
El 7 de abril de 2026, el equipo del Semillero de Estudios Amazónicos y Humanidades Digitales llevó a cabo su tercera sesión, enmarcada en un conversatorio con la profesora Adela Parra-Romero. El objetivo central de este encuentro fue reflexionar profundamente sobre los principios éticos, epistemológicos y metodológicos que deben guiar el trabajo de campo de los estudiantes en los territorios amazónicos, particularmente en el Vaupés. Se buscó problematizar las formas tradicionales de producción de conocimiento para promover un acercamiento netamente respetuoso, horizontal y no extractivista.
Durante la jornada, la profesora Parra-Romero compartió sus vivencias en territorios complejos como el Vaupés y Buenaventura, situando la discusión del semillero en el campo de la ontología política. Desde esta perspectiva, invitó al equipo investigador a comprender que los conflictos en estas zonas no son meramente ambientales o sociales, sino verdaderas disputas entre mundos distintos y, muchas veces, inconmensurables. En este sentido, se planteó una crítica transversal: la ciencia no es un actor neutral ni resolutivo, sino que forma parte activa de estas controversias.
Esta postura crítica llevó a los estudiantes a cuestionar el concepto institucional de la apropiación social del conocimiento. El grupo reconoció que este concepto debe repensarse, pues no siempre garantiza un proceso equitativo ni verdaderamente colaborativo. Como contraparte, se exploró el concepto de dabucuri, entendido por el equipo no solo como una práctica cultural, sino como una temporalidad distinta que abre la puerta a otros ritmos de diálogo y construcción colectiva, alejados de las lógicas académicas convencionales.
El equipo debatió extensamente sobre lo que significa realmente hacer trabajo de campo en los pueblos amazónicos. La invitada enfatizó a los estudiantes la necesidad vital de mantener una disposición ética y corporal adecuada. En contextos de gran diversidad y complejidad, se concluyó que la mejor herramienta del investigador es el acercamiento desde la calma y el absoluto respeto. El silencio, lejos de ser una simple ausencia de palabra, se instituyó como un mecanismo indispensable para observar, aprender y cuestionar el propio lugar en el mundo.
Se estableció como imperativo para el semillero forjar relaciones simétricas con las comunidades que eviten cualquier práctica de corte extractivista. Los estudiantes asimilaron que el trabajo de campo es, ante todo, un proceso de aprendizaje continuo que comienza con acciones tan fundamentales como pedir permiso para ingresar al territorio o aprender a colgar una hamaca. El análisis de saberes locales, como el uso empírico de plantas medicinales para tratar la artrosis, evidenció la urgencia de valorarlos sin subordinarlos a la visión biomédica occidental.
Asimismo, el equipo analizó las severas rupturas sociales y culturales causadas por intervenciones externas prolongadas, tales como la evangelización, los internados escolares y el sistema de salud tradicional. Retomando los postulados de autoras como Diana Ojeda, el grupo acordó desromantizar la naturaleza para poder comprenderla en toda su dimensión y complejidad. El trabajo de campo, se concluyó, exige a los estudiantes caminar el territorio y dejarse interpelar por él, transformando su visión sin caer en el error de hablar por los demás.
Bajo la relatoría de Kelly Fernanda Portocarrero García, el equipo consolidó compromisos inquebrantables: pedir permiso, valorar los saberes locales, mantener una actitud reflexiva y evitar imponer interpretaciones foráneas. Con esta ética de la horizontalidad firmemente asumida, los estudiantes cerraron la jornada de análisis preparándose para su siguiente actividad inmersiva: la observación y debate del documental «La Selva Inflada».
Elaborado con el acta de reunión de la seccion.


