicaciones que pueden ser utilizadas para luchas contra–hegemónicas.

Encubriendo los racismos

Aunque el racismo abierto ha disminuido en muchos países, la desigualdad racial continúa y, en algunas espacios, ha empeorado. Quizá la nueva característica que resulta más significativa en este marco, es la transformación de las prácticas y las ideologías del racismo a una configuración que florece al margen de las instituciones cívicas y legales. En su intento por interpretar estas nuevas y complejas formas de racismo, los investigadores han cuñado términos como 'racismo de laissez–faire' (Bobo, 2004: 15); 'post–racismo' (Winant, 2001); 'racismo informal' (Bowser, 1995b); 'racismo disimulado' (Harrison, 2000: 52); 'neo–racismo' o 'racismo cultural' (Balibar, 1992); y 'fundamentalismo cultural' (Stolcke, 1995).

Los investigadores están de acuerdo en que, con frecuencia, y en coexistencia con formas de racismo flagrante y de genocidio, los 'racismos disimulados' han sido la tendencia en las metrópolis coloniales y en antiguas sociedades donde existieron asentamientos de poblaciones blancas. Colishaw (2000), por ejemplo, describe la visión post–racial que emergía en la década de 1970 como parte del reposicionamiento moderno del estado Australiano, donde la tendencia había sido expugnar u ocultar las referencias a los aborígenes en tanto raza, mistificando las diferencias construidas históricamente y oscureciendo, así, las razones para explicar las desigualdades contemporáneas y la necesidad de restitución.10 En Suráfrica, donde la racionalidad por el apartheid fue un esencialismo cultural racializado, la sociedad permanece profundamente estratificada por razas. La retórica del multiculturalismo y del daltonismo racial (Sharp, 2001; Erasmus, 2005) es empleada para sugerir que el campo de juego está nivelado, facilitando la ampliamente reconocida oposición de los blancos a las acciones afirmativas, a la redistribución y a otras formas de justicia compensatoria (Fletcher, 2000).

En Europa, los investigadores han descrito un 'nuevo racismo' que no depende de las nociones de inferioridad biológica pero que, sin embargo, se apropia del concepto de cultura y del 'derecho a ser diferente' para asegurar un neoracismo que esencializa las diferencias culturales como infranqueables. Existen algunas diferencias en las opiniones acerca de si esto es una nueva formulación de racismo (por ejemplo, Balibar, 1991); una revisión del racismo científico de antes del siglo XVIII para el que las diferencias culturales eran irreconciliables (Fredrickson, 2002); o como lo plantea Stolcke (1995), un fundamentalismo cultural basado en la noción de ciudadanía y distinto del racismo tradicional basado en la biología.

En los Estados Unidos, y de la mano con formas indignantes de brutal racismo, el tema del daltonismo racial ha emergido '[no sólo como] un simple estándar legal [...sino también] como una forma particular de orden social' (Brown et al., 2003: 7). Alegando que las victorias legislativas del movimiento de los derechos civiles de la década de 1960 han clausurado el racismo, y que vivimos en una sociedad daltónica donde cada individuo es libre de determinar su destino, los sostenedores del daltonismo racial han tratado de minimizar muchos de los logros ganados durante el período de los derechos civiles y destinados a prohibir y corregir las consecuencias de una historia de 300 años de discriminación. Es el caso, por ejemplo, de las acciones afirmativas en educación y empleo, los distritos electorales para minorías y la aplicación federal de las leyes anti–discriminación [Custred (1995) es uno de los escasos antropólogos que públicamente asumen esta posición]. Bajo este punto de vista, la desigualdad racial generalizada se debe a limitaciones culturales y biológicas de los Afroamericanos y los latinos, en lugar que a la historia de la conquista, la esclavización y la continua discriminación. La esencia del racismo daltónico, de acuerdo con Bonilla–Silva (2003: 2) es que 'explica la desigualdad racial como un resultado de dinámicas no–raciales'. Estos marcos, irónicamente, incorporan el lenguaje de la lucha de los derechos civiles, con su llamado a los individuos a ser juzgados 'no por el color de su piel sino por el contenido de su carácter', frase que se hizo famosa por el discurso 'Yo tengo un sueño' pronunciado por Martin Luther King en agosto 28 de 1963, en la marcha histórica de Washington D.C.

El trabajo de Lee D. Baker (2001) sobre la situación de los nativos hawaianos, aquellos descendientes de los polinesios originales que poblaron las islas antes del contacto británico, de la dominación de los Estados Unidos y de su posterior integración en 1898, es ilustrativa de esta tendencia. En 1978, el gobierno de los Estados Unidos cumplió su compromiso (explícitamente prometido al momento de su conversión, en 1959, a la categoría de estado) de separar un 20% de los ingresos de 1.4 millones de acres de tierra hawaiana para mejorar las condiciones de los nativos de la isla, quienes estaban en el fondo de la escala económica. Por 22 años, la Oficina de Asuntos hawaianos, elegida por gente de ancestro Hawaiano, usó el dinero para favorecer la formación laboral, los servicios de salud, la educación, la construcción de viviendas, así como para la promoción de la cultura nativa. En 2000, en el contexto de una campaña ampliamente financiada por grupos conservadores –entre ellos, ocupando un lugar predominante, la 'Campaña por una América Daltónica'–, la Corte Suprema de los Estados Unidos falló que la elección de los comisionados a la Oficina de Asuntos Hawaianos era inválida porque sólo los nativos hawaianos estaban autorizados para votar, y 'esto desvalorizaba la dignidad y el valor de las personas a ser juzgadas por su ancestro en lugar de por su mérito' (citado en Baker, 2001: 70).

Aunque hay variaciones importantes entre estos racismos nacionales y regionales, todos enfatizan en razones culturales e individuales para explicar la desigualdad. Esto no es contrario a lo que sucede en el modelo latinoamericano, que generalmente 'ha privilegiado la cultura sobre la raza', y en el cual coexiste una amplia discriminación racial con una ausencia de leyes formales que refuercen el racismo, al tiempo que con una ideología oficial que lo niega (de la Cadena, 2001). En Brasil, por ejemplo, el continuum de color (en lugar del modelo one–drop –una gota de sangre–) y la ideología de la 'democracia racial' han servido tradicionalmente a la explicación de las limitaciones de progreso, atribuyéndolas a fracasos individuales (Twine, 1998), a una educación insuficiente o a deficiencias culturales (de la Cadena, 2001; Guimarães, 2001). En Colombia, las poblaciones negras e indígenas han enfrentado diferentes desventajas en el marco de la ideología oficial del mestizaje, la cual sostiene que el país es una nación mezclada –mestiza–, y que viene acompañada por la popular noción de 'blanqueamiento', que devalúa la negritud (Wade, 1997).

Ahora bien, también es cierto que la introducción del 'lenguaje de la cultura' (Mamdani, 2002) no es nueva. Históricamente, el racismo ha involucrado la cultura y la biología. En las Indias holandesas, por ejemplo, la raza nunca fue un problema exclusivo de la psicología. Aquí, la competencia entre un rango de distinciones culturales pudo establecer una noción de estatus equivalente a la europea, y asegurar las mismas protecciones de privilegio (Stoler, 1997). En los Estados Unidos, los paradigmas entrecruzados de biología y cultura han proporcionado el marco explicativo principal para la desigualdad racial. A pesar del énfasis reciente en tropos culturales, el hecho de que las ideologías del racismo continúan entrando y saliendo del discurso de la biología y la cultura se hace evidente en la publicación relativamente reciente de The Bell Curve –La curva de Bell–, donde se biologiza la inteligencia (ver Marks, 2005, para una reseña crítica), así como en la reinvención de una cultura de la pobreza en las clases marginales (Mullings, 1997).

Estas nuevas formulaciones, similares a formas tempranas de racismo, buscan hacer que lo social aparezca como natural, y que la desigualdad despiadada aparezca como sentido común. No obstante, hay importantes distinciones entre estas concepciones de ayer y de hoy. La nueva ideología racial está integralmente relacionada con el proyecto hegemónico del neoliberalismo, el cual se basa en mercados abiertos sin restricción, en mercados flexibles, en el rol degradado del gobierno (por lo menos para las funciones redistributivas) (Clarke, 2004), y en la productividad como medida del valor de los individuos y de la responsabilidad personal. La nueva ideología incorpora algunas nociones, pero al tiempo habla el lenguaje del mérito individual, la libertad de elección y la diferencia cultural. Como el neoliberalismo, estos marcos explicativos contemporáneos facilitan la negación del racismo y ocultan los mecanismos internos del sistema social, al atribuir la desigualdad contemporánea a la cultura individual y a la meritocracia. Aquí se borran, de manera simultánea, la historia actual del racismo y las historias colectivas de lucha contra el mismo llevadas a cabo por poblaciones subordinadas. Quizá, de la manera más execrable –como en el caso del neoliberalismo, que se ha apropiado del concepto de libertad–, estas doctrinas se apropian astutamente del lenguaje y los conceptos derivados de las luchas contemporáneas, tales como el multiculturalismo, la igualdad de oportunidades y el derecho a ser diferente. Estos marcos permiten no sólo racionalizar la desigualdad, sino también deslegitimar las actividades antirracistas.

Reproduciendo el racismo: Estados Unidos

En una era donde el racismo ya es impuesto por la ley, ¿cómo se explica la continua persistencia de las desigualdades raciales en la riqueza, el empleo y en el acceso a vivienda, a la salud y a la educación? Para examinar estos asuntos, volvemos a los Estados Unidos, donde el racismo ya no tiene autorización formal por ley.

En tanto disciplina, la antropología aún permanece en la periferia de los estudios del racismo. Los antropólogos, con notables excepciones, usan el término racismo apenas en raras ocasiones y, a pesar de una serie de importantes investigaciones en este campo, tienden a estudiarlo oblicuamente. Sin embargo, me permito sostener las formas en las que las instituciones, las políticas y las estructuras contemporáneas reproducen la desigualdad social sin elegir abiertamente a sus víctimas, pueden ser potencialmente iluminadas por trabajos antropológicos con amplia información y estudios etnográficamente sensibles. Existe un cuerpo sustantivo de trabajo que ha enriquecido nuestra comprensión de cómo la raza es mantenida y reproducida sin estructuras formales, y que ha proporcionado nuevas interpretaciones acerca de las formas en que la riqueza y el poder emergen de procesos racializados. Dichos estudios han expandido nuestra comprensión en términos de: a) iluminar los procesos globales y transnacionales que impregnan a comunidades y poblaciones locales; b) entender cómo las estructuras y las prácticas de desigualdad racial son creadas y reproducidas, independientemente de las intenciones de los actores; c) poner en evidencia la articulación entre instituciones, políticas y comunidades; d) cuestionar la 'blanquitud' y e) avanzar en la exploración de las intersecciones entre varias formas de estratificación.

Por ejemplo, las leyes de antidiscriminación ahora prohíben las peores formas de discriminación explicita, pero los estudios han demostrado cómo los cambios en el mundo del trabajo provocados por la nueva economía global – caracterizados por la salida de las industrias de aquellos países industriales que permiten la sindicalización, en busca de mano de obra barata, así como por la migración masiva a los Estados Unidos en busca de trabajo– han acelerado el incremento de la pobreza y el desempleo. Varios estudios antropológicos contemporáneos sobre las dinámicas culturales de la pobreza (Susser, 1996) y su racialización (Abramovitz, 1996; Goode y Maskovsky, 2001; Morgen y Maskovsky, 2003) han analizado los procesos trasnacionales y nacionales que reproducen la desigualdad racial. Otros estudios antropológicos han tomado un enfoque etnográfico para documentar cómo estos procesos estructurales interactúan con las actitudes de los empleadores (Newman, 1999), o con las alegadas reglas neutrales de antigüedad (Goode, 1994), para fortalecer la restricción de las oportunidades de trabajo para Afroamericanos de bajos ingresos. Otros trabajos han mostrado cómo las características de los empleos con bajos salarios dificultan que jóvenes latinos o Afroamericanos salgan de los mismos (Stack, 2001). Incluso, otros estudios han demostrado cómo el declive del sector público y la privatización (Mullings y Wali, 2001), o un ambiente de trabajo hostil (Baker, 1995), limitan la seguridad económica de los profesionales Afroamericanos.

Análogamente, aunque la segregación residencial ya no está amparada en mecanismos formales de discriminación legal, la discriminación espacial hoy es casi tan intensa como en el pasado. La detallada descripción de Sanjek (1998) de las prácticas de exclusión de propietarios, agentes inmobiliarios, políticas públicas y residentes blancos para mantener segregado el mercado de viviendas en un barrio de Nueva York, así como de la resistencia de los Afroamericanos residentes, ofrece un análisis matizado de cómo la segregación residencial es reproducida y mantenida (ver también Gregory, 1998). En el contexto contemporáneo, las luchas por los barrios ya no son una lucha por comunidades segregadas, sino una preocupación por la 'gentrificación' y la consolidación de sectores. Por ejemplo: barrios privados acaudalados (Low, 2003) encuentran que ya no es necesario ubicar señales de 'sólo blancos' para preservar enclaves que son, virtualmente, exclusivamente blancos.

Otros estudios subrayan cómo varias instituciones, prácticas y representaciones se refuerzan entre sí para producir la desigualdad racial. Dado que 'Estados Unidos es el más ávido encarcelador del mundo [...]' (Sudbury, 2004: xiv) de las personas racializadas, los científicos sociales han empezado a interrogar los mecanismos a través de los cuales las políticas y las prácticas en los medios de comunicación, en la educación y en la justicia criminal fortalecen la criminalización de la gente de color. El estudio etnográfico de Ferguson (2000) en un colegio demuestra que, aunque en las operaciones diarias la escuela es daltónica, al final ésta arrastra a los niños Afroamericanos a prisión a través de prácticas institucionales y representaciones culturales. Las prácticas de los medios de comunicación frecuentemente racionalizan el indiscriminado encarcelamiento de hombres negros (Page, 1997b). La guerra contra las drogas, el encarcelamiento masivo, la destrucción de comunidades urbanas y la 'gentrificación' pueden estar espacialmente vinculados para construir contextos de desventajas acumuladas (Mullings, 2004).

Aunque la coerción ocupa un lugar preponderante en la historia de la gente racializada, la racialización no puede ser posible sin la construcción de consentimiento entre la mayoría de euro–americanos. Los estudios sobre la 'blanquitud' han emergido en la última década y media planteando críticas mixtas. Existe, de hecho, un número significativo de estudios y proyectos sobre este problema. Algunos de éstos proponen argumentos basados en la simetría de la racialización blanca (para una discusión sobre este proceso en la formación de sindicatos de estudiantes blancos, ver Berbrier, 1998), mientras otros se han enfocado exclusivamente en la construcción de una identidad blanca. En este contexto, el argumento de Page de que 'la blanquitud no es una cultura sino una conducta aprendida y una afirmación cultural, promulgada sobre la naturalidad y la veracidad de la hegemonía [...] Europea', merece ser tomado en consideración (Page, 1997a: 561). Para su crédito, sin embargo, algunos estudios sobre la 'blanquitud' han logrado descentralizar la naturalidad de dicho concepto, subrayando los aspectos relacionales y dialécticos de la raza y el racismo, y recordándonos que toda acumulación está inextricablemente conectada con la acumulación y que las desventajas estructuradas son, inevitablemente, el fundamento del privilegio. Un grupo de estudios en distintas disciplinas explora los diversos aspectos de las ventajas de la población blanca. Es el caso, por ejemplo, de la 'blanquitud' como propiedad (Harris, 1993), o del valor monetario de la 'blanquitud' –asociado a las ventajas que se acumulan para los blancos como resultado de la discriminación en los mercados de vivienda y en las oportunidades de empleo, incluso sin transferencias intergeneracionales (Lipsitz, 1998).

Los antropólogos han aportado una importante perspectiva etnográfica, centrando su atención en las prácticas cotidianas y los efectos mediadores de la historia, la raza, la clase, el género y la ubicación espacial. El estudio etnográfico de Bush (2004) analiza las experiencias de estudiantes blancos a partir de una pregunta sobre las formas cotidianas e irreflexivas en las que los blancos participan en el mantenimiento de privilegios. La racialización está incrustada en todos los niveles de la sociedad, y Hill explora las formas en las que el uso del lenguaje puede funcionar para 'elevar' la 'blanquitud' (1999: 693), al representar el espacio público blanco como 'invisible y normativo' (p. 684). El mensaje de Hartigan (1999) en el estudio de tres comunidades de Detroit es que la 'blanquitud' no es homogénea y que la clase, el género y la localidad realmente cuentan. Aunque reconociendo la inestabilidad, la ambigüedad y la especificidad en la forma en que la 'blanquitud' opera con respecto a la clase, el énfasis de Hartigan en lo local le impide darse cuenta que la situación de localidad que él describe es particularmente atípica. En efecto, el gobierno local de Detroit está dominado por Afroamericanos, contrario a lo que ocurre en la mayoría de las municipalidades de los Estados Unidos. Esto, como consecuencia, minimiza el significado del contexto nacional histórico más extenso del racismo.

La mayoría de los estudios de la 'blanquitud' muestran cómo el racismo con frecuencia oscurece los intereses de clase y debilita la solidaridad de clase entre los trabajadores norteamericanos. Aún más, el racismo puede diluir ciertas ventajas de clase social. Numerosos estudios etnográficos sobre la clase media Afroamericana indican una persistencia de la desigualdad de raza en diversos espacios (por ejemplo, Mullings y Wali, 2001; Prince, 2004). Sin embargo, y crecientemente, los intereses de clase pueden socavar la solidaridad racial entre grupos de minorías racializadas. Irónicamente, es en la 'gentrificación' y en la competencia por el espacio para vivir en barrios congestionados en donde emergen estos intereses dispares (Gregory, 1998).

Un volumen significativo de literatura etnográfica, de la cual sólo podemos dar algunos pocos ejemplos, dan cuenta de las diferentes formas y aspectos en las que el género estructura la manera en que se experimentan la raza y la clase. Hacen parte de éstas la pobreza y la condición de indigencia (Susser, 1996), la salud (Mwaria, 2001), al igual que la participación en movimientos sociales interraciales (Morgen, 2002). Un número significativo de trabajos recientes establece también que, aunque las mujeres son objeto de discriminación, también pueden tomar parte a la hora de apoyar y reproducir el racismo. Ejemplos extremos de este caso pueden encontrarse en la participación de mujeres blancas en movimientos racistas (Ferber, 2004). La raza y la clase también condicionan la experiencia de la sexualidad (Maskovsky, 2002).

La nacionalidad, la raza y la clase también se entrelazan de formas complejas. En los Estados Unidos, donde inmigrantes y refugiados se hallan insertados en un contexto racialmente polarizado, la clase puede mediar la forma en que éstos son racializados. Aunque el discurso de la 'minoría modelo' busca presentar a los asiáticos como una 'cuña racial' (Ong, 1996: 66) o como una 'arma usada contra' los Afroamericanos (Prashad, 2000: 7), nacionalidades enteras pueden ser racializadas de acuerdo con la clase social dominante de los miembros del grupo. Ong (1996) nota que en el caso de los inmigrantes asiáticos, los atributos de clase están racializados: los chinos ricos son 'más claros', mientras los camboyanos más pobres y más oscuros pueden ser comparados con Afroamericanos. Los inmigrantes y los visitantes también son evaluados de maneras diferentes de acuerdo con estatus de su tierra natal en el sistema–mundo, el cual puede hasta cierto punto mediar el fenotipo.

Aunque estos estudios proveen una base para entender cómo variables complejas de desigualdad interactúan en instancias, tiempos y lugares particulares, aún permanece el desafío de construir trabajos etnográficos para avanzar más allá de la comprensión de estas formas de desigualdad meramente como variables o identidades que se interpolan, y desarrollar nuevos enfoques teóricos en torno a cómo éstas logran intersectarse y articularse. Por ejemplo, en la tradición heredera de la observación de Hall de que la 'raza es [...] la modalidad a través de las cual la clase se 'vive' [...]' (2002: 62), Brodkin argumenta que en los Estados Unidos la raza se vive a través del género, y que ésta '[...] es una relación para los medios de producción' (2000: 239).

Contra el racismo

El futuro de la raza

Hace casi 100 años, el sociólogo Afroamericano W. E. B. Du Bois (1903) hizo la profética observación de que 'el problema del siglo XX es el problema de la línea de color –las relaciones de las razas de hombres más oscuros con los más claros en Asia y en África, en América y en las islas del mar' (8). ¿Hasta qué punto la raza continuará siendo un principio organizador para definir la diferencia y racionalizar la desigualdad en las sociedades humanas?

Dada la complejidad y la mutabilidad de la raza y el racismo, no es sorprendente que los investigadores estén en desacuerdo sobre su futuro. Por ejemplo, aunque Winant (2001) predice que la raza se ha convertido en una característica permanente de la existencia humana por el futuro previsible, y que lo máximo que podemos esperar es que se reduzca el grado de estratificación e injusticia que la acompaña, otros enfatizan el carácter mutable y camaleónico del racismo (Fredrickson, 2002; Gould, 1996). Otros, por su parte, sugieren que la clase va a superar la raza en significación social (Wilson, 1978).

El orden social global capitalista contemporáneo está caracterizado por tendencias competitivas y contradictorias. A medida que declinan las funciones redistributivas del Estado Nación, y millones de personas cruzan fronteras para competir por trabajos y recursos limitados en contextos de creciente desigualdad y estratificación, hemos venido siendo testigos de la intensificación de diversas formas de construcción de la raza. Al mismo tiempo, y a la inversa, estamos siendo confrontados por un multiculturalismo corporativo, 'un capitalismo global que no traza una línea de color porque busca clientes y colaboradores de cada raza' (Fredrickson, 2002: 148), aunque la élite real continúa siendo predominantemente blanca, y los privados de sus derechos y estigmatizados socialmente siguen siendo, primordialmente, la gente racializada.

Las diferentes formas de capitalismo de estado, de intereses imperiales y de capital trasnacional pueden bien trabajar juntos, o bien reñir en la construcción de la raza. Estas condiciones hacen que sea difícil predecir si la racialización continuará siendo útil, o incluso quién será racializado. Si Harvey (2003) está en lo correcto al argumentar que el vínculo entre nacionalismo e imperialismo no puede ser logrado sin el recurso al racismo, la construcción de la raza puede mutar hacia una suerte de 'conflictos de civilización' (Mamdani, 2002). Sin embargo, los antropólogos han sido bastante claros en señalar que el futuro de la raza no está predeterminado: al final, la respuesta no reposa primordialmente en las estructuras del mundo sino en la agencia de la gente.

Antirracismos contemporáneos

El racismo neoliberal, al igual que el neoliberalismo, parece ser un proyecto global hegemónico, pero es inestable y desigual. Diversos proyectos contestatarios emergen desde estos espacios.11

La dualidad duradera de la raza reposa en el complicado hecho de que ésta siempre está impuesta simultáneamente desde arriba y experimentada desde abajo. La imposición de la raza inevitablemente crea el contexto estructural para la producción de sitios de oposición para la resistencia, y al mismo tiempo da forma a espacios creativos para la articulación de la conciencia subalterna, la cultura y la oposición. De esta manera, la raza se convierte, potencialmente, en un espacio de resistencia y contra–narrativas. Aunque algunos observadores cuestionan las contradicciones percibidas en la movilización basada en la raza, interpretaciones más contemporáneas proveen conceptos que iluminan la complejidad realidad del racismo. El concepto de racismo estructural, 'el cual [se] refiere a aquellas dinámicas de instituciones económicas y sociales a través de las cuales grupos racializados se convierten sistemáticamente en marginalizados o excluídos [...]' (Stavenhagen 1999, p. 9) desmiente la distinción fácil entre 'políticas de identidad' o grupos de interés y movimientos dirigidos hacia un cambio social transformativo. Frecuentemente, aunque no siempre, los movimientos sociales antirracistas combinan preocupaciones de clase y de raza. La noción de 'proyecto racial' (Omi y Winant, 2002) captura los esfuerzos de los grupos sociales para reorganizar y redistribuir los recursos a lo largo de líneas raciales. Esto acentúa la importante cuestión de que los proyectos raciales pueden reproducir o interrumpir desigualdades existentes, abriendo campo para definir los proyectos raciales como resistencia. De igual manera, la distinción entre 'alineación racial' e 'identificación etno–racial' permite una comprensión de la raza con más textura (Brodkin, 2001: 368).

La globalización también crea nuevas posibilidades para la organización transnacional antirracista a través de la construcción de coaliciones, alianzas y redes, así como mediante la implementación de reformas legislativas. Con el incremento de una fuerza de trabajo transnacional, y la renuencia y/o inhabilidad de los estados para atender reivindicaciones a través de la justicia redistributiva, hay una conciencia creciente entre los movimientos antirracistas de que éstos deben interactuar a escala mundial. La diversidad de estrategias e intervenciones antirracistas derivan, en parte, de la especificidad local de las condiciones, pero también de la diferencia de perspectivas ideológicas entre los activistas del antirracismo a propósito de la causa, la naturaleza y el futuro del racismo, el nivel en el cual éste es formado y los mecanismos más efectivos para confrontarlo.

Existe un amplio conjunto de acciones de coalición que abordan problemas tales como el acoso policial, la violencia racista, los servicios sociales, los derechos al voto, los movimientos sociales racistas y los derechos de inmigración (véase, por ejemplo, Anthias y Lloyd, 2002; Bowser 1995a). Estos proyectos han utilizado una variedad de estrategias, políticas y prácticas antirracistas que incluyen intervenciones antirracistas individuales, demandas de políticas públicas y reformas legislativas que pueden incluir medidas de compensación específicas –por ejemplo, acción afirmativa, restitución (derechos a la tierra) o reparaciones. Algunas de éstas han sido controversiales. Los investigadores han cuestionado el valor del entrenamiento individual y de los talleres antirracistas en ausencia de intervenciones más estructurales (Srivastava, 1996). De igual manera, las demandas por medidas de compensación como las reparaciones han sido objeto de amplio debate. A pesar de las exitosas campañas de reparación en nombre de los judíos y los japoneses–americanos, algunos expertos ponen en duda su implementación para los Afroamericanos y las poblaciones Afrodiaspóricas, pues piensan que éstas, en contraste, son inusualmente complejas (Barkan 2000). A la inversa, Corlett (2003) y Marable (2002) proponen un convincente caso para las reparaciones en los Estados Unidos a nativos americanos y a Afroamericanos. Recientemente, los movimientos antirracistas en Europa, basándose en las declaraciones y resoluciones de las Naciones Unidas, han tomado parte en campañas continentales que reclaman la implementación de políticas antirracistas. Aunque limitados como remedios, estos esfuerzos han servido como importantes herramientas de organización (Lusane, 2004; ver también Banton, 1996).

Durante las décadas de 1980 y 1990 emergieron movimientos sociales contra–hegemónicos enmarcados en el lenguaje de la raza y el racismo. Éstos esgrimieron reclamos sobre los recursos, formaron alianzas trasnacionales sin precedente, y retaron la racialización desde arriba –un proceso que podemos llamar 'racialización desde abajo' (Mullings, 2004: 4). Las luchas contra el racismo en los Estados Unidos y Suráfrica fueron patrones muy importantes para otros movimientos alrededor del mundo, al tiempo que las redes Afrodiaspóricas incrementaron significativamente su alcance, sus niveles de actividad y sus proyectos trasnacionales (por ejemplo, Minority Rights Group, 1995). El desarrollo de estas organizaciones y movimientos está teniendo resonancia en áreas como latinoamérica, donde las ideologías que glorifican la mezcla de las razas y la ausencia de la segregación legal han inhibido esta clase de movimientos, en contraste con la segregación racial de los Estados Unidos y Suráfrica, donde han existido por mucho tiempo movimientos para la equidad racial.

Al otro lado del mundo, los aborígenes australianos también están incorporando el lenguaje de la raza para afirmar su identidad de oposición (Cowlishaw, 2000). En los Estados Unidos, hay un movimiento creciente entre jóvenes puertorriqueños y dominicanos que busca reafirmar su pertenencia a la diáspora africana, en lo que constituiría una 'doble conciencia' latina (Flores, 2002: 48; ver también Aparicio, 2004). La cultura popular juega un rol estratégico aunque controversial, creando y sosteniendo identidades Afrodescendientes y estableciendo pertenencias a una diáspora africana más amplia. La adopción e indigenización de formas de cultura popular como el hip hop (Codrington, 2001; Olavaria, 2002; Wade, 2002), y la incorporación de varias formas musicales de las diásporas proveen medios para la comunicación diaspórica y, en algunas ocasiones, para la organización contra–hegemónica.

De manera análoga, las poblaciones indígenas se han vuelto más exitosas en sus intentos de organización hemisférica desde la importante reunión de Quito (Ecuador) de 1991, a la que asistieron 120 representantes de organizaciones y naciones indígenas (Delgado, 2002). Claramente, el rol de las nuevas tecnologías de comunicación ha sido particularmente importante tanto en la circulación de la producción internacional como en la asistencia mutua. Como resultado de estas movilizaciones y actividades, en las últimas dos décadas muchas naciones centroamericanas y latinoamericanas incluyendo Brasil, Bolivia, Colombia y Nicaragua, han aprobado leyes que reconocen sus poblaciones multiculturales y que, en algunos casos, otorgan derechos constitucionales y títulos de tierra (Wade, 1997, 2002).

La conferencia de las Naciones Unidas contra el racismo del 2001 fue un importante punto en el cual muchas organizaciones nacientes comenzaron a converger (ver Turner, 2002). Uno de los temas guía de la conferencia, 'apartheid global' (ver Booker y Minter, 2001), fue notable al proveer un análisis que permitía sortear una concepción esencialista de la noción de raza, empleando para ello un discurso que supuso un llamado a una redistribución global de los recursos. La conferencia de Durban dirigió el discurso hacia una perspectiva que vinculaba poblaciones subalternas no por la raza, sino por procesos trasnacionales de racialización (Mullings, 2004: 8).

Mientras los Estados incorporan, crecientemente, el lenguaje de la oposición a través de formulaciones de multiculturalismo (ver, Benavides, 2004), cabe preguntarse ¿hasta qué punto el énfasis en la cultura y en la representación ensombrece las demandas por recursos? Hale (2002) sugiere que los discursos de multiculturalismo respaldados por el estado apoyan las políticas de reconocimiento, al tiempo que dejan de lado movimientos que simultáneamente impugnan la representación y la redistribución: '[M]ulticulturalismo, afirmo yo, es el discurso del mestizaje del nuevo milenio [...]' (p. 941). Los antropólogos han sostenido una postura ambivalente sobre sus complicados roles, y algunos han puesto en cuestión el grado en el cual las construcciones antropológicas han contribuido a esencializar poblaciones (Briggs, 2001; Ramos, 1998). Otros sugieren que las poblaciones subalternas han sido capaces de emplear información antropológica para fundamentar sus afirmaciones de distinción grupal en sus pujas por tierras y recursos, y que las críticas a las esencialistas nociones de raza también pueden socavar las movilizaciones étnicas (Wade, 1995).

En el trasfondo de estas preocupaciones se encuentra el complejo desafío de incorporar el trabajo antirracista al proyecto más amplio de crear una sociedad más equitativa por fuera de las fronteras de raza, clase, género e identidad nacional. Al respecto, resulta notable que los movimientos antirracistas brasileros, si bien tuvieron un importante impulso durante la última parte de los años 90 bajo el gobierno centrista del presidente Fernando H. Cardosa, hayan logrado recientemente, bajo el mandato del izquierdista Partido de los Trabajadores, logros aún más significativos en pro del reconocimiento de la discriminación, de la legislación anti–discriminación y de las acciones afirmativas (Gilliam, 2003).

Antropología y antirracismo: una agenda

En definitiva, ¿qué podemos decir sobre el racismo? El racismo es un concepto relacional. Es un conjunto de prácticas, estructuras, creencias y representaciones que transforman ciertas formas de diferencias percibidas, generalmente consideradas como indelebles e inalterables, en desigualdades. El racismo trabaja a través de la desposesión, lo que incluye la subordinación, la estigmatización, la explotación, la exclusión, varias formas de violencia física y, en algunas ocasiones, el genocidio. Éste es mantenido y perpetuado por la coerción y el consentimiento, y es racionalizado a través de paradigmas que aluden a lo biológico y a lo cultural. Adicionalmente, el racismo está –en varios grados, así como en temporalidades y espacialidades específicas– entrelazado con otras formas de desigualdad, particularmente de clase, de género, de sexualidad y de nacionalidad.

¿Qué tienen que abordar los antropólogos en relación con el racismo y sus consecuencias? Primero, debemos empezar por hacer un escrutinio de nuestra propia disciplina. Blakey (1994: 28) observa que 'hay una tendencia en los practicantes de nuestra profesión antropológica a negar la perversidad del racismo en su propia historia, y a atribuir el pensamiento racista a individuos con aberraciones'. Al tiempo, Mukhopadhyay y Moses (1997) sugieren que la antropología necesita confrontar su historia de ayudar a 'erigir el edificio ideológico del racismo y el determinismo biológico.' La antropología es una de las disciplinas menos integradas (Gonzalez, 2002; Shanklin, 2000), al lado de la arqueología (y, sin duda, de antropología física), siendo euro–americana en un 99.9% (Blakey, 1997). Así pues, es importante para los antropólogos entender –y actuar en– la diferencia entre diversidad y acción afirmativa. Aunque ambos objetivos son laudables, las mediciones de diversidad no necesariamente abordan las injusticias históricas provocadas por el racismo, aunque las acciones afirmativas de hecho provean diversidad.

También es importante confrontar la manera en que la raza, la clase y el género estructuran la producción del conocimiento. Bolles (2001), por ejemplo, argumenta que incluso entre algunas antropólogas feministas se subvalora el trabajo de las feministas negras dada su agenda antirracista. Debemos prestar atención a la reestructuración de nuestros manuales universitarios y cuestionar nuestros enfoques pedagógicos. El análisis de Shanklin (1998) sobre los manuales de antropología cultural encontró que sólo 4 de 11 manuales abordaban el racismo, y que los estudiantes en los cursos introductorios podían aprender acerca de la raza pero, generalmente, no se les enseñaba sobre el racismo.

Todo esto requerirá de una reinterpretación del concepto de cultura. Las limitaciones del enfoque boasiano de la cultura, con sus muchas confluencias, su ahistoricidad y su falta de aterrizaje a procesos económicos y del poder, han hecho que ésta se convierta en una noción esencializada, lo mismo que ocurre con el concepto de raza (Brodkin, 2001; Visweswaran, 1998). Esto lo podemos ver en los conceptos de 'cultura de la pobreza' y 'clase marginal' en los Estados Unidos, así como en la idea de cultura como diferencia irreconciliable, plasmada en los nuevos racismos de Europa, en el daltonismo racial en los Estados Unidos, al igual que en el esencialismo de las variedades liberales del multiculturalismo. Un concepto apropiado de cultura tiene que confrontar la economía política e incorporar las relaciones de poder.

La antropología goza de un lugar único para contribuir a la indagación crítica del racismo contemporáneo. Con su énfasis en las relaciones sociales subyacentes y en el funcionamiento informal de aquellas estructuras, redes e interacciones que producen y reproducen la desigualdad, esta disciplina cuenta con una caja de herramientas hecha de diferentes perspectivas teóricas y metodológicas, que se presta para interrogar las nuevas formas de racismo estructural y desenmascarar los guiones ocultos del proceso a través del cual la diferencia se transforma en desigualdad. Esta empresa demanda investigaciones históricas y etnográficas de larga duración sobre las complejas representaciones, instituciones y prácticas a través de las cuales el racismo es continuamente reproducido, incluyendo prácticas de contratación, de acceso a educación y a vivienda, de racismo ambiental y prácticas cotidianas. También se requiere estudiar la coerción en forma de brutalidad policial, la configuración del complejo industrial de las prisiones, y el consentimiento y privilegio en cuanto a las formas de 'blanquitud'. Este propósito debe estar fundamentado en una interpretación crítica de la raza, no como una cualidad de la gente de color sino como una relación desigual que involucra la acumulación y la desposesión.

Los antropólogos tienen que resistir el uso de la voz pasiva exonerativa y nombrar claramente el racismo y las fuerzas que lo reproducen. Esto requiere ir más allá del mero indicar que la raza es una construcción social, y supone confrontar abiertamente el grado en el que el racismo estructural está –perversamente– incrustado en nuestro sistema social. La investigación antropológica tiene el potencial de descubrir la naturaleza sistemática y dinámica del racismo, y de identificar los mecanismos subterráneos a través de los cuales la hegemonía racial es por un lado perpetuada y por el otro deconstruída.

Finalmente, los antropólogos tienen que Afrontar el problema del compromiso público y la praxis. No importa cuán excelente sea nuestra investigación sobre el racismo; ésta será irrelevante hasta que seamos capaces de sacar nuestros análisis de la academia y exponerlos en el discurso público. El análisis antropológico del antirracismo ya ha hecho contribuciones efectivas para estructurar los contextos en pro de iniciativas activistas como la desegregación y otros movimientos sociales. Como lo observa Baker (1998), así como estos movimientos rechazaron las construcciones raciales, también constituyeron las fronteras de la antropología al interior de la academia y presentaron una realidad diferente a los académicos, permitiendo que se re–imaginaran sus conceptos de raza. Necesitamos construir con valentía sobre la base de esta tradición intelectual. Y expandirla.

 

Agradecimientos

Estoy muy agradecida con Lee D. Baker, Michael Blakey, Karen Brodkin, Dana Davis, Amy Schulz y, especialmente, con Manning Marable por tomarse el tiempo para suministrarme valiosos comentarios sobre este texto. También me beneficié enormemente de las discusiones con las Hermanas Investigadoras (Sister Scholars) de New York City y el Grupo de Estudio Dominical (Sunday Study Group). Andrea Queeley and Claudine Pied fueron muy útiles para encontrar referencias y ayudarme a preparar el manuscrito. Finalmente, Santa Cruz Hughes trabajó diligente y extensivamente en este texto, y merece crédito por contribuir a que se concluyera a tiempo.

 


NOTAS

* N. de la T. La antropóloga Afroamericana Leith Mullings es la actual presidenta de la American Anthropological Association y profesora distinguida de Antropología en la City University of New York. Este artículo fue publicado originalmente en The Annual Review of Anthropology de 2005. Mullings, Leith. 'Interrogating racism: toward an antiracist Anthropology' The Annual Review of Anthropology. 2005. 34:667–693. Reproducido con el permiso de la autora. Traducido por Aurora Vergara Figueroa. Facultad de Derecho y Ciencias Sociales. Universidad Icesi

1 Este debate tomó amplio lugar en la historiografía americana con referencia a la esclavitud de Afroamericanos. Con frecuencia, los historiadores hacen referencias al trabajo antropológico sobre la raza, y antropólogos como Marvin Harris (1964) fueron contribuyentes activos en el esfuerzo de demostrar la debilidad del enfoque primordial. Winthrop Jordan (1968) y Carl Degler (1971) fueron dos investigadores influyentes cuyo trabajo fundamentó la hipótesis del 'racismo natural'. Esta perspectiva se opuso a la tesis de Mary y Oscar Handlin (1950), la cual sugería que antes de 1660 los fiadores Afroamericanos (hombres o mujeres) tenían básicamente el mismo estatus de los trabajadores por bonos Euroamericanos, y que las políticas de la clase dominante, en lugar de pre–condicionar una conciencia de raza, fueron responsables de la consiguiente transformación en su estatus. La cuestión importante es que este debate se llevó a cabo en el contexto de demandas por igualdad racial posterior a la Segunda Guerra Mundial. Dicha discusión supuso la emergencia de preguntas críticas tales como: si el racismo es natural o primordial, ¿es posible su final? Si el racismo surge bajo circunstancias históricas específicas, ¿podrían las políticas implementadas reducir, o eliminar, las desigualdades raciales? (para la discusión de estas perspectivas, ver Allen, 2002) En antropología, tuvieron lugar discusiones similares en referencia a la naturaleza primordial de la etnicidad.

2 Nota de la T. Aquí la autora se refiere a la revista en la que originalmente aparece publicado el artículo: The Annual Review of Anthropology, 34.

3 N. de la T. El nombre original de esta declaración es United Nations Educational, Scientific, and Cultural Organization's Statement Against Racism. Fue publicada el 27 de noviembre de 1978, y su principal objetivo fue emitir un concepto sobre la raza y el prejuicio racial bajo la idea de que 'todos los seres humanos pertenecen a la misma especie y tienen el mismo origen común. Nacen iguales en dignidad y derechos y todos forman parte integrante de la humanidad' (art. 1).

4 N. de la T. Esta expresión es utilizada por la autora para referirse tanto a los estudiosos Afroamericanos como a los académicos provenientes de otras partes del mundo que, en la academia norteamericana, no eran catalogados como blancos.

5 Fredrickson (2002) argumenta que el racismo moderno tiene dos versiones: el antisemitismo y supremacía blanca. El racismo toma una forma prototípica en los siglos XIV y XV, cuando las exclusiones fueron enraizadas en la religión en lugar que en las ciencias naturales. Fue en este punto, cuando la eliminación de los judíos se convirtió en una opción preferible a su conversión –sobre la base de la presunción de que su esencia los incapacitaba para ser conversos–, que el prejuicio étnico se convirtió en racismo. Fredrickson traza la emergencia de esta visión en la España medieval subrayando la contingencia histórica, en contraste con el carácter primordial del racismo.

6 Wieviorka (1995) propone establecer una distinción entre los diferentes niveles del racismo, tales como el infra–racismo (caracterizado primordialmente por los prejuicios xenofóbicos), el racismo fragmentado (inconexo), el racismo político y el racismo total, representando de esta manera racismos con una organización creciente y con un involucramiento significativo del Estado.

7 N. de la T. Traducimos whiteness como 'blanquitud' a manera de paralelo con la noción de 'negritud'. Este concepto hace alusión al imaginario de ser blanco, así como a la construcción de un régimen social, cultural, político y económico en torno a la idea de ser blanco. Los teóricos de este concepto argumentan que de esta construcción se derivan jerarquías de poder, sistemas de representación de los diferentes grupos sociales, y el fundamento de la desigualdad étnico–racial contemporánea.

8 En esta revisión tomo prestada la frase de Harvey (2003) 'acumulación por desposesión', aunque la aplico en un sentido diferente para indicar el aspecto relacional del racismo: cómo la desposesión y las desventajas de los sujetos racializados producen acumulación y ventajas para otros.

9 El tema de la inmigración y la competencia laboral con minorías nativas es complejo. En los Estados Unidos, estudios recientes demuestran que la inmigración está asociada con una reducción significativa en los porcentajes de participación de nativos Afroamericanos, así como con una significativa penalidad salarial para Afroamericanos e inmigrantes anteriores en ocupaciones con una sobrerrepresentación de inmigrantes de las minorías (ver Shulman, 2004). Las tensiones se exacerban cuando los inmigrantes participan en discursos que culpan a la víctima y que van dirigidos contra trabajadores de las minorías. Además, como lo señala Bowser (1995b), los chivos expiatorios raciales en el 'racismo competitivo' facilitan la transferencia de trabajos.

10 Horne (2004: 180) cita la siguiente directiva del memorando del gobierno australiano de 1944, escrito en el contexto de la Segunda Guerra Mundial y en medio del temor a la 'seducción' japonesa de los aborígenes: 'el nombre 'Política Australiana Blanca' debe ser abandonado sin ventaja y sin ningún cambio en la política'.

11 Para una discusión sobre las ventajas de ver el neoliberalismo como un proyecto hegemónico, ver Clarke (2004).


 

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