Voces de la huerta: Reflexiones desde el Living System Lab de Icesi

El proyecto de la Huerta Urbana en la Universidad Icesi no solo ha cultivado plantas, sino también ideas. Al ser un espacio donde convergen la biología, la tecnología, la sociología y la antropología, el aprendizaje no se construye desde una sola mirada. A continuación, compartimos las reflexiones individuales del equipo de investigación; un recorrido por sus propias palabras que demuestra cómo este ecosistema vivo ha transformado su manera de entender la naturaleza, la ciencia y el trabajo colaborativo.

El regreso a la tierra y la paciencia

Angie Guanarita nos invita a reconectar con lo esencial. Su reflexión destaca la importancia de observar los ritmos naturales y cómo el estudio de los polinizadores se entrelaza con una profunda experiencia humana y terapéutica.

“Trabajar en la huerta de la universidad me ha dejado grandes aprendizajes, especialmente el de reconocer el rol fundamental de cada actor que habita este espacio y de la responsabilidad de cuidar esa red natural a la que pertenecemos y donde cohabitamos. He aprendido a valorar el suelo esa materia compuesta de miles de seres vivos que mantienen el equilibrio de la naturaleza. Las plantas me han enseñado a observar con paciencia, a esperar sus ritmos, a maravillarnos y agradecer con cada fruto que se cosecha. Observar cómo las abejas nativas interactúan con las flores ha sido no solo inspirador, sino también un impulso para seguir investigando su neurobiología y comprender más profundamente esa sinergia vital que conecta a los polinizadores con las plantas, y que es indispensables para el sostenimiento de la vida en nuestro planeta. La huerta también se ha convertido en un espacio de conexión emocional, casi terapéutico. Untarse de tierra, oler una flor, ver cómo una abeja elige dónde posarse, nos recuerda nuestra parte más humana y nos reconecta con el ecosistema del que formamos parte. Para mí, la huerta es un verdadero polo a tierra.” — Angie Guanarita

Las escalas de la vida: del insecto al ecosistema

Desde una mirada enfocada en las ciencias sociales, Valentina Moreno analiza la huerta como una interfaz donde convergen múltiples saberes. Su texto nos propone un viaje fascinante entre lo aparentemente microscópico y los grandes procesos ambientales.

“En este proyecto, la huerta ha sido un espacio donde se tejen relaciones vivas que nos muestran las valiosas conexiones entre múltiples disciplinas, a pesar de sus diferencias en sus formas de conocer. Desde la Antropología y la Sociología, me ha resultado particularmente revelador observar cómo las ciencias sociales y las ciencias naturales —que muchas veces transitan en paralelo— se han encontrado aquí alrededor de un objeto común: la huerta como sistema vivo, como interfaz multiespecie, como espacio experimental. En el seminario 5, nos sumergimos en la memoria olfativa de las abejas, en lo aparentemente minúsculo: sus rutas, sus sentidos, su cognición. Sin embargo, ese ejercicio nos ha llevado a pensar en algo mucho más amplio, en cómo esas memorias individuales se inscriben en procesos ecológicos mayores, como la polinización urbana, la regeneración del suelo o la agroecología situada. Esta operación de escalas —del insecto al ecosistema, de la experiencia sensorial a la transformación ambiental— es para mí una de las claves más potentes del proyecto. No solo porque abre nuevas formas de investigar, sino porque configura una pedagogía viva, donde los cuerpos, los saberes y las especies se implican mutuamente.” — Valentina Moreno

La verdadera sinergia en el trabajo de campo

El valor de la interdisciplinariedad se pone a prueba en el terreno. Robin Castro reflexiona sobre cómo salir de la teoría y entrar en contacto directo con el entorno rompe las barreras académicas, generando dinámicas que cambian la forma de resolver problemas.

“Observando el trabajo interdisciplinar que se viene desarrollando pareciera en principio como un conjunto de profesionales de distintas disciplinas trabajando de forma aislada en sus propias agendas. Es claro que el seminario tiene como propósito escuchar esas voces diversas y generar una narrativa común alineada al objetivo general del proyecto y me parece que se ha logrado este propósito. Sin embargo, veo un verdadero trabajo interdisciplinario cuando en el trabajo de campo algunos temas o actividades específicos generan sinergias fuertes que potencian la curiosidad intelectual sobre el que hacer del otro y en algunos momentos cambian nuestra forma de ver las situaciones o problemas con los que nos encontramos.” — Robin Castro

Tecnología con propósito y convivencia multiespecie

Lina Rivas aborda un aspecto fundamental: la convivencia y el uso responsable de la tecnología. Su texto subraya cómo las herramientas digitales y los modelos de inteligencia artificial no son un fin en sí mismos, sino puentes para democratizar el conocimiento sobre nuestro entorno.

“Convivir con otras formas de vida en una huerta urbana nos lleva a cuestionar cómo nos relacionamos con el mundo que habitamos. Cuando dejamos de ver a las abejas especialmente a las nativas como simples ayudantes de los cultivos y empezamos a reconocerlas como compañeras con las que compartimos un territorio, algo cambia en nuestra forma de mirar, de enseñar y de aprender. Esta manera de entender la vida nos invita a escuchar más, a cuidar mejor, a ser conscientes de que el conocimiento no nace solo en los libros, sino también en la tierra, en el vuelo de un insecto o en el tiempo que tomamos para observar lo que crece. En la Universidad Icesi, la huerta puede convertirse en mucho más que un lugar para sembrar: puede ser un espacio vivo donde se cultivan relaciones, se entrelazan disciplinas y se aprende desde la experiencia. Además, cuando sumamos herramientas como: los elementos Iot, modelos de inteligencia artificial, los podcasts o las cartillas educativas, participación estudiantil y de colaboradores no lo hacemos por moda ni por tecnofilia, sino porque queremos encontrar nuevas formas de compartir lo que vamos descubriendo. Estas tecnologías y dinámicas, cuando se usan con sentido, pueden acercar voces, conectar saberes y ayudar a que más personas participen en esta conversación sobre cómo cuidamos la vida y nuestros espacios. Llevar estas ideas a la huerta de Icesi puede convertirla en un lugar donde dialogan la ciencia y la comunidad, el aula y la calle, lo digital y lo orgánico. Y así, paso a paso, ir dando forma a un Living System Lab: un laboratorio que no se encierra entre paredes, sino que respira con el entorno, crece con las estaciones, y se transforma con las personas y seres vivos que lo habitan.” — Lina Rivas

Redes de aprendizaje entre humanos, abejas y plantas

Para Juliana Rengifo, el proyecto ha sido un ejercicio de asombro y reconocimiento. En su texto, resalta el valor inmenso de la experiencia de los aliados externos y traza paralelismos reveladores entre la biología humana, la de los polinizadores y los misterios que aún guardan las plantas.

“Los seminarios en torno al proyecto de la huerta nos llevan a aprender de las experiencias de expertos en campos disciplinares diferentes al propio. Iniciamos este proyecto reconociendo que ninguno de los investigadores tenía mucha experiencia cultivando en huertas, y mucho menos de forma orgánica. Esto hizo que ese primer seminario de Ivan Castrillón, Ingeniero Agrónomo y dueño del hotel La Huerta fuera tan valioso pues nos aportó muchos tips, entre ellos la marca de un insecticida orgánico. A través de un relato muy personal de la historia sobre cómo Ivan termina metido de cabeza en el proyecto de su hotel con agricultura orgánica, a mi me quedó claro que sacar adelante este tipo de iniciativas requiere además de mucha planeación y conocimiento, un fuerte entramado de relaciones laborales efectivas y realmente comprometidas con el proyecto.

Los tres seminarios siguientes de Valentina, Angie y Paola para mí se conectan con la idea de que en la huerta están aprendiendo las abejas y estamos aprendiendo nosotros. Ambos somos animales y tenemos varias coincidencias en la forma en la que aprendemos, sobre todo en las herramientas biológicas (proteínas de membrana y células) que usamos para percibir nuestro entorno. Una diferencia importante es que la mayor complejidad de nuestro sistema nervioso nos lleva a construir herramientas adicionales para seguir conociendo nuestro entorno, por ejemplo, los montajes experimentales de los que nos contaron Angie y Paola o las herramientas computacionales de las que nos contaron los investigadores que realizaron su revisión sistemática con el uso de IA. Otra observación que me traen los seminarios es que incluso cuando vienen de la experticia de otra colega de la misma disciplina (bióloga) llevan a aprender cosas nuevas pues la biología es muy extensa, y en los últimos años se ha logrado consolidar mucho conocimiento especializado sobre diferentes áreas de la misma. Y si bien somos varias biólogas en el grupo, un detalle curioso es que falta entre nosotras una experta en los otros organismos protagonistas de este proyecto, las plantas. Pero incluso si hubiera entre nosotras una experta en botánica o fisiología vegetal es de notar que el estado del arte en estos campos todavía tiene mucho por recorrer para que la humanidad entienda cómo aprenden las plantas.” — Juliana Rengifo

En definitiva, cultivar en la ciudad es también cultivar conocimiento y comunidad. La experiencia en la Huerta Urbana de Icesi nos demuestra que la seguridad alimentaria y la sostenibilidad no se construyen desde saberes aislados, sino a través de un diálogo constante entre disciplinas. Al entrelazar el cuidado de las abejas, las plantas y el suelo con el uso consciente de herramientas tecnológicas, este laboratorio vivo trasciende el espacio físico del campus. Nos deja como gran lección que observar, colaborar y escuchar nuestro entorno es el primer paso para transformar nuestra relación con la naturaleza y enfrentar juntos los retos del futuro.

Cultivando Saberes: La Huerta Icesi como un laboratorio vivo de especies, disciplinas y tecnología

En la Universidad Icesi, la huerta urbana ha trascendido su propósito inicial de producción agrícola para convertirse en un verdadero espacio de encuentro. Más que un lugar para sembrar, se ha consolidado como un entramado donde dialogan las ciencias naturales, las ciencias sociales y la tecnología. A través de las experiencias de nuestro equipo, hemos descubierto que convivir con otras formas de vida nos lleva a cuestionar y replantear cómo nos relacionamos con el mundo que habitamos.

Volver a la tierra: paciencia, saberes y conexión

El proyecto inició con un reto de humildad: reconocer que el equipo investigador no contaba con experiencia previa cultivando de forma orgánica. Como señala Juliana Rengifo, este vacío inicial se llenó gracias al aprendizaje colectivo y a la guía de expertos externos, como el agrónomo Iván Castrillón, evidenciando que estas iniciativas requieren, además de conocimiento técnico, un fuerte tejido de relaciones humanas comprometidas.

Ese contacto directo con la tierra rápidamente se transformó en una experiencia profunda. Para Angie Guanarita, la huerta es hoy un “polo a tierra” casi terapéutico. Aprender a valorar el suelo —esa materia compuesta por miles de seres vivos que mantienen el equilibrio natural— y observar con paciencia los ritmos de las plantas, nos reconecta con nuestra parte más humana y nos enseña a maravillarnos con cada fruto cosechado.

El vuelo de las abejas: el cruce de disciplinas y escalas

El punto de inflexión en este laboratorio vivo llegó al cambiar nuestra mirada hacia los polinizadores. Al dejar de ver a las abejas nativas como simples “ayudantes” agrícolas y reconocerlas como compañeras de territorio, como reflexiona Lina Rivas, nuestra forma de enseñar y aprender se transformó.

Sin embargo, tejer este diálogo entre saberes es un proceso. Robin Castro observa que, aunque en principio podría parecer que los profesionales trabajan de forma aislada en sus propias agendas, es en el trabajo de campo donde ocurre el verdadero cruce interdisciplinario. Allí se generan sinergias fuertes que potencian la curiosidad intelectual por el quehacer del otro, lo que en muchos momentos cambia nuestra forma de ver y resolver los problemas.

Es gracias a esas sinergias que las ciencias sociales y las ciencias naturales se han encontrado alrededor de la huerta como sistema vivo. Para Valentina Moreno, sumergirse en la memoria olfativa de las abejas provocó una fascinante “operación de escalas”: pasar de lo aparentemente minúsculo (las rutas y sentidos de un insecto) a comprender cómo esas acciones individuales se inscriben en procesos ecológicos mayores, como la polinización urbana o la regeneración del suelo.

En esta red, todos estamos aprendiendo. Juliana Rengifo anota que humanos y abejas compartimos herramientas biológicas básicas para percibir el entorno. La diferencia radica en que la complejidad de nuestro sistema nervioso nos impulsa a crear montajes experimentales para profundizar en disciplinas tan vastas como la neurobiología o la botánica, campos donde aún nos queda mucho por descubrir sobre cómo, por ejemplo, aprenden las propias plantas.

Tecnología con sentido: conectando el aula, la calle y la tierra

Para registrar y amplificar esta pedagogía viva, la tecnología ha jugado un papel crucial. La integración de elementos IoT (Internet de las Cosas), modelos de Inteligencia Artificial, herramientas computacionales, pódcast y cartillas educativas no responde a una simple moda o tecnofilia.

Como concluye Lina Rivas, el uso de estas herramientas nace del deseo de encontrar nuevas formas de compartir nuestros hallazgos. Cuando la tecnología se usa con sentido, logra acercar voces y democratizar el conocimiento. Es así como la Huerta Icesi se erige hoy como un Living System Lab: un laboratorio que no se encierra entre paredes, sino que respira con el entorno, crece con las estaciones, conecta lo digital con lo orgánico y se transforma constantemente junto a las personas y los seres vivos que lo habitan.

Artículo generado con IA de las reflexiones particulares de los investigadores mencionados.

Icesi cultivó un laboratorio vivo: huertas urbanas, abejas nativas e internet de las cosas en el campus 

En el corazón de la Universidad Icesi, la seguridad alimentaria se trabajó desde un espacio que unió ciencia y naturaleza. La Huerta Urbana Icesi funcionó como un Laboratorio Vivo junto al edificio G. Allí, integramos la agricultura ecológica con la educación en ciencia y tecnología para entender cómo producir alimentos en la ciudad mientras protegíamos la biodiversidad. 

En nuestra huerta no solo produjo tomates, pepinos y berenjenas. También fue un aula abierta donde estudiamos a las abejas nativas sin aguijón, en especial las meliponas. Estos polinizadores son piezas clave para la polinización y la salud de nuestros ecosistemas, permitiendo que las plantas produzcan frutos de manera natural y resistentes durante todo el proceso. 

Para hacerlo posible este proyecto fue impulsado por el Centro de Investigación en Tecnologías para la Transformación Digital (CITRADI) de la mano del grupo de investigación Informática y Telecomunicaciones (i2t). Bajo el liderazgo de los docentes Juliana Rengifo Gómez, María Isabel Rivas y Andrés Navarro, unimos fuerzas para observar el comportamiento de nuestras abejas y la salud de la tierra. Acompañamos este proceso con sensores de Internet de las Cosas (IoT), que fueron dispositivos conectados a la red para medir el clima y la humedad del suelo en tiempo real, monitoreados por estudiantes del i2t que nos apoyaron en la lectura estos datos, donde aprendimos a cultivar con precisión mientras observamos las rutas que siguieron las abejas para buscar alimento y  polinizar las flores del campus.

En el mismo sentido, contamos con el apoyo de Plan Terraza  y su fundador Javier, un meliponicultor aliado que compartió su saber ancestral sobre el cuidado de las abejas nativas meliponas. Esta unión entre la academia y los expertos locales permitió crear un puente de conocimiento donde estudiantes y docentes cocrearon soluciones para un futuro más sostenible. 

Estos esfuerzos en investigación quedaron documentado en bitácoras, infografías y pódcast disponibles para consulta pública en el blog Huerta Icesi – System Living Lab. Este material digital busca que el aprendizaje obtenido no se quede solo en el campus, sino que inspire a otras comunidades a crear sus propios espacios de siembra urbana. 

Más que un cultivo, este proyecto tejió relaciones entre la ciencia y nuestro territorio. Al cuidar el suelo vivo y a nuestros polinizadores, aprendimos que producir alimentos con resiliencia es posible cuando se respetan los ciclos de la vida. Esta experiencia de soberanía tecnológica y alimentaria presentó sus resultados el 9 abril de 2026 puedes conocerlos en “Cultivando Conocimiento: Cadenas de Abastecimiento y Huertas Urbanas”

Para más información: 
CITRADI@icesi.edu.co 
Universidad Icesi 

Living System Lab: la huerta que investiga, enseña y media saberes

En Icesi, la huerta universitaria es más que parcelas y herramientas: es un Living System Lab (LSL), un laboratorio vivo donde se experimenta en contexto real, se aprende haciendo y se median saberes entre disciplinas y comunidades. Aunque el término LSL es poco frecuente en América Latina, líneas de diseño sistémico —como las referidas por el entorno de ETH Zürich— lo entienden como infraestructura experimental para problemas complejos, con aprendizaje adaptativo y enfoques transdisciplinarios. Nuestro proyecto amplía esa perspectiva: no solo innovamos técnicamente; tejemos relaciones entre especies, tecnologías y actores sociales con horizonte de soberanía alimentaria y educación STEM.

De Living Lab a Living System Lab

Para fundamentar el LSL miramos a los Living Labs, ampliamente trabajados en Europa y América Latina: espacios de co-creación, innovación abierta y participación ciudadana donde se prueba en entornos reales (Bergvall-Kåreborn & Ståhlbröst, 2009; Almirall et al., 2012). Nuestro giro es ecosocial y pedagógico: el LSL no se limita a validar productos, sino que configura un ecosistema relacional de aprendizaje, donde lo decisivo no son solo los resultados, sino los vínculos que los hacen posibles.

Objetos de frontera: puentes que coordinan sin borrar diferencias

¿Cómo se trabaja entre biología, ingeniería, ciencias sociales y educación sin “aplanarlo” todo? Con objetos de frontera: artefactos materiales o simbólicos que permiten coordinar entre comunidades epistémicas diversas (Star & Griesemer, 1989; Star, 2010). En la huerta, mapas, bitácoras, sensores o fichas de siembra cumplen ese papel: traducen lenguajes, sostienen ambigüedades productivas y habilitan acuerdos prácticos. Lecturas posteriores muestran que estos objetos también portan significados relacionales y sostienen ecologías de cooperación (Fox, 2011).

Traducción y agencia no humana: aprender con abejas

Desde la sociología de la traducción, traducir es el mecanismo con el que mundos sociales y naturales toman forma (Callon, 1984). En nuestra huerta, las abejas sin aguijón no son “recursos” a estudiar únicamente: actúan como mediadoras que reconfiguran prácticas de observación, registro, cuidado y experimentación. Su memoria olfativa o fidelidad floral nos obliga a ajustar métodos y a incorporar consideraciones éticas propias de una investigación multiespecie. Aquí la innovación no es imponer un protocolo, sino aprender de la vida que late en el sistema.

Interdisciplinariedad que se practica (no solo se enuncia)

Las disciplinas funcionan como culturas vivas con lenguajes y valores propios; colaborar exige condiciones activas de traducción (Bauer, 1990; Rasmussen & Arler, 2010). Además, la colaboración está atravesada por emociones y expectativas En el LSL, esto se concreta en equipos que co-diseñan preguntas, protocolos y productos, sin forzar consensos totales: la diferencia se gestiona y se pone a trabajar para resolver problemas reales.

Laboratorio experimental y aula extendida

El LSL experimenta en condiciones reales —lluvia, hongos, limitaciones de espacio, tiempos de las especies— con metodologías de prototipado y testeo participativo (Bergvall-Kåreborn & Ståhlbröst, 2009; Almirall et al., 2012).Pero aquí “lo experimental” no es solo técnico: es pedagógico y ecosocial. El aula se convierte en laboratorio vivo que integra teoría, diseño y acción comunitaria (Escalante & Bozzato, 2022). Siguiendo el diseño con sistemas vivos, buscamos resonancia ecológica más que control lineal: los sistemas vivos ensayan formas de organización ante condiciones emergentes

¿Por qué importa para Icesi y Cali?

Porque el LSL no reduce diferencias ni persigue consensos rápidos; habilita traducciones parciales, negociación y cuidado. Esto permite aprender con evidencia situada, conectar universidad y ciudad, y avanzar hacia una innovación ecosocial que pone la vida —humana y no humana— en el centro.

Meliponas: las abejas nativas sin aguijón que están reescribiendo la historia de la polinización en el campus 

Una abeja sin aguijón no cabe en el mito de la colmena perfecta que nos contaron los libros escolares— y, sin embargo, salva cosechas enteras con el sigilo de quien sabe que el ruido no siempre es sinónimo de poder. 

Un zumbido distinto 

Cuando imaginamos abejas pensamos en panales dorados, celdillas hexagonales y el legado europeo de la miel. 
Pero en el trópico americano la polinización tiene otro acento: las meliponas, diminutas guardianas que guardan su tesoro de néctar en vasijas de barro y resina, y vuelan sin temor porque no portan aguijón. 

Nuestro living lab junto al edificio G les abrió la puerta gracias a la generosidad del equipo Plan Terraza — liderado por el señor Julio — quien nos prestó las primeras colonias y enseñó a escuchar el latido de sus nidos. Sin ese préstamo —y la convicción de que la ciudad merece reencontrarse con sus polinizadores nativos— la huerta sería apenas la mitad de lo que es hoy. 

Por qué importan 

Las meliponas no producen la miel abundante de su prima europea, pero poseen un don que las vuelve extraordinarias: son especialistas. Reconocen, con un solo golpe de antenas, el perfume exacto de la flor de maracuyá, de la guayaba o del cacao. Su lealtad olfativa garantiza frutos más grandes, semillas más fértiles y, en cadena, mercados locales más resilientes. 

Al invitarlas al campus derribamos un imaginario heredado —ese que asocia calidad de miel y eficiencia de polinización únicamente con especies importadas— y colocamos el foco en la biodiversidad que nos pertenece. Cuidar a las meliponas es, en última instancia, cuidar los sabores de la región y la memoria agrícola que nos habita. 

Ciencia con alas pequeñas 

Desde que llegaron, estudiamos su danza callada con sensores de temperatura cerca a sus cajones y cuadernos manchados de propóleo. Cada dato —hora de salida del nido, flor preferida, distancia máxima de vuelo— nos acerca a una pregunta mayor: ¿puede una ciudad sostener su seguridad alimentaria abrazando a sus abejas nativas? 

La respuesta no se escribirá en un papper aislado: se teje día a día, con el zumbido suave que acompaña los mangos maduros, con la mirada curiosa de quien descubre que el aguijón no define a la abeja, y con el compromiso de una comunidad que entiende que la soberanía alimentaria empieza en las alas más pequeñas. 

Un cierre que deja polen en la imaginación 

Cuando cae la tarde, el silbido del tráfico se superpone al murmullo leve que brota de las cajas: un sonido que apenas se escucha, pero basta para sostener la abundancia de un huerto entero. Al escuchar ese zumbido —lejano, persistente— entendemos que salvar cultivos empieza con reconocer la labor de las alas más pequeñas y el legado que resguardan. 

En la siguiente entrada abriremos el foco: ¿qué significa hablar de soberanía alimentaria en la ciudad? 
Quédate cerca; el próximo brote de esta conversación ya asoma entre la hojarasca. 

El futuro de nuestros cultivos podría depender de un zumbido casi imperceptible. 
Acércate, escucha y déjate polinizar por la curiosidad. 

Nuestro Equipo

El proyecto Huerta Urbana: Laboratorio vivo en educación STEM es el resultado del esfuerzo colectivo de un equipo interdisciplinario comprometido con la sostenibilidad, la soberanía alimentaria y la innovación educativa. Integrado por docentes e investigadores en los campos de las ciencias naturales y la ingeniería, nuestro equipo combina saberes y experiencias para construir un modelo educativo transformador y sostenible.

Cada integrante aporta una mirada única que enriquece la construcción de esta huerta como un espacio vivo de aprendizaje, investigación y participación comunitaria. A continuación, te presentamos a las personas que hacen posible esta iniciativa.🐝🌿

Juliana Rengifo-Gómez

Juliana Rengifo-Gómez

La profesora Juliana Rengifo es la jefa del departamento de Ciencias Biológicas, Bioprocesos y Biotecnología de la Facultad de Ingeniería, Diseño y Ciencias Aplicadas. Es bióloga de profesión, interesada en las líneas de fisiología animal y biología molecular. Con su formación en neurociencia y biología celular, la profesora Juliana aporta una sólida trayectoria en investigación sobre la memoria, aprendizaje asociativo y comportamiento de insectos polinizadores, especialmente en abejas sin aguijón (meliponas), trabajo que ha adelantado con la profesora Angie Guañarita. También, su trabajo se ha centrado en en el estudio de la O‑GlcNAcilación de proteínas como mecanismo protector contra la isquemia cerebral, empleando modelos animales de infarto cerebral experimental.

María Isabel Rivas-Marín

María Isabel Rivas Marín es bióloga de profesión. Se desempeña como la directora del programa de Biología con concentraciones en conservación y biotecnología. Es también coordinadora del programa “Pequeños Científicos”, iniciativa de formación STEM y aprendizaje por indagación para niños y docentes en el Valle del Cauca, impactando a miles de estudiantes y promoviendo el pensamiento científico en la comunidad educativa. Su investigación se centra en la educación ambiental, el desarrollo de aptitudes científicas en niños y el diseño de materiales didácticos inclusivos, como los libro Historias ConCiencia ¿Por qué si el agua es transparente uno ve el mar azul?. En el contexto del proyecto Huerta Urbana, aporta su experiencia en diseño curricular y metodologías participativas para articular enfoques éticos, pedagógicos y comunitarios con la innovación agroecológica.

Andrés Navarro-Cadavid

Como ingeniero electrónico, el profesor Andrés Navarro-Cadavid, aporta al proyecto una sólida trayectoria en tecnologías de la información, comunicaciones y salud digital. Es profesor titular en la Universidad Icesi y director del centro i2t. Su experiencia le ha permitido liderar investigaciones en redes móviles, propagación radioeléctrica, espectro y aplicaciones en m‑Health. En el marco de este proyecto, su contribución se enfoca en el diseño e implementación de sistemas IoT para el monitoreo ambiental y de polinizadores en la huerta universitaria. Además, promueve la integración de tecnologías 4.0 como sensores inteligentes, aprendizaje automático y conectividad de baja potencia (LoRa, ZigBee) para optimizar procesos agroecológicos. Su enfoque tecnológico fortalece el carácter experimental del laboratorio vivo, acercando la ingeniería a problemáticas de sostenibilidad, biodiversidad y seguridad alimentaria.

Angie Marcela Guañarita

Angie Marcela Guañarita es bióloga con experiencia en neurociencia, biología molecular y biotecnología, vinculada como docente a la Universidad Icesi. Durante su tránsito por la Maestría en Biotecnología modalidad Investigación de la Universidad, se vinculó a su proyecto sobre la memoria olfativa de las abejas nativas sin aguijón, con la profesora Juliana Rengifo. Su trabajo se ha enfocado en el estudio de la expresión génica asociada a la memoria de recompensa, empleando técnicas como extracción de ARN y qPCR para analizar genes clave como Nrx1, Nlg4 y el receptor NMDA. En el marco de este proyecto, su participación fortalece el componente experimental desde una perspectiva molecular, aportando al estudio del comportamiento de polinizadores en sistemas agroecológicos urbanos. Su perfil interdisciplinar conecta la biotecnología con la sostenibilidad, impulsando procesos de investigación aplicada orientados a la seguridad alimentaria y a la conservación de la biodiversidad.

Paola Andrea Olaya-Arenas

La profesora Paola Andrea Olaya Arenas es bióloga y profesora adjunta en la Universidad Icesi, con amplia experiencia en ecología de insectos, entomología urbana y servicios ecosistémicos. Su trabajo postdoctoral con el Instituto Alexander von Humboldt y su investigación sobre comunidades de insectos en árboles urbanos (como Ficus americana en Bogotá) le han permitido explorar funciones de predadores, herbívoros y parasitoides en entornos urbanos. Con un enfoque en seguridad alimentaria, manejo integrado de plagas y biodiversidad, aporta conocimiento clave sobre el control biológico y la dinámica poblacional de polinizadores urbanos. En el marco del proyecto Huerta Urbana, su rol fortalece el componente ecológico y experimental, integrando el comportamiento de abejas nativas y sus interacciones con el entorno urbano-agroecológico para promover agroecosistemas sostenibles y resilientes.

Robin Alberto Castro-Gil

El profesor Robin Castro, es ingeniero de sistemas de la Universidad Icesi Actualmente es director del Centro Interdisciplinario para las Transformaciones Digitales y la Inteligencia Artificial (CITRADI),  y del departamento de Humanidad, Tecnología y Ciencia de la Facultad de Ciencias Humanas. Su trabajo se centra en la intersección de TIC, participación comunitaria, educación y mediación tecnológica, con enfoque en la inteligencia colectiva y la transformación digital educativa. En el contexto del proyecto Huerta Urbana: Laboratorio vivo en educación STEM, su contribución se orienta a fortalecer los componentes de participación social y apropiación tecnológica, diseñando estrategias colaborativas que integran redes comunitarias, ciencia ciudadana y tecnologías digitales para promover prácticas agroecológicas urbanas desde una perspectiva CTS.

Lina Marcela Rivas-Tafurt

La profesora Lina Rivas es la coordinadora de formulación de proyectos del CITRADI (hoy Nodo de Humanidades Digitales) y egresada del programa de Ingeniería Industrial de la Universidad Icesi. Cuenta con amplia experiencia en la estructuración de proyectos de investigación con enfoque interdisciplinario, así como en el acompañamiento metodológico de convocatorias internas y externas. Además, es docente de los cursos de la línea CTS (Ciencia, Tecnología y Sociedad) ofrecidos por el Departamento de Humanidad, Tecnología y Ciencia, donde promueve una comprensión crítica de las tecnologías y su impacto social. En el contexto del presente proyecto, su enfoque se centra en consolidar el diseño metodológico y los instrumentos de articulación entre las diferentes áreas participantes, fortaleciendo la planeación estratégica, el modelo de sostenibilidad del laboratorio vivo y la sistematización de experiencias para su posterior transferencia institucional y comunitaria. Su rol resulta clave en la integración operativa y la visión prospectiva del proyecto.

Valentina Moreno

Valentina es practicante de investigación en el CITRADI y cursa actualmente su último semestre de los programas de Antropología y Sociología en la Universidad Icesi. Se desempeña como asistente de investigación en el proyecto Huerta Urbana: Laboratorio vivo en educación STEM, donde aporta una mirada crítica y situada desde las ciencias sociales. Su interés se centra en las relaciones multiespecies que emergen entre abejas, humanos y otros seres presentes en espacios de cuidado como huertas y jardines urbanos, particularmente en contextos marcados por el colapso ambiental. Este enfoque, que viene desarrollando en su proyecto de grado, le permite explorar el cuidado, la memoria y la agencia no humana como dimensiones clave en la regeneración ecosocial. Desde su rol, Valentina apoya tanto la sistematización etnográfica como la articulación comunitaria del laboratorio vivo, coordina la actividad del proyecto desde sus frentes, lleva a cabo las labores operativas del proceso administrativo y modera las sesiones de seminarios del proyecto.

Una huerta que piensa: así se teje la interdisciplinariedad en Icesi

En esta huerta no solo crecen plantas: crecen preguntas, métodos y formas de trabajar juntos. La Huerta Universitaria de Icesi funciona como un Living System Lab (LSL): un espacio vivo donde se encuentran biología e ingeniería, educación y ciencias sociales, saberes académicos y comunitarios. ¿Para qué? Para aprender haciendo, cuidar el territorio y diseñar soluciones que tengan sentido en la vida real del campus y la ciudad.

¿Qué entendemos por “interdisciplinariedad” aquí?

En vez de juntar disciplinas “por decreto”, la huerta propone una práctica cotidiana de colaboración. Eso implica: traducir lenguajes, negociar enfoques, reconocer emociones (desde la ansiedad hasta el entusiasmo) y aceptar que las diferencias no se borran: se ponen a trabajar.

A partir de la revisión de literatura del proyecto, lo organizamos en cuatro claves sencillas:

1) Comunicación y mediación de saberes

Las disciplinas son culturas con lenguajes y valores propios. Para que dialoguen, necesitamos traducción activa: espacios, materiales y dinámicas que acerquen a quienes miden el suelo, diseñan riegos o facilitan aprendizajes. Aquí la comunicación no es “difundir al final”, es construir sentido durante el proceso.

2) Ecología de relaciones vivas

La huerta es una red de relaciones: personas, plantas, suelos, insectos, tecnologías, tiempo y clima. Trabajar de forma interdisciplinaria es sostener la diferencia en interacción: no buscamos uniformidad, sino acuerdos prácticos que permitan avanzar y aprender.

3) Laboratorio experimental

El LSL es experimentación controlada en territorio. Probamos ideas en condiciones reales, con problemas complejos (agua, suelos, biodiversidad, uso social del espacio). No se fuerza el consenso: se diseñan pruebas donde modelos, criterios y decisiones puedan encontrarse y mejorar.

4) Educación / Aula extendida

Aprender no ocurre solo en el salón. La huerta es aula extendida: integra teoría y práctica, promueve alfabetizaciones técnicas y emocionales, y forma equipos capaces de habitar la colaboración (con conflicto bien gestionado, no negado).

¿Por qué importa para Icesi y su comunidad?

Porque la huerta no es un adorno: es un dispositivo metodológico y epistémico. Permite hacer ciencia situada, pública y colaborativa; fortalece competencias profesionales y ciudadanas; y conecta el campus con retos reales (alimentación, ambiente, cuidado, bienestar). Aquí sembramos conocimiento que, como las plantas, toma tiempo, pide cuidados y devuelve frutos compartidos.

Glosario

  • Living System Lab (LSL): laboratorio vivo: un lugar donde se investiga y aprende en contexto, con problemas reales.
  • Interdisciplinariedad: práctica de colaboración entre disciplinas que traduce, negocia y experimenta para resolver problemas complejos.
  • Aula extendida: experiencias de aprendizaje fuera del salón que conectan teoría y práctica.

Aprender de la tierra: voces que germinan en la huerta 

En la huerta de la Universidad Icesi florecen tanto las plantas como las ideas. A través de una serie de seminarios, docentes e investigadores de distintas disciplinas compartieron reflexiones sobre cómo este espacio se convierte en un laboratorio vivo donde se entrelazan la ciencia, la comunidad y el cuidado de la vida. Esta entrada recoge esas voces que, desde la tierra, piensan nuevas formas de aprender y convivir. 

En la huerta de la Universidad Icesi todo brota: las semillas, las ideas, las conversaciones. Cada seminario del proyecto ha sido una oportunidad para reconocernos en ese tejido de vida que une a personas, plantas, insectos y tecnologías. Más que un espacio de cultivo, la huerta se ha convertido en un aula abierta, un laboratorio que crece con el tiempo, con la lluvia y con las preguntas que cada quien siembra al llegar. 
 
El primer ciclo de seminarios nos reveló algo esencial: nadie parte sabiendo del todo cómo se cultiva, ni siquiera quienes investigamos sobre la vida. La charla con Iván Castrillón, ingeniero agrónomo y fundador del hotel La Huerta, nos hizo ver que las prácticas orgánicas requieren no solo conocimiento técnico, sino también relaciones de trabajo sostenidas por la confianza y el compromiso. Como recordó Juliana, aquella sesión fue una lección sobre lo humano detrás del cultivo: la red de vínculos que sostiene lo vivo tanto como el agua o la luz del sol. 
 
A partir de allí, los encuentros con Valentina, Angie y Paola expandieron la mirada hacia otros aprendizajes posibles. En la huerta —decía una de ellas— aprendemos nosotros y aprenden también las abejas. Esa correspondencia entre formas de vida distintas nos invita a pensar que el conocimiento no es patrimonio exclusivo de la mente humana, sino una red de interacciones biológicas, sensoriales y afectivas. Los montajes experimentales y las herramientas computacionales de sus investigaciones, lejos de alejarnos de la naturaleza, nos acercaron a nuevas formas de escucharla y comprenderla. 
 
Desde otra perspectiva, Robin observó cómo la interdisciplinariedad florece realmente cuando los saberes se entrelazan en el terreno. No basta con reunir voces diversas en un seminario; es en la práctica, en la curiosidad que despierta la labor del otro, donde se cruzan las raíces del pensamiento. La huerta, en ese sentido, ha sido más que un tema de estudio: ha sido el lugar donde los caminos disciplinares se bifurcan y se encuentran al mismo tiempo. 
 
Lina lo expresó con sencillez: trabajar en la huerta es recordar que pertenecemos a una red natural más grande. Observar el suelo, las plantas o las abejas nativas no solo alimenta la investigación científica, sino también el vínculo emocional con el entorno. Untarse las manos de tierra, dice ella, es una forma de reconectar con lo esencial, un “polo a tierra” que nos recuerda que somos parte del mismo ecosistema que buscamos comprender. 
 
Finalmente, Angie propuso una visión que resume este proceso colectivo: la huerta como espacio vivo, un territorio donde dialogan la ciencia y la comunidad, lo digital y lo orgánico, el aula y la calle. Allí convergen sensores IoT, modelos de inteligencia artificial, podcasts y cartillas educativas, no como adornos tecnológicos, sino como mediaciones que amplían la conversación sobre cómo cuidamos la vida. Cada proyecto, cada registro, cada semilla sembrada en ese suelo fértil va dando forma a lo que hoy empezamos a llamar un Living System Lab: un laboratorio que respira, cambia y aprende con quienes lo habitan. 
 
La huerta universitaria no es solo un experimento académico ni un ejercicio ambiental; es una experiencia viva que enseña a tejer relaciones, a escuchar otros ritmos y a construir conocimiento con humildad y curiosidad. Allí donde germina una planta, florecen también nuevas maneras de pensar, sentir y aprender juntos. 
 

🐛 Cuando la huerta comunica: entre larvas, estrategias y señales

Crónica del seminario de articulación comunicativa del 28 de mayo de 2025

“No estoy preocupada… estos también son datos.”

La voz de la profesora Paola Olaya resonó con firmeza mientras compartía en pantalla el devastador efecto de una plaga en la huerta universitaria. Larvas comiéndose las hojas “de lo más delicioso”, como dijo con ironía. Un panorama que, más allá de lo agrícola, activó una reflexión: ¿qué significa comunicar un laboratorio vivo cuando no todo sale como esperamos?

En esta sesión del equipo del proyecto, no hubo ponentes invitados ni discusión teórica: hubo manos en la tierra, pantallas compartidas, fotos, ideas y, sobre todo, construcción colectiva. La agenda giró en torno a la estrategia de comunicación del proyecto, que va más allá de divulgar lo bonito: se trata de contar el cuento completo, con sus éxitos, sus preguntas y también sus plagas.

Comunicar no es solo informar: es narrar lo vivo

Valentina Moreno mostró los avances en la plataforma del blog, que ya empieza a tomar forma como la bitácora del proyecto. Allí se entrelazarán seminarios, testimonios (como el de don Javier y su experiencia con las abejas), entradas sobre la vida de la huerta, glosarios sobre términos técnicos y fotohistorias.

Pero pronto quedó claro que comunicar este proyecto exige más que escribir entradas: implica construir un lenguaje común, visible, comprensible y situado. Por eso surgió la idea de una señalética sensible: etiquetas informativas en las colonias, camas, túneles, y también en los lugares inesperados donde anidan las abejas silvestres del campus. Porque las historias no están solo en las cajas de observación, también se esconden en muros de ladrillo, vigas de madera y colonias urbanas invisibles.

¿Cómo contar los experimentos sin perder lo humano?

Uno de los grandes retos que se discutió fue cómo traducir los experimentos —como los realizados con estudiantes sobre altura de plantas, sensores IoT y biocontrol— en relatos comprensibles. La solución: recurrir al poder de los gráficos, videos y asociaciones inesperadas (biología + matemática, sensores + historias de vida).

Los estudiantes que apoyan el proyecto desde clases o de forma voluntaria también son protagonistas. Están sembrando, midiendo, graficando… pero también aprendiendo a contar lo que hacen. Y desde esa experiencia, surgió otra propuesta: visibilizar sus voces, no como apéndice, sino como parte esencial del laboratorio vivo.

Soñar en grande (y hacia afuera)

El cierre fue una provocación de Robin Castro: no basta con hablarle a la comunidad interna. ¿Qué queremos que el mundo sepa de este proyecto? ¿Cómo nos proyectamos como investigadoras, como universidad, como referente regional?

Las ideas comenzaron a fluir: participar en la Semana de la Biodiversidad, crear una muestra itinerante (como la de Gigantes Perdidos), establecer alianzas con el Instituto Humboldt o Agrosavia, e incluso montar un stand en el zoológico de Cali. Porque lo que se gesta en esta huerta puede tener impacto nacional e iberoamericano, si se cuenta bien.

“Cultivar sin pesticidas no es solo una práctica, es un relato. Y estamos aprendiendo a narrarlo, con hojas comidas, gráficos caseros, estudiantes curiosos, y abejas que nos enseñan sin palabras.”

Seminario 14: Del jardín al sistema vivo, claves sobre Living System Labs

¿Cómo se convierte una huerta universitaria en un ecosistema de aprendizaje capaz de producir conocimiento y soluciones colectivas? El Seminario 14 propuso una respuesta: pensarla como un Living System Lab (LSL), un laboratorio viviente basado en pensamiento sistémico, cocreación y retroalimentación continua. En la sesión, el profesor Andrés López presentó los fundamentos teórico-metodológicos del enfoque LSL —procesos emergentes, inteligencia colectiva, dinámicas espirales— y delineó herramientas prácticas: mapas sistémicos, mapas de prejuicios colectivos, arquetipos, visual thinking y ejercicios de metacognición. La discusión proyectó a la Huerta Icesi como núcleo de un LSL ampliado a nivel de campus, conectando colecciones biológicas, sensores e iniciativas comunitarias. Se enfatizó la construcción de una intención colectiva y la necesidad de visibilizar el LSL dentro y fuera de la universidad, incluyendo la creación de un “objeto de frontera” que materialice el proceso para distintos públicos. Esta crónica resume los acuerdos y su relevancia para investigación y docencia.

La Metodología: Así lo Hicimos

  1. Marco LSL + pensamiento sistémico
    El LSL se presentó como un entorno de transformación viviente donde la interacción entre actores genera conocimiento y soluciones; base: procesos emergentes, retroalimentación e inteligencia colectiva.
  2. Herramientas de trabajo
    Se propuso un kit metodológico para mapear complejidad y sesgos: mapas sistémicos, mapas de prejuicios, arquetipos, visual thinking y metacognición aplicados a decisiones de la huerta.
  3. Diseño desde la intención
    A partir del “principio de intención”, se acordó construir una ruta desde cero que oriente acciones, productos y evaluación del proyecto.
  4. Objeto de frontera
    Se discutió diseñar un artefacto comunicativo que condense procesos del LSL y permita coordinación entre equipos y públicos diversos.
  5. Campus como ecosistema
    Se planteó escalar de la huerta al campus: integrar colecciones biológicas, sensores ambientales y dinámicas comunitarias en una cartografía viva.

Resultados e Impacto: La Relevancia del Proyecto

  1. Narrativa común del LSL
    Consolidar la narrativa del LSL de Huerta Icesi para la estrategia de comunicación: lenguaje compartido entre biología, ingeniería, educación y comunidad.
  2. Herramientas para coordinar complejidad
    El uso de mapas sistémicos y ejercicios de metacognición mejora la coordinación interdisciplinar y la toma de decisiones informadas.
  3. Visibilización y alianzas
    Se acordó visibilizar el enfoque LSL dentro y fuera de la universidad, involucrando actores externos y fortaleciendo alianzas.
  4. Intención colectiva como brújula
    Reforzar la intención colectiva orienta prioridades, define métricas y alinea investigación, docencia y extensión.
  5. Proyección de la huerta como laboratorio pedagógico
    La huerta se consolida como laboratorio pedagógico y comunitario, articulado a sensores, colecciones y prácticas de cocreación.

El Seminario 14 fijó un horizonte: Huerta Icesi como LSL. Los siguientes pasos incluyen: (i) realizar una sesión presencial para construir el mapa mental sistémico del proyecto; (ii) consolidar la narrativa del LSL en comunicación; (iii) visibilizar el enfoque en campus y con aliados externos; y (iv) reforzar la intención colectiva como base de la siguiente fase. En síntesis, el proyecto avanza hacia una plataforma viva donde ciencia, pedagogía y comunidad se integran para aprender, experimentar y transformar.