
Escuchar la palabra Amazonas siempre ha despertado en mi un interés profundo desde las entrañas. Inmediatamente pienso en el bosque, la humedad, los ríos, las historias que conectan el origen humano con los animales y la naturaleza y por supuesto de otros seres humanos. Pienso también en un territorio vivo, atravesado por múltiples formas de existencia y conocimiento.
El semillero ha sido un espacio en el que todas estas preguntas y percepciones han podido florecer libremente, alimentadas por la curiosidad de cada uno de nosotros, y por los conocimientos compartidos. Ha sido un lugar para imaginar, preguntar y acercarnos al Amazonas desde otras formas. Sin embargo, siento que lo que mas me ha atravesado ha sido la posibilidad de dejar, al menos por momentos, mi postura habitual como estudiante de sociología y comenzar a mirarme como un ser sintiente y abierto a todo aquello que experimenta.
Esto implica reconocer que después del viaje no permaneceré intacta, que no me acerco a un territorio de una forma neutral, sino que soy un cuerpo que se contamina por todo aquello que vive, y es en esta contaminación que está el aprendizaje. No entiendo la contaminación como algo negativo, sino como una transformación producida por el encuentro, por el intercambio de saberes. También surge al comprender que no es posible esperar que los demás se abran ante nosotros si no estamos dispuestos a abrirnos primero y compartir quienes somos. La contaminación se hará tangible cuando el entorno atraviese nuestro cuerpo y nos integre con él.
Conocer un lugar y las personas que lo habitan implica hacer, participar. Por esto, el conocimiento no está únicamente en los discursos formales y las grandes explicaciones, sino también en lo cotidiano, en lo más simple. Del mismo modo las formas de llegar a ese conocimiento no tienen que ser necesariamente complejas. No se requieren mil preguntas para aproximarse a alguien cuando se tienen las palabras adecuadas, el tacto, la sencillez, la cercanía y la disposición. Se requiere mas bien la escucha atenta, el acercamiento previó, un reconocimiento del territorio y las personas que lo habitan, así como la verdadera disposición para valorar al otro y comprender que los conocimientos convergen.
El viaje a Vaupés requiere, por tanto, una disposición distinta, que ponga también el cuerpo y no solo la mente. Que nos permita caminar, observar, escuchar, sentir y participar y quizás también implique despojarnos de lo que somos para estar atentos al conocimiento que emerge en lo sutil.
Elaborado por: Antonia Gómez Castaño
