Entre el oficio y la disciplina. Hacia un balance del quehacer antropológico en el Valle del Cauca

Carlos Enrique Pérez Orozco


Abstract

This article presents the results of an investigation on the tasks of anthropologists in the region of the Valle del Cauca. It describes these tasks regarding the practical works they perform, their role and social place, their academic production and their contributions to the social science discipline The author asserts that interdisciplinary practices, although positive for a holistic understanding of cultural problems, dissolve the methodological boundaries and of the tools inherent to the study of regional anthropology. The article identifies some distinctive features of these practices and the challenges presented to the formation of new anthropologists in Valle del Cauca.


El número de cosas hechas bajo el nombre de antropología es simplemente infinito; usted puede hacer cualquier cosa y llamarla antropología. (Esto es tal vez un poco extremo)

Geertz (1991)1

Introducción

¿Qué es lo que hacen los antropólogos en el Valle del Cauca? ¿Puede caracterizarse su quehacer de modo tal que se admita reconocer en ellos una identidad particular? ¿Son esas marcas de identidad conceptuales, teóricas, discursivas, o se muestran en experticias profesionales? ¿Existe acaso un campo de acción, como una especie de territorialidad discursiva o profesional, en la que construyan un espacio social particular y se reconozcan como sujetos? ¿En qué medida esas prácticas sociales y discursivas construyen, a la vez que a los antropólogos, a la disciplina antropológica en el Valle del Cauca? Dar respuesta a estas preguntas, que orientaron la investigación exploratoria de la que aquí se da cuenta, tiene pertinencia para un proyecto social por construir: el de la nueva escuela de antropólogos de la Universidad Icesi. En el momento de iniciar este proyecto universitario no se podía desconocer el saber y el quehacer de los antropólogos presentes en la región, ni tampoco pasar por alto los retos que sus prácticas sociales habían planteado. El proyecto de la nueva escuela, de una u otra manera, debería redireccionar los caminos ya recorridos, hacer algo con las puertas que ha encontrado abiertas, o cerradas, abordar o desechar las preguntas que ya han sido planteadas, y hacer suyos los aciertos y conquistas precedentes. Le convendría, también, aprender de los extravíos. El objetivo de esta exploración ha sido, precisamente, aportar a una comprensión de la práctica antropológica en la región, para que la formación de nuevos antropólogos responda a las demandas sociales que les son hechas y a las líneas de investigación más pertinentes para el momento actual.

La opción metodológica asumida toma distancia de lo que se ha dado en llamar "estado del arte", y se aproxima más a la perspectiva del análisis crítico del discurso, por cuanto, en su comprensión, las reglas discursivas que posibilitan la construcción de los textos coincidirían con las que constituyen a los sujetos que los enuncian. Se pretende relacionar las prácticas que configuran a los sujetos sociales que hacen la antropología con la disciplina misma, no sólo por el tipo de textos y saberes que así se llaman.

Para comprender un discurso no sólo conviene atender a lo dicho (el contenido referencial del texto), pues el sentido no está encapsulado en el texto, sino que debe ocuparse por igual del decir, del acto social de su enunciación y sus circunstancias. Tanto en lo dicho, como en el decir, hay siempre una toma de posición del enunciador en su contexto que trasciende el ámbito de la referencia de los textos. Hay una experiencia vital de sentido que se condensa en las prácticas discursivas. Por otra parte, el quehacer profesional puede tener, o no, la condensación en textos académicos, pero siempre es una práctica social; por ello, un "estado del arte" centrado en los textos, sería incompleto. Esto es evidente cuando se constata que lo único que hacen los antropólogos no es escribir textos académicos. Es su devenir social lo que les permite reconocerse con el estatuto particular, diferencial de antropólogos.

Responder a "¿qué es la antropología?" desde las prácticas profesionales, desde el oficio, puede parecer un corte abrupto a la discusión epistemológica acerca de los límites de la disciplina. Para definir a la antropología no preocuparían tanto los objetos conceptuales que reclama como propios, o las posturas metodológicas que adopta, ni siquiera el quehacer etnográfico sería lo que construye el ámbito de la disciplina. Más bien, las reglas del discurso antropológico habrá que encontrarlas en las huellas que éste deja tanto en el devenir social de los antropólogos como en sus textos. Esta es una manera de entender el decir de Clifford Geertz: "la antropología es lo que hacen los antropólogos". La antropología como oficio podría entenderse como tecné, como habilidad o experticia para el desarrollo de una actividad transformadora o constructora de objetos; por su parte, la antropología como disciplina sería la construcción de los objetos conceptuales que darían consistencia y sentido a tales prácticas.

En la investigación realizada se usó como método la observación directa de las prácticas, la entrevista personal y la revisión documental. Se fijó un límite cronológico inferior en la década de los setenta, pues con la creación del programa de antropología de la Universidad del Cauca, los profesionales de esta disciplina empezaron a ejercer en el Valle del Cauca con mayor notoriedad, sin desconocer que hubo antropólogos profesionales formados en otras escuelas y con anterioridad. La frontera espacial, si bien se fijó para el Valle del Cauca como entidad político administrativa, tuvo en cuenta que la configuración de las redes sociales del suroccidente colombiano hacen difusos y escurridizos estos límites políticos.

Esto dejaría por fuera todo aquello que puede reconocerse como discurso antropológico pero cuyo enunciador no sea un antropólogo, una decisión aparentemente injusta si se tiene en cuenta que en el Valle del Cauca los antropólogos han sido pocos, y los problemas que pudieran haber sido de su tradicional competencia han sido abordados por otros científicos sociales con solvencia y profesionalismo. Sin embargo, no se hizo esto como una decisión apriorista sin fundamento; el corte tiene más razones prácticas y metodológicas que fundadas en alguna filosofía de la ciencia. Si se decidiera tomar en cuenta, desde un primer momento, toda la producción multidisciplinar que se muestra como afín a los problemas de la antropología, si se tomara todo esto como parte del corpus de textos y prácticas sociales a considerar, ¿con qué criterios definir los límites de lo observable? ¿Cuáles serían considerados como verdaderamente antropológicos y cuáles no? Para no complejizar mucho las posibles respuestas epistemológicas, pues no es ese el objeto de este texto, basta dar algunos ejemplos de discursos y prácticas de no-antropólogos que ponen en entredicho los límites disciplinares, y que, de una u otra forma, también constituyen parte de los precedentes de las prácticas de la comunidad académica que tendrán que ser considerados en un balance general de las ciencias sociales en la región.

Fronteras interdisciplinares de la antropología regional

No es sostenible afirmar que son las disciplinas las que crean los objetos de estudio; esto implicaría que preexisten a ellos. Más bien, son los problemas abordados por un racionalismo crítico los que encuentran en él las formas discursivas más adecuadas para su comprensión y nacen, así, las disciplinas y la delimitación de sus objetos conceptuales. Así las cosas, mucho de lo que han hecho sociólogos, historiadores, comunicadores y trabajadores sociales en el Valle podría considerarse como "antropológico", en tanto los problemas que han abordado son aquellos que permitieron la génesis de la disciplina antropológica propiamente dicha. Si se quiere hacer un balance del conocimiento disciplinar no podrá desecharse tan abundante producción y la primera nota distintiva que sobresale en ella es su entraña interdisciplinar. Es más, esta característica podría ser reconocida como una de las marcas distintivas de la antropología vallecaucana y la Icesi estaría en el deber de dar continuidad y profundidad a tal avance.2 Es apenas lógico que los antropólogos vallecaucanos que se han desempeñado en la docencia universitaria (sin el propósito de formar antropólogos), o han sido partícipes de equipos interdisciplinares de investigación, hayan estado motivados a tender de manera natural los puentes de la interdisciplinariedad. Ésta no habría sido una tarea fecunda si los actores se hubiesen enfrascado en discusiones epistemológicas, o infantiles reclamos por el acceso exclusivo a determinados territorios del conocimiento. Veamos un rápido panorama ilustrativo de esta producción en las fronteras interdisciplinares de la antropología en el Valle del Cauca, hechas desde otras disciplinas convergentes.

Desde los diversos grupos de investigación del Centro de Investigaciones en Psicología, Cognición y Cultura de la Universidad del Valle se han llevado a cabo investigaciones que bien podrían dar respuesta a viejas preocupaciones antropológicas acerca de la relación entre la cultura y los patrones de comportamiento personal, la relatividad de categorías como "adolescencia", etc. Si bien la metodología de algunas de estas investigaciones, dirigidas por María Cristina Tenorio entre otros, se reconocen como de "etnopsicología" o de "psicología cultural" y sus categorías de análisis no son propiamente antropológicas, es indudable una gran afinidad con ellas. Y es que ni sus objetos de estudio, ni el uso de recursos metodológicos como la etnografía y la observación participante, pueden ser exclusivos de una u otra disciplina. Es más, los investigadores entienden que la complejidad de los objetos sólo puede ser abordada interdisciplinarmente. Así, en esta escuela, se encuentran desarrollos acerca de la noción de adolescencia en ciudades como Buenaventura y Cali, la definición cultural de los roles de género y la relación de éstas con la violencia intrafamiliar en Cali y la región, la caracterización cultural de las familias del suroccidente, etc. (véase: Tenorio, 1997) ¿En qué sentido esta producción no haría parte del saber antropológico regional?

Por otra parte, si se da una mirada a la producción de la escuela de lenguas de la misma universidad, se encuentra que sólo en tesis de la maestría en lingüística (se contabilizan 88 títulos), muchos abordan la descripción crítica de formas lingüísticas y de comunicación propias de comunidades del Valle; incluso hay análisis de eventos comunicativos complejos como rituales religiosos afro para cuyo estudio se apropian de categorías analíticas de la antropología de la comunicación (véase: Castellanos y Atencio, 1982). En cuanto a la obra de los docentes (investigadores en lingüística teórica y aplicada), se encuentra que han trabajado mucho más que la riqueza léxica regional: han desarrollado creativas propuestas teóricas de valor universal como el enfoque semántico- comunicativo para la gramática (véase: Oviedo, 1997). De igual manera se cuentan investigaciones en el análisis argumentativo del discurso, los problemas de la traducción, el bilingüismo y la educación en lenguas indígenas. Se trata de desarrollos que, si bien son propios de la lingüística como ciencia autónoma, de manera tradicional (en el esquema boasiano de la disciplina, por ejemplo) se considerarían como una de las áreas más significativas para el conocimiento antropológico. En cualquier intento por conocer el mundo simbólico de las culturas del Valle habría que recurrir al trabajo de estos lingüistas.

El caso de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad del Valle es especial. Bajo la influencia del polifacético Jesús Martín Barbero y la preocupación por la "cultura popular" y su compleja interacción con los medios masivos de comunicación, muchas de las investigaciones de los comunicadores se orientaron hacia la comprensión de subculturas urbanas, los cuerpos como escenarios de comunicación y emancipación, fenómenos de comunicación popular y un abanico enorme de temas en los que el concepto "cultura" es el denominador común. Títulos como "Impacto sociocultural del fenómeno migratorio de los norteños" (Ramos, Ossa, Castrillón y Galvez, 1994) muestran cuán difícil sería definir las fronteras disciplinares desde la identificación de problemas y objetos antropológicos en esta escuela. Con metodologías heterodoxas, en las que las herramientas cualitativas del paradigma antropológico fueron usadas con predilección, los comunicadores convocaron a semiólogos, sociólogos y antropólogos para abordar sus problemas de investigación. De hecho, en la primera promoción de la maestría en comunicación social y diseño cultural se hicieron trabajos entre grupos étnicos como los Wounaan (Paz, 2001)3 y los afro-descendientes del Patía, que bien podrían pasar como verdaderas tesis de antropología.

En otro espacio completamente diferente, como el instituto Cisalva (Centro colaborador de salud y violencia) que estudia con un enfoque epidemiológico el problema de la violencia en Cali, y con el objetivo de conocer el comportamiento de los jóvenes de pandillas de comunas conflictivas, se han realizado auténticas etnografías sin la participación explícita de antropólogos, (Vanegas y Bayona, 1997). Esto da cuenta de que la apropiación de los métodos de trabajo de la antropología por parte de otras disciplinas ensancha el límite de aquellos discursos que le son afines.

Al explorar la producción de la escuela de sociología de Univalle sería mucho más complejo diferenciar un discurso antropológico de uno que no lo sea. Dentro del alto volumen de trabajos que se han realizado sobre las comunidades negras, algunos tienen la impronta directa del antropólogo australiano Michael Taussig, quien durante los años setenta trabajó en la zona del Pacífico Sur y el Valle del Cauca. En la producción del CIDSE, en la que han participado antropólogos como Pedro Quintín, se han articulado esfuerzos con grupos de investigación internacionales como el liderado por el antropólogo Peter Wade. La investigación de sociólogos como Fernando Urrea para estudios afrocolombianos también muestra una predilección por métodos cualitativos de recolección y análisis de datos, haciendo de sus productos textos que bien podrían pasar por investigaciones antropológicas, tanto por su objeto como por su método. Esto es sólo una muestra de cómo en el Valle han sido equipos interdisciplinarios los que han abordado problemas que, en otras latitudes, pelearían los antropólogos como de su dominio exclusivo. Así, por la vía de la definición de "producción antropológica" en términos disciplinares (por la identificación de objetos y métodos tradicionales de la antropología) no se podría llegar a puerto alguno.

La delimitación de un dominio antropológico, o un tipo de metodología investigativa, no es una vía posible para definir el objeto de este estudio, pues las prácticas antropológicas podrían ser casi cualquier cosa y venir de todas las ciencias sociales. La salida propuesta ha sido la de focalizarse, en primera instancia, en el quehacer de los antropólogos profesionales. Queda por definir a quiénes se les llamará así. La solución puede sonar a tautología, pero no es extraña cuando, para otros estudios, se define un grupo cultural: antropólogos serían aquellos que son reconocidos como tales por la comunidad académica de los antropólogos. El paso por ritos formales como la graduación en programas universitarios de antropología sería el marcador de identidad del grupo de estudio. Cuando ellos se conocen entre sí, una de las preguntas que se formulan es "¿eres antropólogo de dónde?" Indagan por los maestros que los influenciaron, por el año de graduación y, finalmente, se enteran de las prácticas actuales en las que ejercen su profesión. Se podría decir, entonces, que la autorización como miembros del grupo de antropólogos la da, en primera instancia, el haber pasado por los rituales de las instituciones académicas.4 Quizás estos datos les permiten reconocer la escuela de pensamiento y la orientación teórica de sus pares, aunque no necesariamente.

Así definidos, se contactaron 41 antropólogos que desarrollan su labor en el Valle del Cauca. Se entrevistaron a 17 de ellos y se reseñaron textos de más de una veintena. Además de estos agentes contemporáneos de la antropología, se han referenciado cerca de 250 documentos producidos por antropólogos acerca de comunidades de la región. Precisado el objeto y la perspectiva de esta investigación, la tarea sigue abierta hacia la observación directa del quehacer de los antropólogos, el testimonio que ellos mismos dan en las entrevistas acerca de su trayectoria y la definición de la agenda para una antropología en la región y el análisis crítico y discursivo de los textos que producen. Aun cuando faltaría mucha información por procesar y debatir con la misma comunidad de antropólogos (y aún no se puede presentar un análisis consolidado) se propone una matriz de clasificación de las prácticas con la que se espera ordenar los datos compilados, la cual está basada en el análisis de los primeros resultados. Esta matriz ya va dando cuenta de ciertas líneas de identidad de aquello que hacen los antropólogos. ¿Qué es, pues, lo que hacen, dicen y escriben los antropólogos en el Valle? Los resultados que aquí se presentan son preliminares.

El quehacer antropológico condensado en textos académicos

En los textos académicos se recogería el trabajo arquetípico del antropólogo que hace investigación de campo y escribe tales textos para circulación, consumo y retroalimentación de la comunidad científica. Entre los textos así gestados se encuentran las tesis presentadas para obtener la titulación en programas de antropología, libros, ponencias en eventos académicos disciplinares, artículos e informes de investigación. En la historia universitaria del Valle del Cauca, donde no ha habido un programa formal de antropología, muchos de estos textos académicos son fruto de trabajos interdisciplinares, de grupos de investigación donde ha encontrado cabida un antropólogo sin que el grupo se llame a sí mismo de antropología.

En algunas oportunidades, el único texto de los antropólogos escrito para circulación en el medio académico es el de su tesis de pregrado, maestría o doctorado, haya sido publicado o no. Si se tiene en cuenta que en el Valle del Cauca no ha existido, hasta ahora, un programa universitario de antropología, encontramos un grupo significativo de antropólogos vallecaucanos que se ha formado en la Universidad del Cauca. Al revisar la producción de esta escuela, de más de 200 tesis referenciadas, sólo 17 fueron realizadas en comunidades del Valle, y no necesariamente por antropólogos vallecaucanos. De estos estudios5 3 se realizaron con poblaciones indígenas (entre las décadas de los años setenta y ochenta), 5 en arqueología o acerca del patrimonio arqueológico, 3 con comunidades campesinas, 5 con pobladores urbanos marginales y 1 con un grupo étnico urbano (judíos en Cali). De estos trabajos llaman la atención varios aspectos: 1) La tendencia de los estudiantes a trabajar en el Valle temas arqueológicos y en contextos urbanos. 2) La falta de tesis de antropología sobre comunidades afrodescendientes, pese a que en la región estos estudios tienen un crecimiento notable.6 3) La pérdida de interés en la escuela por los grupos indígenas del Valle, pues los estudios existentes se dieron en la primera época del programa de Unicauca, quizás por la corriente indigenista en boga en los años setenta y ochenta.

En el caso de los temas urbanos, la mirada tiende casi siempre hacia la marginalidad de los sectores populares, como si los estudios de antropología social necesitaran de la construcción de un otro exótico o en situación de vulnerabilidad. Por otra parte, estos proyectos, en algunas ocasiones, se enmarcan en prácticas de intervención social de entes estatales o privados a las que se vinculan los estudiantes de antropología, o sus docentes, y revelan que, en situaciones de conflicto social que entraña posturas éticas, aumenta la tensión de la doble agenda de la práctica antropológica: la académica (o disciplinar) y la aplicada (o la del ejercicio del oficio social). Aún así, las tesis mantienen un canon de escritura en tercera persona, con el monopolio interpretativo del autor; las voces de los actores sociales entre quienes se hace la investigación aparecen como objeto de estudio, no como instancia crítica de análisis de los asuntos tratados.

Fuera de las tesis de grado, llama la atención que el mayor volumen de textos producidos se pueda clasificar en el área de arqueología.7 Uno de los factores para ello es la existencia en la región de 3 grupos de investigación arqueológica: el del suroccidente, liderado por el profesor Diógenes Patiño desde la Universidad del Cauca;8 el llamado Arqueodiversidad, de la Universidad del Valle, liderado por Carlos Armando Rodríguez y que ha promovido numerosas publicaciones; y el que orientan los arqueólogos del INCIVA9 y José Vicente Rodríguez de la Universidad Nacional.10 La tradición de publicaciones como la revista Cespedecia del INCIVA -en cuyos índices se cuentan más de 50 artículos de arqueología y antropología regionales- ha estimulado la producción y divulgación de estas investigaciones. Otro factor son las nuevas condiciones creadas por la legislación nacional: desde los años noventa se ha exigido que para el desarrollo de obras civiles de envergadura se realicen previamente estudios de impacto sobre el patrimonio arqueológico, lo cual ha disparado la escritura de informes de este tipo, en lo que algunos han llamado "arqueología por contrato". De hecho, entre algunos jóvenes profesionales, se habla de este tipo de trabajos como de "el machete de la antropología", es decir, el trabajo más duro, pero al que se puede recurrir en caso de necesidad económica.

En el caso de la producción en antropología social, se ha encontrado que son entidades públicas como Colciencias11 la principal fuente de financiación de muchas iniciativas ejecutadas desde centros académicos. Proyectos como el dirigido por el profesor Elias Sevilla de la Universidad del Valle sobre los amores en Cali, el erotismo y la vida sexual (Sevilla 2003), o el de Pedro Quintín, antropólogo español y profesor de la misma universidad, quien ha abordado el problema de la migración de las familias afrodescendientes del Pacífico a Cali, fueron de financiación oficial. De hecho, nuevos proyectos presentados por los antropólogos vinculados a la academia siguen recurriendo a esta fuente y a otras de carácter público, cuya gestión muchas veces debe plegarse a intereses institucionales. Aun cuando los docentes investigadores han querido mantener el carácter de sus trabajos como de investigación básica, es decir, liberarse de las exigencias de mostrar la aplicabilidad práctica de los resultados de su trabajo, se quejan de que las condiciones de Colciencias favorecen más las propuestas que "suenen a aplicadas". Las consultorías para las que licitan los centros universitarios y sus grupos de investigación, en búsqueda de fuentes de financiación, son muchas veces el marco para la producción de los textos académicos. Esta tarea también se debate en una doble agenda: la de producir los textos requeridos por la entidad patrocinadora, y la de profundizar académicamente en la revisión de la información recolectada en campo desde los intereses de los investigadores.

En algunas universidades privadas, como la Universidad Autónoma de Occidente y la Universidad San Buenaventura, la producción antropológica sigue también otras dinámicas. Estas responden a convocatorias internas para proyectos de investigación y son ejecutadas desde grupos interdisciplinarios, algunas veces poco cohesionados, que articulan la investigación a prácticas de intervención o de "responsabilidad social universitaria" que las instituciones patrocinan. Los antropólogos docentes reconocen que en la última década ha aumentado la presión para la producción académica, escrita y publicada, que pueda mostrarse a instancias evaluadoras y de acreditación, pero los límites institucionales descritos no permiten un desarrollo académico profundo de los asuntos.

Está también el trabajo de los antropólogos que participan en la producción de textos de divulgación, de carácter argumentativo y pedagógico, cuya circulación no se limita a la comunidad académica sino que se destina al público en general. La función de estos textos, desde los intereses de los financiadores, es muchas veces la reproducción pública, legitimada por el discurso científico, de intereses ideológicos. Cabrían aquí desde los guiones museográficos12 hasta cartillas acerca de los derechos de salud indígena o la resolución pacífica de conflictos.13 Los textos producidos por las instituciones tienen una finalidad, o bien pedagógica, o bien de difusión de un conocimiento, de un patrimonio material o inmaterial. Otro ejemplo está en la Secretaría de Turismo del Valle de Cauca, orientada por la antropóloga Claudia Paz, quien publicó en el año 2003 el texto "Los indígenas en el Valle del Cauca. Permanencia y presencia", cuyo ámbito de circulación han sido instituciones de educación básica y media, y entre los mismos funcionarios gubernamentales. En el texto es claro el propósito de responder a las demandas de las comunidades indígenas de hacerse visibles como sujetos de derechos y de hacer un aporte a procesos de educación

Entidades gubernamentales, como el Fondo Mixto para la Cultura, han patrocinado proyectos cuyo fin, más que la producción de textos disciplinares, es la producción de materiales didácticos para el aprendizaje escolar, o la difusión del patrimonio cultural de la región. Es el caso del cd-rom interactivo sobre la oferta museográfica del Valle del Cauca, en el que trabajaron los antropólogos Erik Marín y Angélica Núñez. La contratación de productos puntuales y la especifidad de las convocatorias para ellos impiden que trabajos como estos tengan continuidad e impacto social y académico. Vale la pena anotar, sin embargo, que también estas prácticas proveen a los investigadores de un material de primera mano para desarrollar su investigación disciplinar.

Algunos de los textos de arqueología de Carlos A. Rodríguez (2005) o Alexander Clavijo (véase Gobernación del Valle 2003) han tenido la característica de ofrecerse más como estados del arte, compendios de investigaciones, miradas panorámicas y divulgativas de la producción de los arqueólogos para un uso pedagógico. Si en la Universidad del Cauca hace escuela el "detener la excavación", reflexionar el papel social de la arqueología y reinterpretar los datos del material archivado,14 el boom de arqueologías de rescate y por contrato en el Valle no ha dado tiempo a ello y el discurso patrimonial sigue amparando la producción de textos de divulgación o de balance.

Por otra parte, también existen las prácticas profesionales de consultoría, que se condensan en textos que ilustran instancias de toma de decisiones sobre asuntos culturales. Los antropólogos son contratados coyunturalmente como parte de equipos interdisciplinares para la elaboración de estudios de impacto socio-cultural, o sobre el patrimonio arqueológico de una obra civil: consultorías sobre políticas socio-culturales, planes de vida de comunidades negras e indígenas, planes de manejo ambiental, peritajes para instancias de decisión judicial, etc. Por ejemplo, en los estudios que se realizan para la CVC15 se exigen unos precisos términos de referencia que se constituyen en marcos de producción del discurso, que a su vez no permiten seguir el canon antropológico. Los nuevos cánones de producción son definidos por la finalidad pragmática de quien contrata al antropólogo para producirlos. Así, por ejemplo, los diagnósticos sobre las comunidades indígenas del Valle del Cauca, realizados por la antropóloga Nancy Motta, profesora de la Universidad del Valle, se ajustan más a estos cánones que al de las etnografías.

Un caso ilustrativo es la consultoría contratada por la Alcaldía de Cali y el Ministerio del Interior para diagnosticar la situación de las comunidades y cabildos indígenas presentes en la ciudad. El Estado pide un concepto experto a un grupo de científicos sociales, avalados por una universidad, para tener suficiente y adecuada información para tomar una decisión acerca del reconocimiento político de estos grupos. La responsabilidad política de las decisiones que se tomen no recae sobre los antropólogos que allí han laborado, pero el Estado confía en que su saber experto permitirá tomar la decisión con conocimiento de causa.

Aun cuando muchos de estos textos de consultorías son absurdamente voluminosos, los contratantes esperan recuperar en ellos la información precisa y suficiente para, o bien tomar decisiones, o bien proteger ideológicamente sus intereses. Así las cosas, los "estudios ad hoc" (como los llama el maestro Elías Sevilla) de los que derivan sus ingresos los antropólogos que están por fuera de la academia no permiten profundización académica alguna. Permiten, eso sí, la recopilación de datos invaluables, pero que resultan de difícil acceso para la academia, pues reposan como material gris en archivos institucionales, cuya consulta, en algunos casos, es restringida.

Es más, los "estudios ad hoc" no formulan nuevas preguntas disciplinares, ni se cuestionan las categorías con que se describen o clasifican los hallazgos, pese a que los mismos datos las pongan en crisis.16 El volumen de la información se va acumulando de tal manera que los arqueólogos no han trazado aún un norte para el análisis académico de los datos, forzados a emitir informes ejecutivos con recomendaciones prácticas o publicar textos de divulgación que ayuden a crear conciencia sobre el valor patrimonial de los hallazgos. Lo grave del asunto es que este tipo de elaboración textual, esperada como fruto de consultorías, es la que domina en volumen la producción textual antropológica y esto tiene repercusiones sobre la disciplina misma.

Algunos antropólogos manejan una doble agenda en los procesos para los que son contratados, es decir, producen los informes de investigación requeridos por sus patrocinadores, pero aprovechan el desarrollo del proyecto para su uso personal de investigación, el cual puede ajustarse al canon académico. Pero si los contratados no están vinculados a la academia, quizás no encuentren la oportunidad de consolidar la agenda personal, urgidos por encontrar nuevos contratos para estudios ad hoc. Es más, si los antropólogos de los centros universitarios patrocinan sus estudios en estos marcos, las reglas discursivas de la antropología por contrato terminarán filtrando las del canon académico.

Los oficios de los antropólogos en el Valle

Se ha afirmado aquí que los antropólogos profesionales ejercen un oficio de experticia que no se limita al de su capacidad para la investigación académica. Este se vincula, muchas veces, con la gestión de programas de intervención social en el marco de instituciones de diversa índole, pero también en la docencia universitaria y la gestión cultural. Hay un grupo significativo de profesionales que trabajan en instituciones educativas, oficiales o privadas; antropólogos que son docentes universitarios, pero que no forman a otros antropólogos, ni necesariamente a otros científicos sociales. La mayoría ofrece una formación humanística integral a estudiantes de distintas profesiones en las universidades del Valle: Icesi, Javeriana, San Buenaventura, Autónoma de Occidente, Santiago de Cali, Lumen Gentium y Pontificia Bolivariana de Palmira. Algunos imparten cátedras específicamente antropológicas (antropología general, arqueología, identidad, familia y parentesco, antropología de la comunicación, etc.), o bien propias de otras ciencias sociales o disciplinas humanísticas como historia, comunicación, semiótica, resolución de conflictos, justicia restaurativa, metodología de la investigación, música, arte y cultura y hasta teología y ecología. En estas condiciones, los antropólogos reducen sus posibilidades de participar en proyectos de investigación en los que se profundice su especificidad disciplinar, pero, como se dijo anteriormente, se crean las posibilidades para articular su perspectiva a proyectos interdisciplinares, dependiendo de las condiciones de cada universidad.

Los docentes que están vinculados de tiempo completo a las universidades tienen más posibilidades de desarrollar proyectos a largo plazo y profundizar en sus intereses académicos. Pero estos casos son escasos, y continuamente deben reclamar un equilibrio entre las labores docentes, de investigación y de extensión para progresar en sus temas de interés. Esto contrasta con el caso de los catedráticos asalariados, que dependen económicamente del número de horas de clase impartidas (en especial en las universidades privadas). Para ellos, las labores de docencia ocupan totalmente su tiempo, y se reduce la posibilidad de tener producción investigativa o trabajos de carácter social y aplicado. Es en la realización de estudios de actualización, o cursando maestrías en disciplinas diversas (historia, filosofía, lingüística, administración, etc.), donde un grueso de los antropólogos docentes muestra nuevos productos académicos. Este material, sin embargo, resulta inconexo entre sí, obedece a intereses particulares, a situaciones coyunturales y, no sobra decirlo, muchas veces son realizadas con la simple intención de mejorar en el escalafón salarial con el título de posgrado. Su repercusión en el mundo académico de la antropología resulta mínimo, pues no se cuenta con mecanismos de socialización y discusión.

En el ejercicio de su experticia profesional también hay antropólogos que se desempeñan como agentes del Estado en dos modalidades: 1) como miembros algún instituto de gobierno, ocupando cargos en instancias como las secretarías departamentales de salud y sesarrollo social, la CVC, etc.; 2) como consultores, es decir, desempeñando para el Estado funciones transitorias, como mediación en la resolución de conflictos, estudios especiales o como miembros de equipos temporales para la organización de eventos de proyección social, etc. Llama la atención que algunos desempeñen funciones administrativas y de planeación, en donde la experticia valorada no es la del saber antropológico, sino el criterio analítico, la capacidad de negociación y la mirada integral a los procesos sociales que gestionan. Habilidades que, indudablemente, deberían ser desarrolladas en un plan de formación profesional. También hay algunos antropólogos trabajando como funcionarios que prestan sus servicios a organizaciones sociales, sean estas ONG’s o instituciones culturales. Por ejemplo, resulta interesante que la labor de dirección y gestión del discurso patrimonial en el Museo La Merced, el Museo del Oro Calima, el Museo Calima de Darién y el Museo Arqueológico Julio Cesar Cubillos de la Universidad del Valle estén a cargo de antropólogos.17

Algunas organizaciones sociales como la Organización Indígena del Valle del Cauca (ORIVAC), la Asociación de Cabildos Indígenas del Valle del Cauca, (ACIVA) o los consejos comunitarios de las comunidades negras del Pacífico han contado con la ayuda de antropólogos para formular y ejecutar proyectos de desarrollo, o estructurar propuestas con las cuales negociar con el Estado una demanda de derechos especiales, por ejemplo, en asuntos como reivindicaciones territoriales, de educación o salud. Entre las funciones esperadas del antropólogo está la de redactar los documentos necesarios para tal gestión; se les contrata, además, para que se desempeñen como capacitadores de las comunidades en el conocimiento de los mecanismos para el reconocimiento de los derechos especiales. Consultorías para empresas particulares, como el gremio de los cañicultores, cabrían también en esa categoría. El saber experto del antropólogo es requerido para optimizar las acciones sociales tendientes a alcanzar los objetivos de la organización que los contrata, o por medio del acompañamiento a procesos sociales como, por ejemplo, la reubicación laboral de los corteros de caña. Es en este tipo de prácticas donde la antropología se reconoce socialmente más como un oficio que como una disciplina científica.

Un caso particular es el de antropólogos que conforman unidades de producción de bienes o servicios diferentes a los propios de la academia o de la intervención social. Existe un centro de medicina natural dirigido por un antropólogo que incluye entre sus servicios la organización de sesiones de toma de yagé, para la cual gestiona la participación de médicos tradicionales de etnias amazónicas. Su relación con pueblos indígenas y la valoración de sus lógicas le permiten ponerlas en diálogo con las representaciones urbanas del cuerpo y la salud. Ello sirve de mediación para un sincretismo cultural que da cuenta de dinámicas interculturales que escapan a la lógica del conflicto o la contradicción con el diferente. Si bien este tipo de prácticas no es muy común, parece reforzar un cierto imaginario social de la idiosincrasia de los antropólogos. Pero el hecho de que sea un antropólogo quien realice estas prácticas heterodoxas de salud y espiritualidad las envuelve en cierto halo de legitimidad.

Algunas reflexiones sobre la demanda social a los antropólogos

Si bien son las prácticas profesionales y la producción disciplinar las que permiten precisar un discurso antropológico particular -aunque hemos visto que la diversidad de prácticas hace difícil encontrar núcleos de identidad- valdría también la pena dar una mirada a las representaciones sociales del lugar de los antropólogos en la región. En ellas, si bien puede haber simplificaciones y arquetipos, podría condensarse un sentido social para la práctica de los antropólogos.

Cuando las instituciones sociales abren espacios a la presencia y acción de los antropólogos, principalmente hay una demanda a lo que podría llamarse antropología aplicada. Entidades públicas y privadas los convocan para trabajar, como miembros de equipos interdisciplinarios, en campos de acción como en la implementación de políticas públicas de salud, educación en y para la interculturalidad, protección y promoción del patrimonio cultural tangible e intangible de las comunidades (incluyendo la exploración arqueológica y la sistematización de un discurso histórico-identitario que la integre). Se les llama a participar en el fortalecimiento de proyectos étnico-políticos, el diseño de planes de desarrollo, de manejo de ecosistemas estratégicos, etc. Si se espera un aporte específico del antropólogo (y por ello de la antropología que se define en sus discursos y prácticas) podría deducirse que existe una legitimación social para aquél. Paradójicamente, en los espacios académicos se vive un exceso de reflexión autorreferencial, se habla de la "crisis epistemológica de la disciplina". La crítica racional ha puesto en entredicho sus modos de producir discursos.

Puesto en cuestión el mecanismo de producción de textos antropológicos, se pone también en entredicho la información que encapsula y las prácticas sociales de las cuales son fruto los textos. Objetado el método, objetados los datos que arroja. Sin embargo, la "borradura" epistemológica a la que la academia ha sometido al quehacer antropológico no ha ido de la mano con una objeción al papel social del antropólogo. ¡La evidencia va en sentido contrario! El quehacer y saber de los antropólogos sigue sirviendo para pensar la sociedad y ella lo usa para seguirse dinamizando. La demanda social que sigue habiendo para estos saberes y quehaceres expertos los valida. Después de Popper, hemos reconocido el carácter provisional de toda proposición científica. Así las cosas, si aquello que se pretende borrar, por revelarse inadecuado, no es reemplazado por otra práctica, entonces aquella seguirá siendo provisionalmente operativa. Son las demandas sociales a la disciplina las que la siguen manteniendo viva y legitiman la forma de operar de los antropólogos.

Y en estas demandas, ¿qué se espera del antropólogo y de la antropología? Aunque suene a lugar común, se espera que aporten una visión holítistica del problema social que ocupa a los colectivos a los cuales se les convoca. El holismo sería una de esas marcas distintivas en términos teórico-metodológicos que se le reconocen a la antropología como aporte al quehacer social. Muchas veces es esta mirada del antropólogo, su capacidad para articular diversos enfoques, la que permite la integración de los equipos; ella cataliza la misma interdisciplinariedad, que no siempre es una disposición de todos los miembros de los colectivos.

Otra característica de esta demanda es que se espera del antropólogo que tenga cierta cercanía afectiva con los sujetos sociales involucrados en el proceso al cual se vincula. El antropólogo genera una red de relaciones sociales insertándose en las comunidades, afectándolas y afectándose por ellas; desde allí se convierte en una especie de emisario plurilingüe, en un interlocutor legitimado por las partes, no por su imparcialidad, sino por la profundidad del conocimiento que tiene de todos los actores en relación. Esto es un reconocimiento a un modo de interacción social que se espera ejerzan los antropólogos como parte de su identidad. Su cercanía a los sujetos sociales es, cualquier cosa, menos motivo de vergüenza. ¡Todo lo contrario! A causa de ella no se pone en duda la seriedad del ejercicio antropológico, sino que se garantiza. Para muestra un caso: en Cali, junio de 1991, durante la crisis de la toma de la oficina del INCORA18 por parte de organizaciones indígenas, el gobernador, en primera instancia, rechazó la participación de los antropólogos que trabajaban en su oficina de asuntos indígenas en la negociación con los líderes de la protesta. La gobernación pretendió manejar directamente el asunto con cierta inflexibilidad autoritaria. Al dilatarse el tiempo de la ocupación y complicarse aún más el conflicto, tuvo que llamar a los antropólogos para manejar el diálogo, gracias a lo cual se llegó a un acuerdo satisfactorio para las partes. De no haber sido por el tipo de relaciones interpersonales que manejaban los antropólogos de la oficina con los protagonistas del hecho, otra hubiese sido la historia. En efecto, la crisis fortaleció la legitimidad de la oficina de asuntos indígenas, el estatuto político de los antropólogos, empoderó a los indígenas y salvó el nombre del gobernador. En procesos sociales donde las diferencias culturales se exacerban y dirimir el conflicto no puede hacerse con el mejor argumento dentro de un modelo único de racionalidad, el psicólogo social no puede competir con el antropólogo, que es capaz de presentar a los sujetos sociales en pugna una perspectiva autocrítica de la mirada que tienen de sí mismos y de los otros. El discurso sobre la identidad y la diferencia -un "asunto del dominio de la antropología"- se hace valioso allí, no se le considera ni literatura de propaganda, ni nostálgica autoreferencialidad, ni reproducción de mitologías. Es un aporte social que se espera que haga el agente de la antropología.

Conclusiones

No se puede esperar que haya una "escuela antropológica" en el Valle del Cauca anterior a la formación ofrecida por la Universidad Icesi. No hay ni una dinámica gremial ni de intereses discursivos y académicos que haya congregado a los antropólogos de la región en torno a una práctica cohesionada. Sin embargo, es posible reconocer algunos rasgos que nos aproximan a un balance de los precedentes recientes del quehacer antropológico en la región y que permiten identificar los retos para el diseño de un plan académico de formación de antropólogos profesionales. Comento a continuación algunos de estos retos.

La apertura a la interdisciplinariedad. La práctica de los antropólogos en actividades académicas de otras disciplinas, tanto en la docencia como en la investigación, su participación en equipos de consultoría y la oferta laboral en espacios de intervención social a la que se han insertado, han moldeado una habilidad integradora de diversas visiones disciplinares y su aporte se caracteriza, precisamente, por mantener esa visión holística de los problemas que abordan. El programa de antropología de la Universidad Icesi mantiene coherencia con esta tendencia. Es una clara apuesta del programa formar en disposiciones para el trabajo interdisciplinar y desarrollar la habilidad para integrar diversas visiones teóricas y metodológicas que no se limiten a la tradición de la antropología.

La cercanía a los sujetos sociales de estudio. El compromiso social de los antropólogos los lleva a asumir una postura ética invaluable, que es reconocida por la sociedad como una identidad inherente al quehacer de estos profesionales. Este es un reto a la formación de valores y actitudes de los nuevos profesionales. El contacto directo con realidades sociales durante las prácticas académicas, y el examen crítico de ellas, garantizaría conservar y potenciar esta nota distintiva de la antropología regional reciente.

Las limitaciones institucionales para la profundización académica. La dependencia económica de entidades de intervención, así como de la financiación de entes como Colciencias, que privilegian investigaciones aplicadas, reducen el margen de maniobra en el trabajo académico. La precariedad económica de antropólogos docentes también limita la existencia de una mayor y mejor producción reflexiva. La "arqueología por contrato" y la presentación de informes ejecutivos de consultorías en formatos inflexibles igualmente redunda en la pérdida de calidad y profundidad de la producción académica. Por lo tanto, proponer una íntima relación entre los espacios y prácticas de intervención social y la academia también es un reto del programa académico.

La permanencia de una visión exotista. Los temas de investigación mantienen una mirada hacia minorías étnicas, comunidades marginales, grupos sociales en vulnerabilidad o conflictividad social. El hecho de que algunos antropólogos trabajen en instituciones de acción social con este tipo de poblaciones mantiene el imaginario de que esta es la competencia específica de los antropólogos, y así se han dejado de lado asuntos culturales más complejos, como las dinámicas urbanas contemporáneas, de globalización, etc. Aún así, es notorio el interés de los jóvenes antropólogos por asumir estos nuevos asuntos, pero deben trabajarlos de manera paralela a las tareas institucionales en las que deben inscribirse. Se hace necesario abrir caminos y nuevas miradas que superen los clichés acerca del dominio de los antropólogos.

La emergencia de los estudios afrocolombianos. En un departamento con una alta población negra, esta es una tendencia notoria en los intereses de investigación. Este sujeto social y su visibilización política organizativa en un contexto regional, donde se expresan no sólo como comunidades rurales aisladas y marginales, reta a la antropología a transformar las miradas exotistas antes mencionadas.

La urgencia de una revisión antropológica crítica de la abundante producción arqueológica en la región. Si bien el discurso patrimonial es el preponderante en el entorno, es claro que los arqueólogos entienden el reto de contar con una mayor calidad de tiempo y espacios para el análisis que se libere de sus limitaciones institucionales.

NOTAS AL PIE DE PÁGINA

1. Traducción del editor. El texto original en inglés: "The number of things done under the name of anthropology is just infinite; you can do anything and call it anthropology. (That’s perhaps a little extreme)".

2. De hecho, en el plan del programa de antropología de Icesi se ha previsto un nucleo común de materias en las que convergen estudiantes de los programas de antropología, sociología, ciencias políticas y psicología. El cuerpo docente, de igual manera, está formado en disciplinas diversas. Así, el abordaje de los problemas de estudio permite, metodológica y conceptualmente, diversas miradas. La síntesis la hacen los mismos estudiantes, quienes se forman en una práctica libre de prevenciones a las fronteras discursivas de las disciplinas.

3. La tesis de maestría de María Claudia Paz, si bien puede entenderse como antropológica por su metodología y la formación de base de su autora, encontró en el espacio de la escuela de comunicación condiciones favorables para su desarrollo. Una especie de antropología de la comunicación.

4. Una descripción detallada de la cultura académica y de los rituales de autorización y formación de la identidad del antropólogo puede verse en el trabajo de Collazos (2003).

5. Existen actualmente investigaciones en proceso en los campos de la antropología biológica, pero sus resultados aún no se han consolidado.

6. De hecho, la emergencia de los afrodescendientes como sujeto social y político de gran notoriedad en el Valle del Cauca ha sido trabajada por grupos de sociólogos vallecaucanos en instancias como el CIDSE, como se ha mencionado.

7. Tan sólo en los últimos tres congresos de arqueología se han presentado más de 30 ponencias, pues siempre se han abierto simposios especiales sobre la arqueología vallecaucana. Los libros publicados por el Museo Julio Cesar Cubillos de la Universidad del Valle son más de diez, amén del proyecto del International Journal of South American Archaeology (IJSA) del grupo de investigación Arqueodiversidad de la Universidad del Valle, el cual tiene la pretensión de generar un espacio de reflexión arqueológica con fronteras mucho más amplias que las del suroccidente colombiano.

8. Han realizado proyectos de prospección en las obras de la malla vial en el Valle del Cauca, el gasoducto de occidente y otras consultorías para obras civiles.

9. Instituto para la Investigación y la Preservación del Patrimonio Cultural y Natural del Valle del Cauca.

10. Se han hecho recientemente varias publicaciones en las que se da cuenta de su disciplinado trabajo (Rodríguez 2007; Rodríguez, Blanco y Botero 2005), además de un sinnúmero de informes inéditos de prospecciones y de arqueología de rescate.

11. Departamento Administrativo de Ciencia Tecnología e Innovación.

12. Recientemente se han reelaborado los guiones de los museos La Merced, Julio Cesar Cubillos (Universidad del Valle) y la Sala de Exposiciones Temporales Manuelita, con la cual se empezó a cristalizar el proyecto del Museo Arqueológico de Palmira (MAP), que es impulsado por la Fundación Ecoparque Llanogrande. Colecciones etnográficas y arqueológicas como las de la Universidad Autónoma de Occidente también han sido reorganizadas por antropólogos profesionales.

13. Es el caso del trabajo de la Universidad Javeriana, en el cual un equipo interdisciplinario de abogados, psicólogos y antropólogos asesoraron un proceso de la Casa de Justicia de Aguablanca.

14. Fuente: Comunicación personal con el profesor Gnecco de la Universidad del Cauca.

15. Corporación Autónoma Regional del Valle del Cauca. La entidad ha regulado, en coordinación con INCIVA, los términos de referencia de los estudios de impacto sobre el patrimonio arqueológico de obras de infraestructura, lo cual se ha constituido en un canon, en un género textual para la producción escrita en arqueología. Los documentos así producidos terminan en informes ejecutivos en los que se cuantifica el impacto y se hacen recomendaciones operativas para la intervención. Cuando se revisan los documentos producidos por el INCIVA, tales como resultados de procesos de consultoría, se encuentra que siguen siempre el mismo patrón textual: marco legal, metodología de investigación, localización del área de estudio, ubicación y medio ambiente, aspectos históricos, antecedentes etnohistóricos, antecedentes arqueológicos, trabajo de campo, trabajos de laboratorio (análisis de material cerámico o lítico), plan de manejo, bibliografía y anexos (mapas, fotografías de excavaciones y de piezas).

16. Los conceptos de cacicazgo, los horizontes culturales de Yotoco, Llama y Sonso parecen ya no servir para muchas caracterizaciones. Sin embargo, siguen apareciendo en los informes sin mayor sentido crítico.

17. Si bien la formación y la práctica profesional de Carlos Armando Rodríguez, director del museo, ha sido en el campo de la arqueología, en este ensayo la labor de los arqueólogos se ha asumido como labor antropológica.

18. Instituto Colombiano de Reforma Agraria.


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