
El proyecto de la Huerta Urbana en la Universidad Icesi no solo ha cultivado plantas, sino también ideas. Al ser un espacio donde convergen la biología, la tecnología, la sociología y la antropología, el aprendizaje no se construye desde una sola mirada. A continuación, compartimos las reflexiones individuales del equipo de investigación; un recorrido por sus propias palabras que demuestra cómo este ecosistema vivo ha transformado su manera de entender la naturaleza, la ciencia y el trabajo colaborativo.
El regreso a la tierra y la paciencia
Angie Guanarita nos invita a reconectar con lo esencial. Su reflexión destaca la importancia de observar los ritmos naturales y cómo el estudio de los polinizadores se entrelaza con una profunda experiencia humana y terapéutica.
“Trabajar en la huerta de la universidad me ha dejado grandes aprendizajes, especialmente el de reconocer el rol fundamental de cada actor que habita este espacio y de la responsabilidad de cuidar esa red natural a la que pertenecemos y donde cohabitamos. He aprendido a valorar el suelo esa materia compuesta de miles de seres vivos que mantienen el equilibrio de la naturaleza. Las plantas me han enseñado a observar con paciencia, a esperar sus ritmos, a maravillarnos y agradecer con cada fruto que se cosecha. Observar cómo las abejas nativas interactúan con las flores ha sido no solo inspirador, sino también un impulso para seguir investigando su neurobiología y comprender más profundamente esa sinergia vital que conecta a los polinizadores con las plantas, y que es indispensables para el sostenimiento de la vida en nuestro planeta. La huerta también se ha convertido en un espacio de conexión emocional, casi terapéutico. Untarse de tierra, oler una flor, ver cómo una abeja elige dónde posarse, nos recuerda nuestra parte más humana y nos reconecta con el ecosistema del que formamos parte. Para mí, la huerta es un verdadero polo a tierra.” — Angie Guanarita
Las escalas de la vida: del insecto al ecosistema
Desde una mirada enfocada en las ciencias sociales, Valentina Moreno analiza la huerta como una interfaz donde convergen múltiples saberes. Su texto nos propone un viaje fascinante entre lo aparentemente microscópico y los grandes procesos ambientales.
“En este proyecto, la huerta ha sido un espacio donde se tejen relaciones vivas que nos muestran las valiosas conexiones entre múltiples disciplinas, a pesar de sus diferencias en sus formas de conocer. Desde la Antropología y la Sociología, me ha resultado particularmente revelador observar cómo las ciencias sociales y las ciencias naturales —que muchas veces transitan en paralelo— se han encontrado aquí alrededor de un objeto común: la huerta como sistema vivo, como interfaz multiespecie, como espacio experimental. En el seminario 5, nos sumergimos en la memoria olfativa de las abejas, en lo aparentemente minúsculo: sus rutas, sus sentidos, su cognición. Sin embargo, ese ejercicio nos ha llevado a pensar en algo mucho más amplio, en cómo esas memorias individuales se inscriben en procesos ecológicos mayores, como la polinización urbana, la regeneración del suelo o la agroecología situada. Esta operación de escalas —del insecto al ecosistema, de la experiencia sensorial a la transformación ambiental— es para mí una de las claves más potentes del proyecto. No solo porque abre nuevas formas de investigar, sino porque configura una pedagogía viva, donde los cuerpos, los saberes y las especies se implican mutuamente.” — Valentina Moreno
La verdadera sinergia en el trabajo de campo
El valor de la interdisciplinariedad se pone a prueba en el terreno. Robin Castro reflexiona sobre cómo salir de la teoría y entrar en contacto directo con el entorno rompe las barreras académicas, generando dinámicas que cambian la forma de resolver problemas.
“Observando el trabajo interdisciplinar que se viene desarrollando pareciera en principio como un conjunto de profesionales de distintas disciplinas trabajando de forma aislada en sus propias agendas. Es claro que el seminario tiene como propósito escuchar esas voces diversas y generar una narrativa común alineada al objetivo general del proyecto y me parece que se ha logrado este propósito. Sin embargo, veo un verdadero trabajo interdisciplinario cuando en el trabajo de campo algunos temas o actividades específicos generan sinergias fuertes que potencian la curiosidad intelectual sobre el que hacer del otro y en algunos momentos cambian nuestra forma de ver las situaciones o problemas con los que nos encontramos.” — Robin Castro
Tecnología con propósito y convivencia multiespecie
Lina Rivas aborda un aspecto fundamental: la convivencia y el uso responsable de la tecnología. Su texto subraya cómo las herramientas digitales y los modelos de inteligencia artificial no son un fin en sí mismos, sino puentes para democratizar el conocimiento sobre nuestro entorno.
“Convivir con otras formas de vida en una huerta urbana nos lleva a cuestionar cómo nos relacionamos con el mundo que habitamos. Cuando dejamos de ver a las abejas especialmente a las nativas como simples ayudantes de los cultivos y empezamos a reconocerlas como compañeras con las que compartimos un territorio, algo cambia en nuestra forma de mirar, de enseñar y de aprender. Esta manera de entender la vida nos invita a escuchar más, a cuidar mejor, a ser conscientes de que el conocimiento no nace solo en los libros, sino también en la tierra, en el vuelo de un insecto o en el tiempo que tomamos para observar lo que crece. En la Universidad Icesi, la huerta puede convertirse en mucho más que un lugar para sembrar: puede ser un espacio vivo donde se cultivan relaciones, se entrelazan disciplinas y se aprende desde la experiencia. Además, cuando sumamos herramientas como: los elementos Iot, modelos de inteligencia artificial, los podcasts o las cartillas educativas, participación estudiantil y de colaboradores no lo hacemos por moda ni por tecnofilia, sino porque queremos encontrar nuevas formas de compartir lo que vamos descubriendo. Estas tecnologías y dinámicas, cuando se usan con sentido, pueden acercar voces, conectar saberes y ayudar a que más personas participen en esta conversación sobre cómo cuidamos la vida y nuestros espacios. Llevar estas ideas a la huerta de Icesi puede convertirla en un lugar donde dialogan la ciencia y la comunidad, el aula y la calle, lo digital y lo orgánico. Y así, paso a paso, ir dando forma a un Living System Lab: un laboratorio que no se encierra entre paredes, sino que respira con el entorno, crece con las estaciones, y se transforma con las personas y seres vivos que lo habitan.” — Lina Rivas
Redes de aprendizaje entre humanos, abejas y plantas
Para Juliana Rengifo, el proyecto ha sido un ejercicio de asombro y reconocimiento. En su texto, resalta el valor inmenso de la experiencia de los aliados externos y traza paralelismos reveladores entre la biología humana, la de los polinizadores y los misterios que aún guardan las plantas.
“Los seminarios en torno al proyecto de la huerta nos llevan a aprender de las experiencias de expertos en campos disciplinares diferentes al propio. Iniciamos este proyecto reconociendo que ninguno de los investigadores tenía mucha experiencia cultivando en huertas, y mucho menos de forma orgánica. Esto hizo que ese primer seminario de Ivan Castrillón, Ingeniero Agrónomo y dueño del hotel La Huerta fuera tan valioso pues nos aportó muchos tips, entre ellos la marca de un insecticida orgánico. A través de un relato muy personal de la historia sobre cómo Ivan termina metido de cabeza en el proyecto de su hotel con agricultura orgánica, a mi me quedó claro que sacar adelante este tipo de iniciativas requiere además de mucha planeación y conocimiento, un fuerte entramado de relaciones laborales efectivas y realmente comprometidas con el proyecto.
Los tres seminarios siguientes de Valentina, Angie y Paola para mí se conectan con la idea de que en la huerta están aprendiendo las abejas y estamos aprendiendo nosotros. Ambos somos animales y tenemos varias coincidencias en la forma en la que aprendemos, sobre todo en las herramientas biológicas (proteínas de membrana y células) que usamos para percibir nuestro entorno. Una diferencia importante es que la mayor complejidad de nuestro sistema nervioso nos lleva a construir herramientas adicionales para seguir conociendo nuestro entorno, por ejemplo, los montajes experimentales de los que nos contaron Angie y Paola o las herramientas computacionales de las que nos contaron los investigadores que realizaron su revisión sistemática con el uso de IA. Otra observación que me traen los seminarios es que incluso cuando vienen de la experticia de otra colega de la misma disciplina (bióloga) llevan a aprender cosas nuevas pues la biología es muy extensa, y en los últimos años se ha logrado consolidar mucho conocimiento especializado sobre diferentes áreas de la misma. Y si bien somos varias biólogas en el grupo, un detalle curioso es que falta entre nosotras una experta en los otros organismos protagonistas de este proyecto, las plantas. Pero incluso si hubiera entre nosotras una experta en botánica o fisiología vegetal es de notar que el estado del arte en estos campos todavía tiene mucho por recorrer para que la humanidad entienda cómo aprenden las plantas.” — Juliana Rengifo
En definitiva, cultivar en la ciudad es también cultivar conocimiento y comunidad. La experiencia en la Huerta Urbana de Icesi nos demuestra que la seguridad alimentaria y la sostenibilidad no se construyen desde saberes aislados, sino a través de un diálogo constante entre disciplinas. Al entrelazar el cuidado de las abejas, las plantas y el suelo con el uso consciente de herramientas tecnológicas, este laboratorio vivo trasciende el espacio físico del campus. Nos deja como gran lección que observar, colaborar y escuchar nuestro entorno es el primer paso para transformar nuestra relación con la naturaleza y enfrentar juntos los retos del futuro.












