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Talleres, mapas y formularios: cómo no perder lo vivo al diseñar el diplomado

9 de abril de 2026. Todavía no había vereda, ni encuentro con las mujeres de Caldono, ni primera sesión del diplomado. Había, eso sí, una mesa de trabajo interna, la investigadora principal, la joven investigadora y dos integrantes más del equipo tratando de resolver una pregunta que parece sencilla y no lo es: ¿cómo se diseña, desde un escritorio, un proceso formativo que debe sentirse vivo cuando llegue a la comunidad?

El diplomado ya tiene nombre: «Prácticas de apropiación y gestión digital para la agrodiversidad y el comercio campesino». Tiene también una intención declarada desde el principio, que no sea un ejercicio de un solo sentido, en el que la universidad llega, extrae información y se va, sino un proceso de beneficio mutuo. Lo que el equipo busca no es únicamente un insumo para el proyecto, documentos de caracterización, datos, prototipos, sino algo que las participantes puedan llevarse consigo: cartillas, una memoria pedagógica, propuestas que salgan de ellas mismas.

Ese principio, bonito en el papel, fue el que estuvo a prueba durante toda la reunión. Porque diseñar «desde el beneficio mutuo» exige, primero, ponerle estructura a algo que todavía no existe: nueve talleres pensados con un carácter vivencial y participativo, organizados alrededor de temas como memoria y tecnología, agroecología, innovación, redes y sostenibilidad. Nueve espacios que deben ser, al mismo tiempo, lo suficientemente flexibles para acoger lo que traiga cada sesión y lo suficientemente definidos para sostener una certificación institucional que, se sabe desde ya, quedará condicionada a la asistencia.

Ahí está el nudo de esta entrada: la tensión entre lo vivencial y lo instrumental. El mismo día en que el equipo discutía el espíritu del diplomado, discutía también la construcción de un mapa interactivo de oportunidades una herramienta que debe traducir en información navegable algo tan poco cartografiable como las relaciones, las asociaciones y las redes de trabajo de un territorio. Y discutía, además, el diseño de un instrumento de diagnóstico que necesita leer, en una sola herramienta, lo socioeconómico, lo ambiental, la seguridad alimentaria, la brecha digital y la innovación social de las participantes. Convertir la vida de una persona en una variable dentro de un formulario es, quizás, el ejercicio más delicado de cualquier proceso de investigación-acción: se necesita para actuar con evidencia, pero corre siempre el riesgo de aplanar lo que pretende comprender.

La base de datos que ya empieza a construirse es un buen ejemplo de esa tensión resuelta a medias. Hay quince respuestas registradas hasta ahora la información sobre actividad productiva, acceso a internet, disponibilidad de tiempo, un primer insumo real, aunque el equipo mismo reconoce que todavía es insuficiente para sostener una caracterización robusta. No es un dato menor: significa que el diplomado, antes de tener una sola sesión, ya está aprendiendo a escuchar mejor.

Lo que sí quedó resuelto en esta sesión fue el reparto de tareas de quién revisa referentes de mapas interactivos, quién construye los formularios, quién valida la información recogida y una fecha tentativa para empezar: una sesión virtual de introducción y, después, un primer encuentro presencial. Ambas fechas 23 y 25 de abril quedaron anotadas con la salvedad de que probablemente haya que ajustarlas: coordinar agendas entre un equipo universitario y una comunidad rural rara vez es un ejercicio de una sola vuelta.

Lo que no quedó resuelto y no tenía por qué estarlo todavía, fue la pregunta de fondo: cómo lograr que herramientas necesariamente estructuradas un mapa, un formulario, una base de datos que terminen sirviendo a un proceso que se quiere vivencial, gamificado, cercano. Esa pregunta no se responde en una reunión de planificación; se responde, sesión tras sesión, en el contacto real con las participantes.

Vale la pena detenerse en algo que a veces pasa desapercibido: diseñar bien un instrumento de diagnóstico o un mapa interactivo no es un paso técnico secundario frente al «verdadero» trabajo comunitario es, en sí mismo, una forma de diálogo de saberes. Cada campo de un formulario, cada categoría de un mapa, es una decisión sobre qué de la vida de las mujeres de Caldono merece quedar registrado y cómo. Diseñar con cuidado esos instrumentos, antes de llegar al territorio, es también una manera de llegar con respeto.

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